sábado, 17 de septiembre de 2011

Todos los hombres son hermanos

Shih.

Cuando todos mis amigos se reúnen en mi casa hay dieciséis personas en total, pero rara es la vez que vienen todos. Pero salvo en días de lluvia o tormenta, es también rara es la vez que no venga ninguno. Casi todos los días tenemos seis o siete personas en casa, y cuando llegan no empiezan a beber inmediatamente; toman un sorbo cuando quieren y luego dejan de tomarlo cuando quieren, porque consideran que el placer consiste en la conversación y no en el vino. No hablamos de política de la corte, no solamente porque está fuera de nuestra debida ocupación, sino porque a tal distancia la mayoría de las noticias se basan en cosas oídas; las noticias de oídas no son más que rumores, y discutir rumores sería malgastar saliva. No hablamos tampoco de los defectos de la gente, porque la gente no tiene defectos, y no debemos calumniarla. No decimos cosas que ofendan a nadie y nadie se ofende; en cambio deseamos que la gente entienda lo que decimos, pero aún así la gente no entiende lo que decimos. Porque las cosas de que hablamos yacen en el hondo del corazón humano, y la gente del mundo está demasiado ocupada para oírlas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Anciano del Fuerte

Liehtsé.

Un Anciano vivía con su Hijo en un fuerte abandonado sobre la cumbre de una colina, y
un día perdió un caballo. Los vecinos llegaron a expresar su pesar por este infortunio, y el Anciano preguntó:
—¿Cómo sabéis que es mala suerte?
Pocos días más tarde volvió su caballo con una cantidad de caballos salvajes, y esta vez
vinieron sus vecinos a felicitarle por esta muestra de fortuna, y el Anciano respondió:
—¿Cómo sabéis que es buena suerte?
Con tantos caballos a su alcance, el Hijo empezó a cabalgar en ellos, y un día se fracturó una pierna. Otra vez llegaron los vecinos a expresar sus condolencias y el Anciano respondió:
—¿Cómo sabéis que es mala suerte?
Al año siguiente hubo una guerra, y porque el Hijo del Anciano estaba lisiado no tuvo que ir al frente.

lunes, 29 de agosto de 2011

¡A mi no me engañan las hormigas!

Mark Twain

Me parece que se cometen extrañas exageraciones cuando se habla de la inteligencia de las hormigas. Durante varios veranos me pasé
observándolas un tiempo que hubiera podido emplear mejor. Pero jamás encontré una hormiga que, viva, pareciera más inteligente que muerta.
Me refiero a las hormigas comunes y corrientes; no conozco las maravillosas hormigas suizas o africanas que celebran elecciones, tienen ejércitos
disciplinados, tienen esclavos y discuten de religión. Esas hormigas serán tal como las pintan los naturalistas, no digo que no; de lo que estoy
convencido es de que las otras, las hormigas que todos conocemos, son unas simuladoras. Estoy de acuerdo, claro, en que son trabajadoras; trabajan
como nadie... cuando alguien las mira. Pero esa testarudez que tienen para el trabajo, me parece a mí un defecto.
Sale una hormiga en busca de provisiones y las encuentra. ¿Y qué hace?
¿Se la lleva a su casa? No. La hormiga no sabe adónde está su casa. Puede ser que esté a un metro de allí, no importa. La hormiga es incapaz de encontrarla.
El trofeo que encuentra una hormiga suele ser algo completamente inservible para ella y para cualquiera y es, por lo general, siete veces más
grande de lo conveniente. Además la hormiga se las arregla para agarrarlo en la forma más incómoda posible: lo levanta del suelo y se va, no
hacia el hormiguero sino en dirección contraria; nunca tranquila e inteligentemente, sino con un apuro loco. Si en el camino encuentra una piedra,
en vez de pasarle por el costado, le pasa por encima, retrocediendo y arrastrando el botín; cae del otro lado, se levanta llena de furia y de polvo, se sacude, se humedece las patas de adelante, aprieta ferozmente la presa entre las mandíbulas, tirando unas veces para acá otras veces para allá, empujándola a veces y a veces arrastrándola; se pone más y más nerviosa; levanta por fin la presa y sale disparando, no en la dirección que llevaba sino en alguna otra.
A la media hora de andar dando vueltas, se detiene a unos quince centímetros de donde partió; suelta la carga, se limpia la cabeza, se frota
las patas, reanuda la marcha a la ventura, con el apuro de siempre. A fuerza de andar en zig-zag, con lo cual consigue correr mucho y no salir del mismo sitio, tropieza con el trofeo que había dejado abandonado.
Como de eso no se acuerda, cree que es un hallazgo; mira a su alrededor para ver qué camino no la va a llevar al hormiguero; carga otra vez con el botín y emprende la marcha en la que se va a encontrar con contratiempos parecidos a los de la carrera anterior.
Por fin se para a descansar. Llega otra hormiga a la que sin duda le parece que la pata de una langosta muerta hace un año es una estupenda
pichincha y decide ayudar a la primera hormiga a llevarla al hormiguero.
Cada una agarra una punta y tira para su lado. Después descansan y cambian ideas. Están de acuerdo en que la cosa no anda bien pero no entienden por qué así que cada una acusa a la otra de hacer lío. Se pelean. Se atacan; se muerden una a la otra; ruedan juntas por el polvo hasta que
una de las dos pierde una pata o una antena y se va a Reparaciones. Se reconcilian y vuelven al trabajo. Lo hacen tan mal como antes, tirando
cada una para su lado pero la mutilada está en inferioridad de condiciones de modo que la sana la arrastra junto con la presa.
La pata de la langosta queda por fin abandonada más o menos en el mismo sitio en el que la encontraron. Las hormigas la observan con cuidado y convienen en que si bien se mira, no sirve para nada y cada una se va para su lado a buscar otra cosa pesada para divertirse cargándola, e inservible para tentarla.
Justo hoy vi a una hormiga haciendo todo eso. Llevaba una araña muerta que pesaba diez veces más que ella y a la cual acabó por dejar tirada para que cualquier otra hormiga igualmente sonsa pudiera llevársela.
Medí la distancia recorrida por la muy bruta y concluí que lo que ella había hecho en veinte minutos equivalía al trabajo que haría un hombre en atar juntos dos caballos que pesan 350 kilos cada uno, echárselos a la espalda, recorrer medio kilómetro en un campo lleno de piedras de dos metros de altura pasándoles por encima y no por el costado; tirarse por un precipicio como el del Niágara más tres campanarios; y para al fin dejar los dos caballos en donde cualquiera pudiera
llevárselos, e irse tranquilamente a otra parte.
Según la ciencia, es mentira que las hormigas guarden provisiones para el invierno. La hormiga es una hipócrita: trabaja solamente cuando la
miran y si el que la mira parece aficionado a la naturaleza y dispuesto a tomar notas. La hormiga es incapaz de rodear un tronco sin desorientarse
y perder el camino al hormiguero, cosa que es signo de idiotez. El trabajo ostentoso que hace es pura soberbia. Nunca termina bien una tarea.
Cosa extraña e incomprensible es que una mentirosa tan notoria como la hormiga haya engañado a las gentes de tantos países durante tantos años, sin que nunca nadie le descubriera el juego.

miércoles, 12 de enero de 2011

Defensas discursivas


Carola F.

No importó mucho que el cerebro ajustara sus defensas discursivas, preparándolas para repeler un ataque complejo desde diferentes flancos; un simple silencio cargado y sorpresivo atravesó como un grito la frontera del miedo y sopló directo sobre las alas de su alma.

martes, 11 de enero de 2011

Eternidad


Musso, Liliana.

En caída majestuosa creyó que se eternizaba. Al llegar al piso su existencia se diluyó, junto a los demás copos de la última nevada de invierno.

lunes, 10 de enero de 2011

El abuelo está triste


Hidalgo, Paloma.

Mientras aprendía a vivir, se olvidó de hacerlo.

domingo, 9 de enero de 2011

Preocupación


Orlando Van Bredam.

—No se preocupe. Todo saldrá bien —dijo el Verdugo.
—Eso es lo que me preocupa —respondió el Condenado a muerte.

sábado, 8 de enero de 2011

El fuego


Selgas.

…Permítanme ustedes que no me aparte de la chimenea: estoy triste y el cielo ha vestido el traje con que suele aparecer los días que nieva.
La llama que se agita impaciente en el fondo de la chimenea, se mueve con la vivacidad de una niña que quisiera absorber toda mi atención. Parece un espíritu compuesto por estos tres colores, azul, blanco y rojo. Hay momentos en que se queda inmóvil, como si se sintiera detenida por un pensamiento repentino; pero luego vuelve a su paciente movilidad. Ahora, se empina derecha y brillante, como la hoja de una espada, ya se deja caer lamiendo ansiosa la corteza de los troncos, chupando de ellos la sustancia que la anima, ya los rodea, los envuelve, los ciñe, los oprime mientras ellos gimen, yo no sé si de placer o de dolor. El humo se escapa blanco y negro por el cañón de la chimenea, jugado con el aire, como un alma que se escapa del cuerpo; la leña abrazada salta en chispas encendidas, como si quisieran deshacerse del fuego que la consume, y entretanto la llama triunfa como una pasión desordenada.
…Aquí, el amor de la lumbre, al dulce calor de la llama que devora los troncos se siente hervor en la cabeza una multitud de pensamientos brillantes y fugitivos como la llama, vagos como el humo. ¡Con qué placer me acerco ahora a ese elemento misterioso, que al mismo tiempo me llena de calor y de pureza! ¡Con qué dulzura se duerme un hombre en los brazos de una chimenea! ¡El fuego es el rey de la naturaleza! Calienta y alumbra. Sus colores son los del oro, los de la púrpura, los del acero. Decidme si puede haber un sentimiento que pueda existir sin él. El alma, no es más que la chispa de una llama que no se apaga jamás.
…No hay en la naturaleza una sustancia que pese tanto como el fuego. La mano más nerviosa no puede sostener dos minutos seguidos una brasa como una avellana. No hay al mismo tiempo nada más leve que una llama: un soplo se la lleva. Ante el fuego el hierro se dobla, el acero se rompe, el oro se ablanda: y ¿raro contraste? Por él es duro el hierro, flexible el acero, puro el oro. Delante de mi lo tengo llameante, ligero, insaciable, siempre el mismo, siempre otro. Lo veo entretenido de devorar unos cuantos pedazos de encina que no se atreven a resistirlo. ¿A dónde irá, así que consuma la ultima astilla? El está en todas partes. Llamad con lo más frío, que es el acero, sobre lo más insensible, que es la piedra, y al primer golpe, os saltará a los ojos en una nube de chispas.
¿Por qué una cosa tan limpia, tan brillante, tan ligera, deja tan negro el camino por donde pasa? La infancia es una luz, la juventud una llama, la vejez un poco de ceniza.

viernes, 7 de enero de 2011

Armonía moral


Confucio.

El pueblo antiguo que deseaba tener una clara armonía moral en el mundo, ordenaba primero su vida nacional; los que deseaban ordenar su vida nacional regulaban primero su vida familiar; los que deseaban regular su vida familiar cultivaban primero sus vidas personales; los que deseaban cultivar sus vidas personales enderezaban primero sus corazones; quienes deseaban enderezar sus corazones hacían primero sinceras sus voluntades; los que deseaban hacer sinceras sus voluntades llegaban primero a la comprensión; la comprensión proviene de la exploración del conocimiento de las cosas.
Cuando se gana el conocimiento de las cosas se logra la comprensión; cuando se gana la comprensión, la voluntad es sincera; cuando la voluntad es sincera, el corazón se endereza; cuando el corazón se endereza, se cultiva la vida personal; cuando la vida personal se cultiva, se regula la vida familiar; cuando se regula la vida familiar, la vida nacional es ordenada, y cuando la vida nacional es ordenada, el mundo está en paz.
Desde el Emperador hasta el hombre común, el cultivo de la vida personal es el cimiento para todo. Es imposible que cuando los cimientos no están en orden se halle en orden la superestructura. Jamás ha habido un árbol de tronco delgado cuyas ramas superiores sean pesadas y fuertes. Hay una causa y una secuencia en las cosas, y un comienzo y un fin en los asuntos humanos. Conocer el orden de precedencia es tener el comienzo de la sabiduría.

jueves, 6 de enero de 2011

La máquina de vapor


Arnott.

En su actual estado de perfección, la maquina de vapor, a la que el fecundo genio de Watt hizo ejecutar milagros de sencillez y utilidad, parece una cosa dotada casi de inteligencia. Regula con precisión y uniformidad el número de sus movimientos en un tiempo dado y los cuenta y anota como para decir cuánto trabajo ha hecho, así como un reloj cuenta las oscilaciones de su péndulo, regula la cantidad de vapor que se necesita, la viveza del fuego, la cantidad de agua en la caldera, la del carbón en la hornalla, abre y cierra sus válvulas con exacta precisión en tiempo y modo; aceita sus junturas, expele el aire que por casualidad se introduce en las partes donde debe hacerse el vacío; y cuando marcha mal, sin que por si misma pueda corregirse, lo avisa al operario tocando una campana, y con todos estos talentos y cualidades, a pesar de tener una fuerza de 600 caballos, obedece a la mano de un niño; su alimento es el carbón, la leña u otro combustible; no lo consume cuando está ociosa, no se cansa ni necesita dormir, no se enferma cuando desde su origen queda bien hecha, y solo rehúsa trabajar cuando se encuentra gastada por los años; es igualmente activa en todos los climas y trabajará de todas manera; es bombero, minero, marinero, escardador de algodón, tejedor, herrero, molinero, etc.; y una pequeña máquina, como si dijéramos una jaca de vapor, puede arrastrar en su camino de hierro cien toneladas de mercaderías o un regimiento de soldados con mayor rapidez que el más ligero de nuestros coches. Es la reina de las máquinas y la realización efectiva de los genios de la leyenda oriental, cuyas facultades sobrenaturales se pusieron a veces a disposición del hombre.

miércoles, 5 de enero de 2011

El viaje a pie


J. J. Rousseau.

Yo no conozco más que una manera de viajar que sea más agradable que la de andar a caballo, es ir a pie. Parte uno cuando se le antoja, se para cuando quiere, hace tanto y tan poco ejercicio como desea, se observa todo el país, ora yendo a mano derecha, ora a mano izquierda, examinando cuanto agrada, deteniéndose en todos los bellos sitios. Me encuentro acaso con un río, lo costeo; con un bosque tupido, penetro bajo su sombra; con una gruta, la visito; con una cantera, examino los minerales. Donde quiera que me halle a mi gusto, me demoro. En el acto que me fastidio, me voy. No dependo de los caballos ni del postillón. No necesito escoger sendas trilladas, caminos cómodos; me abro paso por doquiera otros se abren paso; veo cuanto puede ver un hombre; y no teniendo más que yo para gobernarse, gozo de toda la libertad accesible al hombre.
Viajar a pie, es viajar como Tales, Platón y Pitágoras. Cuésteme comprender cómo un filósofo puede resolverse a viajar de otro modo, y privarse del examen de las riquezas que huella y que la tierra prodiga ante sus ojos…
¡Cuántos placeres en este modo de viajar, sin contar la salud que se robustece, y el humor que se alegra!

martes, 4 de enero de 2011

Todos los hombres son hermanos


Shih.

Cuando todos mis amigos se reúnen en mi casa hay dieciséis personas en total, pero rara es la vez que vienen todos. Pero salvo en días de lluvia o tormenta, es también rara es la vez que no venga ninguno. Casi todos los días tenemos seis o siete personas en casa, y cuando llegan no empiezan a beber inmediatamente; toman un sorbo cuando quieren y luego dejan de tomarlo cuando quieren, porque consideran que el placer consiste en la conversación y no en el vino. No hablamos de política de la corte, no solamente porque está fuera de nuestra debida ocupación, sino porque a tal distancia la mayoría de las noticias se basan en cosas oídas; las noticias de oídas no son más que rumores, y discutir rumores sería malgastar saliva. No hablamos tampoco de los defectos de la gente, porque la gente no tiene defectos, y no debemos calumniarla. No decimos cosas que ofendan a nadie y nadie se ofende; en cambio deseamos que la gente entienda lo que decimos, pero aún así la gente no entiende lo que decimos. Porque las cosas de que hablamos yacen en el hondo del corazón humano, y la gente del mundo está demasiado ocupada para oírlas.

lunes, 3 de enero de 2011

Anciano del Fuerte


Liehtsé.


Un Anciano vivía con su Hijo en un fuerte abandonado sobre la cumbre de una colina, y
un día perdió un caballo. Los vecinos llegaron a expresar su pesar por este infortunio, y el Anciano preguntó:
—¿Cómo sabéis que es mala suerte?
Pocos días más tarde volvió su caballo con una cantidad de caballos salvajes, y esta vez
vinieron sus vecinos a felicitarle por esta muestra de fortuna, y el Anciano respondió:
—¿Cómo sabéis que es buena suerte?
Con tantos caballos a su alcance, el Hijo empezó a cabalgar en ellos, y un día se fracturó una pierna. Otra vez llegaron los vecinos a expresar sus condolencias y el Anciano respondió:
—¿Cómo sabéis que es mala suerte?
Al año siguiente hubo una guerra, y porque el Hijo del Anciano estaba lisiado no tuvo que ir al frente.

domingo, 2 de enero de 2011

Las conciencias tranquilas


Marco Denevi.

"Salón de un abominable palacio burgués. Ambiente suntuoso y feliz. Todos conversan, ríen, comen y beben. Los más jóvenes danzan al compás de la música. Se ven sedas, pieles, joyas, plumas; condecoraciones, entorchados, mucetas, pelucas; un ojo de vidrio, hermosísimo"

Entra UNO MÁS, las conversaciones se interrumpen. Los bailarines dejan de bailar. La música calla. Se hace un gran silencio"
UNO MÁS. – La policía, de la que me honro en ser el jefe, acaba de recibir una carta anónima en la que su autor, tal vez un loco, tal vez no, amenaza con matar esta misma noche al responsable de su desgracia, no dice cual, ni dice quien.
(TODOS se sonríen, se encogen de hombros, se miran entre sí. Piensan. A medida que piensan sus rostros se demudan, palidecen, tiemblan. De golpe TODOS –MENOS UNO– gritan:)
TODOS. – ¡Cerrad las ventanas! ¡Barricad las puertas! ¡Apagad las luces!
(En medio de un gran desorden las ventanas son cerradas; las puertas, atrancadas; las luces, apagadas. TODOS –MENOS UNO– huyen a esconderse.)
Quedan en escena únicamente UNO MÁS y MENOS UNO.
UNO MÁS. – ¿Y vos?
MENOS UNO. – Por lo visto, soy el único que tiene la conciencia tranquila.
UNO MÁS. – ¿Ningún cargo, ningún reproche, ningún remordimiento?
MENOS UNO. – Mi conciencia es un cristal.
UNO MÁS. – ¿Ese anónimo no la empaña con el recuerdo de alguna culpa?
MENOS UNO. – ¿Yo? ¿Culpa?
UNO MÁS. – Basta. Comprendo. Seguidme.
MENOS UNO. – ¡Me habéis, pues, reconocido!
UNO MÁS. – ¡Era tan fácil!
(Lo toma de un brazo y se lo lleva. Antes de desaparecer, UNO MÁS se vuelve hacia las bambalinas.)
UNO MÁS. – Podéis entrar. El autor del anónimo ha sido descubierto.

(Se van.)

(Entran TODOS. El baile, la música y las conversaciones se reanudan poco a poco. Hasta que el ambiente torna a ser feliz como el comienzo.)

Telón.

sábado, 1 de enero de 2011

Disputa por seÑas


Juan Ruiz, Arcipreste de hita

Sucedió una vez que los romanos, que carecían de leyes para su gobierno, fueron a pedirlas a los griegos, que sí las tenían. Estos les respondieron que no merecían poseerlas, ni las podrían entender, puesto que su saber era tan escaso. Pero que si insistían en conocer y usar estas leyes, antes les convendría disputar con sus sabios, para ver si las entendían y merecían llevarlas. Dieron como excusa esta gentil respuesta.
Respondieron los romanos que aceptaban de buen grado y firmaron un convenio para la controversia. Como no entendían sus respectivos lenguajes, se acordó que disputasen por señas y fijaron públicamente un día para su realización.
Los romanos quedaron muy preocupados, sin saber qué hacer, porque no eran letrados y temían el vasto saber de los doctores griegos. Así cavilaban cuando un ciudadano dijo que eligieran un rústico y que hiciera con la mano las señas que Dios le diese a entender: fue un sano consejo.
Buscaron un rústico muy astuto y le dijeron: "Tenemos un convenio con los griegos para disputar por señas: pide lo que quieras y te lo daremos, socórrenos en esta lid".
Lo vistieron con muy ricos paños de gran valor, como si fuera doctor en filosofía. Subió a una alta cátedra y dijo con fanfarronería: "De hoy en más vengan los griegos con toda su porfía". Llegó allí un griego, doctor sobresaliente, alabado y escogido entre todos los griegos. Subió a otra cátedra, ante todo el pueblo reunido. Comenzaron sus señas como se había acordado.
Levantóse el griego, sosegado, con calma, y mostró sólo un dedo, el que está cerca del pulgar; luego se sentó en su mismo sitio. Levantóse el rústico, bravucón y con malas pulgas, mostró tres dedos tendidos hacia el griego, el pulgar y otros dos retenidos en forma de arpón y los otros encogidos. Se sentó el necio, mirando sus vestiduras.
Levantóse el griego, tendió la palma llana y se sentó luego plácidamente. Levantóse el rústico con su vana fantasía y con porfía mostró el puño cerrado.
A todos los de Grecia dijo el sabio: los romanos merecen las leyes, no se las niego. Levantáronse todos en sosiego y paz. Gran honra proporcionó a Roma el rústico villano.
Preguntaron al griego qué fue lo que dijera por señas al romano y qué le respondió éste. Dijo: "Yo dije que hay un Dios, el romano dijo que era uno en tres personas e hizo tal seña. Yo dije que todo estaba bajo su voluntad. Respondió que en su poder estábamos, y dijo verdad. Cuando vi que entendían y creían en la Trinidad, comprendí que merecían leyes certeras".
Preguntaron al rústico cuáles habían sido sus ocurrencias: "Me dijo que con un dedo me quebraría el ojo: tuve gran pesar e ira. Le respondí con saña, con cólera y con indignación que yo le quebraría, ante toda la gente, los ojos con dos dedos y los dientes con el pulgar. Me dijo después que de esto que le prestara atención, que me daría tal palmada que los oídos me vibrarían. Yo le respondí que le daría tal puñetazo que en toda su vida no llegaría a vengarse. Cuando vio la pelea tan despareja dejó de amenazar a quien no le temía".
Por eso dice la fábula de la sabia vieja: "No hay mala palabra si no es tomada a mal. Verá que es bien dicha si fue bien entendida".