jueves, 18 de junio de 2009

Cómo ocurrió

Isaac Asimov Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ése que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras. -En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo... Pero yo había dejado de escribir. -¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo. -Exactamente -dijo-. Estoy inspirado. -No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un periodo de más de quince mil millones de años? -Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevo. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad. Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa. -¿Sabes cuál es el precio del papiro?- dije. -¿Qué? Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro. -Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabaran cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor? Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo: -¿Crees que deberíamos acortarlo un poco? -Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público. -¿Qué te parecen cien años? -¿Qué te parecen seis días? -No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado. -Ése es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices? -Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... -¿De veras han de ser solo seis días, Aaron? - Seis días, Moisés -dije firmemente.

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