sábado, 28 de febrero de 2009

El ángel bueno


Rafael Alberti

Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.

viernes, 27 de febrero de 2009

El gato y el rey


Ambrose Bierce

Un Gato estaba mirando a un Rey, como lo permite el proverbio.
-Bien -dijo el monarca, advirtiendo
su inspección-, ¿cómo me ves?
-Puedo imaginar un Rey -dijo el Gato-, que me gustaría más.
-¿Por ejemplo?
-El Rey de los Ratones.
Tanto complació al Rey el ingenio de esta respuesta, que le dio permiso para
arrancar los ojos de su Primer Ministro.

jueves, 26 de febrero de 2009

Los habitantes del pozo

Abraham Merritt
Hacia nuestro norte, un dardo de luz se alzaba hasta casi llegar el cenit. Surgía por detrás de la áspera montaña hacia la que nos habíamos estado dirigiendo durante todo el día. El dardo atravesaba una columna de niebla azul cuyos costados estaban tan bien delimitados como la lluvia que cae de los bordes de una nube tormentosa. Era como el haz de un proyector que atravesase una nube azul, y no creaba sombras. Mientras subía a lo alto recortaba con aristas duras y fijas las cinco cimas, y vimos que la montaña, en su conjunto, estaba modelada en forma de mano. Y, mientras la luz los silueteaba, los gigantescos picos que eran los dedos parecían extenderse, y la tremenda masa que formaba la palma empujar. Era como si se moviese para rechazar algo. El haz brillante permaneció así durante unos momentos, luego se dispersó en una multitud de pequeños globos luminosos que se movían de uno a otro lado y caían suavemente. Parecían estar buscando algo. El bosque se había quedado muy silencioso. Cada uno de los ruidos que antes lo llenaban contenía la respiración. Noté como los perros se apretaban contra mis piernas. También ellos estaban silenciosos, pero cada uno de los músculos de sus cuerpos temblaba; tenían el pelo de los lomos erizado, y sus ojos, clavados fijamente en las chispas fosforescentes que caían, estaban cubiertos por una fina película de terror. Me volví hacia Starr Anderson. Estaba mirando al Norte, por donde, una vez más, había aparecido el rayo de luz, subiendo a lo alto. - ¡La montaña con forma de mano! - hablé sin mover los labios. Mi garganta estaba tan seca como sí Lao T'zai la hubiera llenado con su polvo de terror. - Es la montaña que hemos estado buscando - me contestó en el mismo tono. - Pero... ¿qué es esa luz? Seguro que no es la aurora boreal - dije. - ¿Quién ha oído hablar de una aurora boreal en esta época del año? Había expresado el pensamiento que yo tenía en mente. - Algo me hace pensar que ahí arriba están persiguiendo a alguien – prosiguió -. Esas luces están buscando... llevan a cabo alguna terrible persecución... es bueno que estemos fuera de su alcance. - La montaña parece moverse cada vez que ese haz se alza – comenté -. ¿Qué es lo que trata de mantener alejado, Starr? Me hace recordar la mano de nubes heladas que Shan Nadour colocó frente a la Puerta de los Ogros para mantenerlos en las madrigueras que les había excavado Eblis. Alzó una mano, mientras escuchaba algo. De lo alto, desde el Norte, llegó un susurro. No era el roce de la aurora boreal, ese sonido, crujiente y quebradizo, que parece hecho por los fantasmas de los vientos que soplaron durante la Creación mientras corren por entre las hojas que dieron cobijo a Lilith. No, este susurro contenía una orden. Era autoritario. Nos llamaba para que fuéramos hacia donde brillaba la luz. ¡Nos... atraía! Había en él una nota de inexorable insistencia. Aferraba mi corazón con un millar de minúsculos dedos con uñas de miedo, y me llenaba de una tremenda ansia por correr hasta fundirme en la luz. Era algo similar a lo que debió sentir Ulises cuando se debatía contra el mástil para tratar de obedecer al canto de cristal de las sirenas. El susurro se hizo más fuerte. - ¿Qué demonios les pasa a los perros? - gritó salvajemente Starr Anderson -. ¡Míralos! Los perros esquimales, aullando lastimeramente, estaban corriendo hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los árboles. Hasta nosotros llegó un gemido lleno de tristeza. Luego esto también murió, y solo dejó tras de sí el insistente murmullo en lo alto. El claro en el que acampamos miraba directamente al Norte. Supongo que habíamos llegado al primer gran meandro del río Kuskokwim, a unos quinientos kilómetros en dirección al Yukon. Lo que era seguro es que nos hallábamos en una parte inexplorada de los bosques. Habíamos partido de Dawson al iniciarse la primavera, siguiendo una pista bastante convincente que prometía llevarnos a una montaña perdida entre cuyos cinco picos - al menos eso nos había asegurado aquel hechicero de la tribu Athabascana - el oro corre como el agua por entre una mano extendida. No conseguimos que ningún indio aceptase venir con nosotros. Decían que la tierra de la Montaña con forma de Mano estaba maldita. Habíamos visto la montaña por primera vez la noche anterior, con su recortada cima dibujada sobre un resplandor pulsante. Y ahora, iluminados por la luz que nos había guiado, veíamos que realmente era el lugar que andábamos buscando. Anderson se puso rígido. Por entre el susurro se dejaba oír un curioso sonido apagado y un roce. Sonaba como si un oso pequeño se estuviera acercando a nosotros. Eché una brazada de leña al fuego y, mientras la llama se alzaba, vi como algo aparecía entre los matorrales. Caminaba a cuatro patas, pero no parecía ser un oso. De repente, una imagen se formó en mi mente: era como un niño subiendo unas escaleras a gatas. Las extremidades delanteras se alzaban en un movimiento grotescamente infantil. Era grotesco, pero también era... horrible. Se acercó. Tomamos nuestras armas... y las dejamos caer. ¡Súbitamente, supimos que aquella cosa que gateaba era un hombre! Era un hombre. Se acercó al fuego con aquel mismo apagado forcejeo. Se detuvo. - A salvo - susurró el hombre, con una voz que era un eco del susurro que se oía por sobre nuestras cabezas -. Estoy bastante a salvo aquí. No pueden salir del azul ¿saben? No pueden cogerle a uno... a menos que uno les responda... - Está loco - dijo Anderson; y luego, con suavidad, dirigiéndose a aquella piltrafa de lo que había sido un hombre -: - Tiene razón... nadie le persigue. - No les respondan - repitió el hombre -. Me refiero a las luces. - Las luces - grité, olvidándome hasta de mi compasión -. ¿ Qué son esas luces? - ¡Los habitantes del pozo! - murmuró. Luego se desplomó sobre un costado. Corrimos a atenderle. Anderson se arrodilló a su lado. - ¡Dios mío! – gritó - ¡Mira esto, Frank! Señaló a las manos del desconocido. Las muñecas estaban cubiertas por jirones desgarrados de su gruesa camisa. Sus manos... ¡solo eran unos muñones! Los dedos se habían pegado a las palmas, y la carne se había desgastado hasta que el hueso sobresalía. ¡Parecían las patas de un diminuto elefante! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura llevaba una pesada banda de metal dorado de la que colgaba una anilla y una docena de eslabones de una brillante cadena blanca. - ¿Quién puede ser? ¿De dónde vendrá? - preguntó Anderson -. Mira, está profundamente dormido... y, aún en sueños, sus brazos tratan de escalar y sus piernas se alzan una tras la otra. Y sus rodillas... ¿Cómo, en el nombre de Dios, ha podido moverse sobre ellas? Era como él decía. Hasta en el profundo sueño en que había caído el desconocido, sus brazos y piernas continuaban alzándose en un deliberado y aterrador movimiento de escalada. Era como si tuvieran vida propia... realizaban sus movimientos con independencia del cuerpo inerte. Eran unos movimientos de semáforo. Si ustedes han ido en alguna ocasión en la cola de un tren y mirado como suben y bajan los brazos de los semáforos sabrán a lo que me refiero. De pronto, el susurro en lo alto cesó. El chorro de luz cayó y no volvió a alzarse. El hombre que gateaba se quedó quieto. A nuestro alrededor comenzó a aparecer un suave resplandor: la corta noche del verano de Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y volvió hacia mi un rostro trasnochado. - ¡Chico! – exclamó -. Parece que hayas estado enfermo. - ¡Pues si te vieras tu mismo, Starr! – repliqué - ¡Ha sido algo realmente horroroso! ¿Qué sacas en claro de todo ello? - Estoy creyendo que la única respuesta la tiene ese individuo - me contestó, señalando a la figura que yacía, completamente inmóvil, bajo las mantas con que la habíamos arropado -. Sea lo que fuese eso... lo perseguía a él. Esas luces no eran una aurora boreal, Frank. Eran como la abertura a algún infierno del que nunca nos hablaron los predicadores. - Ya no seguiremos adelante hoy – dije -. No lo despertaría ni por todo el oro que corre por entre los dedos de los cinco picos... ni por todos los demonios que puedan estar persiguiéndolo. El hombre yacía en un sueño tan profundo como la laguna Estigia. Le lavamos y vendamos los muñones que antes habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que más parecían muletas. No se movió mientras hacíamos esto. Yacía tal como se había desplomado, con los brazos algo alzados y las rodillas dobladas. Comencé a limar la banda que rodeaba la cintura del durmiente. Era de oro, pero de un oro distinto a todo otro oro que yo jamás hubiera visto. El oro puro es blando. Este también lo era... pero tenía una vida sucia y viscosa que le era propia. Embotaba la lima y hubiera podido jurar que se retorcía como un ser vivo cuando lo cortaba. Lo hendí, lo doblé arrancándolo del cuerpo, y lo lancé a lo lejos. Era... ¡repugnante! Durante todo el día, el hombre durmió. Llegó la obscuridad, y seguía durmiendo. Pero aquella noche no hubo ninguna columna de luz azulada detrás de los picos, ni escudriñantes globos luminosos, ni susurros. Parecía que aquella horrible maldición se hubiera retirado... aunque no muy lejos. Tanto a Anderson como a mí nos parecía que la amenaza estaba allí, tal vez oculta, pero acechante. Ya era mediodía de la jornada siguiente cuando el hombre se despertó. Di un salto cuando oí sonar su placentera pero insegura voz. - ¿Cuánto tiempo he dormido? - preguntó. Sus pálidos ojos azules se poblaron de ansiedad mientras yo lo contemplaba. - Una noche... y casi dos días - le respondí. - ¿Hubo luces allá arriba la pasada noche? - señaló con la cabeza, ansiosamente, hacia el Norte - ¿ Se oyeron susurros? - Ninguna de las dos cosas - le contesté. Su cabeza cayó hacia atrás y se quedó mirando al cielo. - Entonces, ¿han abandonado la persecución? - preguntó al fin. - ¿Quién le perseguía? - preguntó Anderson. Y, una vez más, nos contestó: - ¡Los habitantes del pozo! Nos quedamos mirándole y de nuevo, débilmente, sentí aquel deseo enloquecedor que había parecido acompañar a las luces. - Los habitantes del pozo – repitió -. Unas cosas que algún dios malvado creó antes del Diluvio y que, en alguna forma, escaparon a la venganza del Dios del Bien. ¡Me estaban llamando! - añadió simplemente. Anderson y yo cruzamos las miradas, con el mismo pensamiento en nuestras mentes. - No - intervino el hombre, adivinando cual era -, no estoy loco. Denme algo de beber. Pronto moriré. ¿Me llevarán tan al Sur como puedan antes de que esto suceda? Y después, ¿elevarán una pira y me quemarán en ella? Quiero quedar en una forma en la que ninguna infernal vileza que intenten pueda arrastrar a mi cuerpo de vuelta hasta ellos. Estoy seguro que lo harán cuando les haya hablado de ellos - finalizó, cuando vio que dudábamos. Bebió el coñac y el agua que le llevamos a los labios. - Tengo los brazos y las piernas muertos – comentó -, tan muertos como yo mismo lo estaré pronto. Bueno, cumplieron bien con su misión. Ahora les diré lo que hay allá arriba, detrás de aquella mano: ¡Un infierno! «Escuchen. Mi nombre es Stanton...- Sinclair Stanton, de la promoción de 1900 en Yale. Explorador. Salí de Dawson el año pasado para buscar cinco picos que formaban una mano en una tierra embrujada y por entre los cuales corría el oro puro. ¿Es lo mismo que ustedes andan buscando? Ya me lo pensé. A finales del pasado otoño, mi compañero se puso enfermo, y lo mandé de vuelta con unos indios. Poco después, los que seguían conmigo averiguaron lo que perseguía. Huyeron, abandonándome. Decidí proseguir. Me construí un refugio, lo llené de provisiones y me dispuse a pasar el invierno. No me fue muy mal... recordarán que fue un invierno poco riguroso. Al llegar la primavera, empecé de nuevo la búsqueda. Hace unas dos semanas divisé los cinco picos. Pero no desde este lado, sino del otro. Denme algo más de coñac. »Había dado una vuelta demasiado grande – prosiguió -. Había llegado demasiado al Norte: tuve que regresar. Desde este lado no ven más que bosques hasta la base de la mano. Por el otro lado...» Estuvo callado un momento. - Allí también hay bosques, pero no llegan muy lejos. ¡No! Salí de ellos. Ante mí se extendía, por muchos kilómetros, una llanura. Se veía tan rota y gastada como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. En su extremo más lejano se alzaban los picos. Entre ellos y el lugar en que me hallaba se alzaba, muy a lo lejos, lo que parecía ser un farallón de rocas de poca altura. Y entonces... me encontré con el sendero. - ¡El sendero! - gritó asombrado Anderson. - El sendero - afirmó el hombre -. Un buen sendero, liso, que se dirigía recto hacia la montaña. Oh, seguro que era un sendero... y se veía gastado como si por él hubieran pasado millones de pies durante millares de años. A cada uno de sus lados se veía arena y montones de piedras. Al cabo de un tiempo comencé a fijarme en esas piedras. Estaban talladas, y la forma de los montones me hizo venir la idea de que, tal vez, hacía un centenar de millares de años, hubieran sido casas. Parecían así de antiguas. Notaba que eran obra del hombre, y al mismo tiempo las veía de una inmemorable antigüedad. »Los picos se fueron acercando. Los montones de ruinas se hicieron más frecuentes. Algo inexplicablemente desolador planeaba sobre ellas, algo siniestro; algo que me llegaba desde las mismas y golpeaba mi corazón como si fuera el paso de unos fantasmas tan viejos que solo podían ser fantasmas de fantasmas. Seguí adelante. »Vi entonces que lo que había tomado por unas colinas bajas situadas al pie de los picos era en realidad un amontonamiento más grande de ruinas. La Montaña de la Mano estaba, en realidad, mucho más lejos. El sendero pasaba por entre esas ruinas, enmarcado por dos rocas altas que se alzaban como un arco. - El hombre hizo una pausa. Sus manos comenzaron a golpear rítmicamente de nuevo. En su frente se formaron pequeñas gotitas de sudor sangriento. Tras unos momentos, se quedó tranquilo de nuevo. Sonrió. - Formaban una entrada. – continuó -. Llegué hasta ella. La atravesé. Me tiré al suelo, aferrándome a la tierra con pánico y asombro, pues me hallaba en una amplia plataforma de piedra. Ante mí se extendía... ¡el vacío! Imagínense el Gran Cañón del Colorado, pero tres veces más ancho, más o menos circular y con el fondo hundido. Así tendrán una idea de lo que yo estaba contemplando. «Era como mirar hacia abajo, por el borde de un mundo hendido, allí a la infinidad en donde ruedan los planetas. En el extremo más alejado se alzaban los cinco picos. Se veían como una gigantesca mano irguiéndose hacia el cielo en un signo de advertencia. La boca del abismo se apartaba en curva a ambos lados de donde yo estaba. »Podía ver hasta unos trescientos metros más abajo. Entonces comenzaba una espesa niebla azul que cortaba la visión. Era como el azul que se acumula en las altas colinas al atardecer. Pero el pozo... ¡era aterrador! Aterrador como el Golfo de Ranalak de los maories, que se alza entre los vivos y los muertos y que tan solo un alma recién salida del cuerpo puede cruzar de un salto... aunque ya no le queden fuerzas para volverlo a saltar hacia atrás. »Me arrastré, alejándome del borde, y me puse en pie, débil y estremeciéndome. Mi mano descansaba sobre una de las rocas de la entrada. Había en ella una talla. En un bajorrelieve profundo se veía la silueta heroica de un hombre. Estaba vuelto de espaldas y tenía los brazos extendidos sobre la cabeza, llevando entre ellos algo que parecía el disco del sol, del que irradiaban líneas de luz. En el disco estaban grabados unos símbolos que me recordaban el antiguo lenguaje chino. Pero no era chino. ¡No! Habían sido realizados por manos convertidas en polvo eones antes de que los chinos se agitasen en el seno del tiempo. »Miré a la roca opuesta. Tenía una figura similar. Ambas llevaban un extraño sombrero aguzado. En cuanto a las rocas, eran triangulares, y las tallas se encontraban en los lados más próximos al pozo. El gesto de los hombres parecía ser el de estar echando hacia atrás algo, el de estar impidiendo el paso. Miré las figuras de más cerca. Tras las manos extendidas y el disco, me parecía entrever una multitud de figuras informes y, claramente, una hueste de globos. »Los resegui vagamente con los dedos. Y, al pronto, me sentí inexplicablemente descompuesto. Me había venido la impresión, no puedo decir que lo viese, la impresión de que eran enormes babosas puestas en pie. Sus henchidos cuerpos parecían disolverse, luego aparecer a la vista, y disolverse de nuevo... excepto por los globos que formaban sus cabezas y que siempre permanecían visibles. Eran... inenarrablemente repugnantes. Atacado por una inexplicable y avasalladora náusea, me recosté contra el pilar y, entonces... ¡Vi la escalera que descendía al pozo! - ¿Una escalera? - coreamos. - Una escalera - repitió el hombre con la paciencia de antes -. No parecía tallada en la roca, sino más bien construida sobre ella. Cada escalón tendría aproximadamente siete metros de largo y dos de ancho. Surgían de la plataforma y desaparecían en la niebla azul. - Una escalera - dijo incrédulo Anderson - construida en la pared de un precipicio y que lleva hacia las profundidades de un pozo sin fondo... - No es sin fondo - interrumpió el hombre -. Hay un fondo. Sí. Yo lo alcancé - prosiguió desmayadamente -. Bajando las escaleras... bajando las escaleras. Pareció aferrar su mente, que se le escapaba. - Sí - continuó con más firmeza -. Descendí por la escalera, pero no aquel día. Acampé junto a la entrada. Al amanecer llené mi mochila de comida, mis dos cantimploras con agua de una fuente que brota cerca de las ruinas, atravesé los monolitos tallados y crucé el borde del pozo. «Los escalones bajan a lo largo de las paredes del pozo con un declive de unos cuarenta grados. Mientras bajaba, los estudié. Estaban tallados en una roca verdosa bastante diferente al granito porfírico que formaban las paredes del pozo. Al principio pensé que sus constructores habrían aprovechado un estrato que sobresaliese, tallando la colosal escalinata en él, pero la regularidad del ángulo con que descendía me hizo dudar de esta teoría. »Después de haber bajado tal vez un kilómetro, me hallé en un descansillo. Desde él, las escaleras formaban un ángulo en V y descendían de nuevo, aferrándose al despeñadero con el mismo ángulo que las anteriores. Después de haber hallado tres de esos ángulos, me di cuenta de que la escalera caía recta hacia abajo, fuera cual fuese su destino, en una sucesión de ángulos. Ningún estrato podía ser tan regular. ¡No, la escalera había sido erigida totalmente a mano! Pero, ¿por quién? ¿Y para qué? La respuesta está en esas ruinas que rodean el borde del pozo... aunque no creo que jamás sea hallada. »Hacia el mediodía ya había perdido de vista el borde del abismo. Por encima de mi, por debajo de mi> no había sino la niebla azul. No sentía mareos, ni miedo, tan solo una tremenda curiosidad. ¿Qué era lo que iba a descubrir? ¿Alguna antigua y maravillosa civilización que había florecido cuando los polos eran jardines tropicales? ¿Un nuevo mundo? ¿La clave de los misterios del Hombre mismo? No hallaría nada viviente, de eso estaba seguro... todo era demasiado antiguo para que quedase nada con vida. Y, sin embargo, sabía que una obra tan maravillosa debía de llevar a un lugar igualmente maravilloso. ¿Cómo sería? Continué. »A intervalos regulares había cruzado las bocas de unas pequeñas cavernas. Debían de haber unos tres mil escalones y luego una entrada, otros tres mil escalones y otra entrada... así continuamente. Avanzada ya la tarde, me detuve frente a uno de esos huecos. Supongo que habría bajado entonces a unos cinco kilómetros de la superficie, aunque, debido a los ángulos, habría caminado unos quince kilómetros. Examiné la entrada. A cada uno de sus lados estaban talladas las mismas figuras que en la entrada del borde del pozo, pero esta vez se hallaban de frente, con los brazos extendidos con sus discos, como reteniendo algo que viniese del pozo mismo. Sus rostros estaban cubiertos con velos y no se veían figuras repugnantes tras ellos. »Me introduje en la caverna. Se extendía unos veinte metros, como una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Podía ver, fuera, la niebla azul alzándose como una columna. Noté una extraordinaria sensación de seguridad, aunque anteriormente no había experimentado, conscientemente, miedo alguno. Notaba que las figuras de la entrada eran guardianes, pero... ¿contra qué me guardaban? Me sentía tan seguro que hasta perdí la curiosidad sobre este punto. »La niebla azul se hizo más espesa y algo luminescente. Supuse que allá arriba seria la hora del crepúsculo. Comí y bebí algo y me eché a dormir. Cuando me desperté, el azul se había aclarado de nuevo, e imaginé que arriba habría despuntado el alba. Continué. Me olvidé del golfo que bostezaba a mi costado. No sentía fatiga alguna y casi no notaba el hambre ni la sed, aunque había comido y bebido bien poco. Esa noche la pasé en otra de las cavernas y, al amanecer, descendí de nuevo. »Fue cuando ya terminaba aquel día cuando vi la ciudad por primera vez... Se quedó silencioso durante un rato. - La ciudad - dijo al fin - ¡La ciudad del pozo! No una ciudad como las que ustedes han visto habitualmente... ni como la haya visto ningún otro hombre que haya podido vivir para contarlo. Creo que el pozo debe de tener la forma de una botella: la abertura que se encuentra frente a los cinco picos es el cuello de la misma. Pero no sé lo amplia que es su base... puede que tenga millares de kilómetros. Y tampoco conozco lo que pueda haber más allá de la ciudad. »Allá abajo, entre lo azul, se habían empezado a ver ligeros destellos de luz. Luego contemplé las copas de los... árboles, pues supongo que eso es lo que eran. Aunque no eran como nuestros árboles, estos eran repugnantes, reptiloides. Se erguían sobre altos troncos delgados y sus copas nidos de gruesos tentáculos con feas hojuelas parecidas a cabezas estrechas... cabezas de serpientes. »Los árboles eran rojos, de un brillante rojo airado. Aquí y allá comencé a entrever manchas de amarillo intenso. Sabía que eran agua porque podía ver cosas surgiendo en su superficie, o al menos podía ver los chapoteos y salpicones, aunque nunca logré ver lo que los producía. »Justamente debajo mío se hallaba la ciudad. Kilómetro tras kilómetro de cilindros apretujados que yacían sobre sus costados, apilados en pirámides de tres, de cinco o de docenas de ellos. Es difícil lograrles explicar a ustedes cómo se veía la ciudad. Miren, imagínense que tienen cañerías de una cierta longitud y que colocan tres sobre sus costados y sobre esas colocan otras dos, y sobre estas otra; o supongan que toman como base cinco y sobre esas colocan cuatro y luego tres, dos y una. ¿Lo imaginan? Así es como se veía. »Y estaban rematadas por torres, minaretes, ensanchamientos, voladizos y monstruosidades retorcidas. Brillaban como si estuviesen recubiertas con pálidas llamas rosas. A su costado se alzaban los árboles rojos como si fueran las cabezas de hidras guardando manadas de gigantescos gusanos enjoyados. »Unos metros más abajo de donde me hallaba, la escalera llegaba a un titánico arco, irreal como el puente que sobrevuela el Infierno y lleva a Asgard. Se curvaba por encima de la cumbre del montón más alto de cilindros tallados y desaparecía en él. Era anonadador... era demoniaco... El hombre se detuvo. Sus ojos se pusieron en blanco. Tembló, y de nuevo sus brazos y piernas comenzaron aquel horrible movimiento de arrastre. De sus labios surgió un susurro que era un eco del murmullo que habíamos oído en lo alto la noche en que llegó hasta nosotros. Puse mi mano sobre sus ojos. Se calmó. - ¡Execrables cosas! – dijo - ¡Los habitantes del pozo! ¿He susurrado? Si... ¡pero ya no pueden cogerme ahora... ya no! Al cabo de un tiempo continuó, tan tranquilo como antes: - Crucé aquel arco. Me introduje por el techo de aquel... edificio. La oscuridad azul me cegó por un momento, y noté cómo los escalones se curvaban en una espiral. Bajé girando y me hallé en lo alto de... no sé como decírselo. Tendré que llamarle habitación. No tenemos imágenes para reflejar lo que hay en el pozo. A unos treinta metros por debajo mío se hallaba el suelo. Las paredes bajaban, apartándose de donde yo me hallaba en una serie de medias lunas crecientes. El lugar era colosal... y estaba iluminado por una curiosa luz roja moteada. Era como la luz del interior de un ópalo punteado de oro y verde. »Las escaleras en espiral seguían por debajo. Llegué hasta el último escalón. A lo lejos, frente a mí, se alzaba un altar sostenido por altas columnas. Sus pilares estaban tallados en monstruosas volutas, cual si fuesen pulpos locos con un millar invisible que se hallaba sobre el altar, y me arrastré por el suelo, al lado de los pilares. Imagínense la escena: solo en aquel lugar extrañamente iluminado y con el horror arcaico acechando encima mío... una Cosa monstruosa, una Cosa inimaginable... una Cosa invisible que emanaba terror... »AI cabo de algún tiempo recuperé el control de mí mismo. Entonces vi, al costado de uno de los pilares, un cuenco amarillo lleno con un líquido blanco y espeso. Lo bebí. No me importaba si era venenoso; pero mientras lo estaba tragando noté un sabor agradable, y al acabarlo me volvieron instantáneamente las fuerzas. Veía a las claras que no me iban a matar de hambre. Fueran lo que fuesen aquellos habitantes del pozo, sabían bien cuales eran las necesidades humanas. »Y otra vez comenzó a espesarse el rojizo brillo moteado. Y de nuevo se alzó allá afuera el zumbido, y por el círculo que era la puerta entró un torrente de globos. Se fueron colocando en hileras hasta llenar totalmente el templo. Su murmullo creció hasta transformarse en un canto, un susurrante canto cadencioso que se alzaba y caía, mientras los globos se alzaban y caían al mismo ritmo, se alzaban y caían. »Las luces fueron y vinieron toda la noche, y toda la noche sonaron los cantos mientras ellas se alzaban y caían. Al final, me noté como un solitario átomo de conocimiento en aquel océano de susurros, un átomo que se alzaba y caía con los globos de luz. »¡Les aseguro que hasta mi corazón latía a ese mismo ritmo! Pero por fin se aclaró el brillo rojo, y las luces salieron; murieron los murmullos. De nuevo estaba solo, y supe que, en mi mundo, se había iniciado un nuevo día. »Dormí. Cuando me desperté, hallé junto al pilar otro cuenco del líquido blanquecino. Volví a estudiar la cadena que me ataba al altar. Comencé a frotar dos de los eslabones entre sí. Lo hice durante horas. Cuando comenzó a espesarse el rojo, se veía una muesca desgastada en los eslabones. Comencé a sentir una cierta esperanza. Existía una posibilidad de escapar. »Con el espesamiento regresaron las luces. Durante toda aquella noche sonó el canto susurrado, y los globos se alzaron y cayeron. El canto se apoderó de mí. Pulsó a través de mi cuerpo hasta que cada músculo y cada nervio vibraban con él. Se comenzaron a agitar mis labios. Palpitaban como los de un hombre tratando de gritar en medio de una pesadilla. Y por último, también ellos estuvieron murmurando... susurrando el infernal canto de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unísono con las luces. »Me había identificado, ¡Dios me perdone!, en el sonido y el movimiento, con aquellas cosas innombrables, mientras mi alma retrocedía, enferma de horror, pero impotente. Y, en tanto susurraba... ¡los vi! »Vi las cosas que había bajo las luces: Grandes cuerpos transparentes parecidos a los de caracoles sin caparazón, de los que crecían docenas de agitados tentáculos; con pequeñas bocas redondas y bostezantes colocadas bajo los luminosos globos visores. ¡Eran como los espectros de babosas inconcebiblemente monstruosas! Y, mientras las contemplaba, aún susurrando e inclinándome, llegó el alba y se dirigieron hacia la entrada, atravesándola. No caminaban ni se arrastraban... ¡flotaban! Flotaron, y se fueron. »No dormí, sino que trabajé durante todo el día en frotar mi cadena. Para cuando se espesó el rojo, ya había desgastado un sexto de su espesor. Y toda la noche, bajo el maleficio, susurré y me incliné con los habitantes del pozo, uniéndome a su canto, a aquella cosa que acechaba encima mío. »De nuevo, por dos veces, se espesó el rojo y el canto se apoderó de mí. Y finalmente, en la mañana del quinto día, rompí los eslabones desgastados. ¡Estaba libre! Corrí hacia la escalera, pasando con los ojos cerrados al lado del horror invisible que se hallaba más allá del borde del altar, y llegando hasta el puente. Lo crucé, y Comencé a subir por la escalera de la pared del pozo. »¿Pueden imaginarse lo que representa subir por el borde de un mundo hendido... con el infierno a la espalda? Bueno... a mi espalda quedaba algo peor aún que el infierno, y el terror corría conmigo. »Para cuando me di cuenta de que ya no podía subir más, hacia ya tiempo que la ciudad del pozo había desaparecido entre la niebla azul. Mi corazón batía en mis oídos como un martillo pilón. Me desplomé ante una de las pequeñas cavernas, notando que allí lograría, al fin, refugio. Me metí hasta lo más profundo y esperé a que la neblina se hiciese más densa. Esto ocurrió casi al momento, y de muy abajo me llegó un vasto e irritado murmullo. Apretándome contra el fondo de la caverna, vi como un rápido haz de luz se elevaba entre la niebla azul, desapareciendo en pedazos poco después; y mientras se apagaba y descomponía, vi miradas de los globos que constituyen los ojos de los habitantes del pozo cayendo hacia lo más profundo del abismo. De nuevo, una y otra vez, la luz pulsó, y los globos se alzaron con ella para caer luego. »¡Me estaban persiguiendo! Sabían que debía encontrarme todavía en alguna parte de la escalera o, si es que me ocultaba allá abajo, que tendría que usarla en algún momento para escapar. El susurro se hizo más fuerte, más insistente. »A través mío comenzó a latir un deseo aterrador por unirme al murmullo, tal como lo había hecho en el templo. Algo me dijo que, silo hacia, las figuras esculpidas ya no podrían guardarme; que saldría y bajaría para regresar al templo del que ya no escaparía nunca. Me mordí los labios hasta hacerme sangre para acallarlos, y durante toda aquella noche el haz de luz surgió desde el abismo, los globos planearon, y el susurró sonó... mientras yo rezaba al poder de las cavernas y a las figuras esculpidas que todavía tenían la virtud de poder guardarlas. Hizo una pausa, se estaban agotando sus energías. Luego, casi inaudiblemente, prosiguió: - Me pregunté cuál habría sido el pueblo que las habría tallado, por qué habrían edificado su ciudad alrededor del borde, y para qué habrían construido aquella escalera en el pozo. ¿Qué habrían sido para las cosas que vivían en el fondo, y qué uso habrían hecho de ellas para tener que vivir junto a aquel lugar? Estaba seguro de que tras de todo aquello se escondía un propósito. En otra forma, no se hubiera llevado a cabo un trabajo tan asombroso como era la erección de aquella escalera. Pero, ¿cuál era ese propósito? Y, ¿por qué aquellos que habían vivido sobre el abismo habían fenecido hacía eones, mientras que los que habitaban en su interior seguían aún con vida? Nos miró. - No pude hallar respuesta. Me pregunto si lo sabré después de muerto, aunque lo dudo. »Mientras me interrogaba sobre todo ello, llegó la aurora y, con ella, se hizo el silencio. Bebí el líquido que restaba en mi cantimplora, me arrastré fuera de la caverna y comencé a subir otra vez. Aquella tarde cedieron mis piernas. Rompí mi camisa y me hice unas almohadillas protectoras para las rodillas y unas envolturas para las manos. Gateé hacia arriba. Gateé subiendo y subiendo. Y una vez más me introduje en una de las cavernas y esperé que se espesase el azul, que surgiese de él el haz de luz? y que empezase el murmullo. »Pero había ahora una nueva tonalidad en el susurro. Ya no me amenazaba. Me llamaba y me tentaba. Me... atraía. »El terror se apoderó de mí. Me había invadido un tremendo deseo por abandonar la caverna y salir a donde se movían las luces, por dejar que me hicieran lo que deseasen, que me llevasen donde quisieran. El deseo se hizo más insistente. Ganaba fuerza con cada nuevo impulso del haz luminoso, hasta que al fin todo yo vibraba con el deseo de obedecerlo, tal y como había vibrado con el canto en el templo. »Mi cuerpo era un péndulo. Se alzaba el haz, y yo me inclinaba hacia él. Tan solo mi alma permanecía inconmovible, manteniéndome sujeto contra el suelo de la caverna, y colocando una mano sobre mis labios para acallarlos. Y toda la noche luché con mi cuerpo y con mis labios contra el hechizo de los habitantes del pozo. »Llegó la mañana. Otra vez me arrastré fuera de la caverna y me enfrenté con la escalera. No podía ponerme en pie. Mis manos estaban desgarradas y ensangrentadas, mis rodillas me producían un dolor agónico. Me obligué a subir, milímetro a milímetro. «Al rato dejé de notar mis manos, y el dolor abandonó mis rodillas. Se entumecieron. Paso a paso, mi fuerza de voluntad llevó a mi cuerpo hacia arriba sobre mis muertos miembros. Y en diversas ocasiones caía en la inconsciencia... para volver en mí al cabo de un tiempo y darme cuenta de que, a pesar de ello, había seguido subiendo sin pausa. »Y luego... tan solo una pesadilla de gatear a lo largo de inmensas extensiones de escalones... recuerdos del abyecto terror mientras me agazapaba en las cavernas, mientras millares de luces pulsaban en el exterior, y los susurros me llamaban y tentaban... memorias de una ocasión en que me desperté para hallar que mi cuerpo estaba obedeciendo a la llamada y que ya me había llevado a medio camino por entre los guardianes de los portales, al tiempo que millares de globos luminosos flotaban en la niebla azul contemplándome. Visiones de amargas luchas contra el sueño y, siempre, una subida... arriba, arriba, a lo largo de infinitas distancias de escalones que me llevaban de un perdido Abbadon hasta el paraíso del cielo azul y el ancho mundo. »Al fin tuve conciencia de que sobre mí se alzaba el cielo abierto, y ante mí el borde del pozo. Recuerdo haber pasado entre las grandes rocas que forman el portal y de haberme alejado de ellas. Soñé que gigantescos hombres que llevaban extrañas coronas aguzadas y los rostros velados me empujaban hacia adelante, y adelante y adelante, al tiempo que retenían los pulsantes globos de luz que buscaban atraerme de vuelta a un golfo en el que los planetas nadan entre las ramas de árboles rojos coronados de serpientes. »Y más tarde un largo, largo sueño... solo Dios sabe cuán largo, en la hendidura de unas rocas; un despertar para ver, a lo lejos, hacia el Norte, el haz elevándose y cayendo, a las luces todavía buscando y al susurro, muy por encima mío, llamando... con el convencimiento de que ya no podía atraerme. »De nuevo gatear sobre brazos y piernas muertos que se movían... que se movían como la nave del Antiguo Marino... sin que yo lo ordenase. Y, entonces, su fuego, y esta seguridad. El hombre nos sonrió por un momento, y luego cayó profundamente dormido. Aquella misma tarde levantamos el campo y, llevándonos al hombre, iniciamos la marcha hacia el Sur. Lo llevamos durante tres días, en los que siguió durmiendo. Y, al tercer día, sin despertarse, murió. Hicimos una gran pira con ramas y quemamos su cadáver, como nos había pedido. Desparramamos sus cenizas, mezcladas con las de la madera que le habla consumido, por el bosque. Se necesitaría una poderosa magia para desenmarañar esas cenizas y llevarlas, en una nube, hacia el pozo maldito. No creo que ni sus habitantes tengan un tal encantamiento. No. Pero Anderson y yo no volvimos a los cinco picos para comprobarlo. Y, si el oro corre por entre las cinco cimas de la Montaña de la Mano como el agua por entre una mano extendida, bueno... por lo que a nosotros se refiere, puede seguir así.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Los Beatles

Gabriel García Márquez
Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidare aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Angel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había solo dos discos: una selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres; “Help, I need somebody”. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bosart. Alvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es oiseau de malheur, es decir, pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñe, desde entonces, en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un critico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a maquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen. (....) Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con mas de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quien soy, ni que carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambio entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inicio la liberación del sexo y otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo dialogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos. 16 de Diciembre de 1980 (Extractado de Notas de prensa 1980 – 1984)

domingo, 15 de febrero de 2009

Diccionario del Nuevo Orden Mundial

Eduardo Galeano
apartheid. Sistema original de Africa del Sur, destinado a evitar que los negros invadan su propio país. El Nuevo Orden lo aplica, democráticamente, contra todos los pobres del mundo, sea cual fuera su color. bandera. Contiene tantas estrellas que ya no queda lugar para las barras, Japón y Alemania estudian diseños alternativos. comercio, libertad de. Droga estupefaciente prohibida en los paises ricos, que los paises ricos venden a los piases pobres. costos, calculo de. Se estima en 40 millones de dólares el costo mínimo de una campaña electoral para presidente de los Estados Unidos. En los piases del Sur, el costo de fabricación de un presidente resulta considerablemente mas reducido, debido a la ausencia de impuestos y al bajo precio de la mano de obra. creación. Delito cada vez menos frecuente. cultura universal. Televisión. desarrollo. En las sierras de Guatemala: No se necesita matar a todos. Desde 1982, nosotros dimos desarrollo al 70% de la población, mientras matamos al 30% (General Héctor Alejandro Gramajo, ex ministro de Defensa de Guatemala, recientemente graduado en el curso de Relaciones Internacionales de la Universidad de Harvard. Publicado en Harvard International Review, edición de primavera de 1991). deuda externa. Compromiso que cada latinoamericano contrae al nacer, por la módica suma de 2 000 dólares, para financiar el garrote con el que será golpeado. dinero, libertad del. Dícese del rey Herodes suelto en una fiesta infantil. gobierno. En el Sur, institución especializada en la difusión de la pobreza, que periódicamente se reúne con sus pares para festejar los resultados de sus actos. La ultima Conferencia Regional sobre la Pobreza, que congrego en Ecuador a los gobiernos de América Latina, revelo que se ha logrado condenar a la pobreza a un 62,3 por ciento de la población latinoamericana. La Conferencia celebro la eficacia del nuevo Método Integrado de Medición de la Pobreza (MIMP). guerra. Castigo que se aplica a los piases del Sur cuando pretenden elevar los precios de sus productos de exportación. El mas reciente escarmiento fue exitosamente practicado contra Irak. Para corregir la cotización del petróleo fue necesario producir 150 mil daños colaterales, vulgarmente llamados víctimas humanas, a principios de 1991. guerra fría. Ya era. Se necesitan nuevos enemigos. Interesados dirigirse al Pentágono, Washington DC, o a la comisaria de su barrio. historia. El 12 de octubre de 1992 el Nuevo Orden Mundial cumplió 500 años. ideologías, muerte de las. Expresión que comprueba la definitiva extinción de las ideas molestas y de las ideas en general. impunidad. Recompensa que se otorga al terrorismo, cuando es de estado. intercambio. Mecanismo que permite a los piases pobres pagar cuando compran y cuando venden también. Una computadora cuesta, hoy día, tres veces mas café y cuatro veces mas cacao que hace cinco años (Banco Mundial, cifras de 1991.) life, american way of. Modo de vida típico de los Estados Unidos, donde se practica poco. mercado. Lugar donde se fija el precio de la gente y otras mercancías. mundo. Lugar peligroso «A pesar de la desaparición de la amenaza soviética, el mundo continua siendo un lugar peligroso.» (George Bush, mensaje anual al Congreso, 1991.) mundo, mapa del. Un mar de dos orillas. Al Norte, pocos con mucho. Al Sur, muchos con poco. el este que ha logrado dejar de ser Este, quiere ser Norte, pero a la entrada del Paraíso un cartel dice: Completo. naturaleza. Los arqueólogos han localizado ciertos vestigios. orden. El mundo gasta seis veces mas fondos públicos en investigación militar que en investigación medica. (Organización Mundial de la Salud, datos de 1991.) poder. Relación del Norte con el Sur. Dícese también de la actividad que en el Sur ejerce la gente del Sur que vive y gasta y piensa como si fuera del Norte. riqueza. Según los ricos, no produce la felicidad. Según los pobres, produce algo bastante parecido. Pero los estadistas indican que los ricos son ricos porque son pocos, y la fuerzas armadas y la policía se ocupan de aclarar cualquier posible confusión al respecto. veneno. Sustancia que actualmente predomina en el aire, el agua, la tierra y el alma.

sábado, 14 de febrero de 2009

El legislador y el jabón


Ambrose Bierce

Un Miembro de la Legislatura de Kansas que se cruzó con un jabón, pasaba junto
a él sin reconocerlo, pero el jabón insistió en detenerlo y estrecharle las manos.
Pensando que se hallaba en goce de inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un
cordial e intenso apretón de manos. Al abandonarlo, advirtió que una parte del Jabón
había quedado adherida en sus dedos, y corriendo muy alarmado hacia un arroyo,
procedió a lavárselos. Para hacerlo, se vio obligado a frotarse ambas manos, y cuando
terminó de lavarlas, quedaron tan blancas, que se metió en cama y mandó llamar a un
médico.

jueves, 12 de febrero de 2009

La extracción de la piedra de la locura


Alejandra Pizarnik


Elles, les âmes (...), sont malades et elles souffrent et nul ne leur porte remède; elles sont blessées et brisés et nul ne les panse.Ruysbroeck

La luz mala se ha avecinado y nada es cierto. Y si pienso en todo lo que leí acerca del espíritu... Cerré los ojos, vi cuerpos luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de las ambiguas vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del sueño.
Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque.
Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. ¿A quién le dirás que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra. ¿Qué pasa en la verde alameda? Pasa que no es verde y ni siquiera hay una alameda. Y ahora juegas a ser esclava para ocultar tu corona ¿otorgada por quién?, ¿quién te a ungido?, ¿quién te ha consagrado? El invisible pueblo de la memoria más vieja. Perdida por propio designio, has renunciado a tu reino por las cenizas. Quien te hace doler te recuerda antiguos homenajes. No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio. En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo, y es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en silencio el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.
De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque. Parecía el Eclesiastés: busqué en todas mis memorias y nada, nada debajo de la aurora de dedos negros. Mi oficio (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. ¿A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser mí si nada rima con nada.
Te despeñas. Es el sinfín desesperante, igual y no obstante contrario a la noche de los cuerpos donde apenas un manantial cesa aparece otro que reanuda el fin de las aguas.
Sin el perdón de las aguas no puedo vivir. Sin el mármol final del cielo no puedo morir.
En ti es de noche. Pronto asistirás al animoso encabritarse del animal que eres. Corazón de la noche, habla.
Haberse muerto en quien se era y en quien se amaba, haberse y no haberse dado vuelta como un cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo.
Hubiese querido más que esto y a la vez nada.
Va y viene diciéndose solo en solitario vaivén. Un perderse gota a gota el sentido de los días. Señuelos de conceptos. Trampas de vocales. La razón me muestra la salida del escenario donde levantaron una iglesia bajo la lluvia: la mujer-loba deposita a su vástago en el umbral y huye. Hay una luz tristísima de cirios acechados por un soplo maligno. Llora la niña loba. Ningún dormido la oye. Todas las pestes y las plagas para los que duermen en paz.
Esta voz ávida venida de antiguos plañidos. Ingenuamente existes, te disfrazas de pequeña asesina, te das miedo frente al espejo. Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre sobre mí. Éxtasis innoble. Tú sabes que te han humillado hasta cuando te mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás defenderte, que sólo deseas presentarles el trofeo, quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo beban.
Las moradas del consuelo, la consagración de la inocencia, la alegría inadjetivable del cuerpo.
Si de pronto una pintura se anima y el niño florentino que miras ardientemente extiende una mano y te invita a permanecer a su lado en la terrible dicha de ser un objeto a mirar y admirar. No (dije), para ser dos hay que ser distintos. Yo estoy fuera del marco pero el modo de ofenderse es el mismo.
Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.
De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora que tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego está el espacio negro -déjate caer, déjate caer-, umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura. Comprendo mi miedo a una rebelión de las pequeñas figuras azules y doradas. Alma partida, alma compartida, he vagado y errado tanto para fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a contemplar, y no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me encontré haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el del cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados.
Sonríe y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo entro por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de su mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh adiós.
Como una voz no lejos de la noche arde el fuego más exacto. Sin piel ni huesos andan los animales por el bosque hecho cenizas. Una vez el canto de un solo pájaro te había aproximado al calor más agudo. Mares y diademas, mares y serpientes. Por favor, mira cómo la pequeña calavera de perro suspendida del cielo raso pintado de azul se balancea con hojas secas que tiemblan en torno a ella. Grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio. Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al hueso de la pierna. Miserable mixtura. Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin aureola, sin tregua. Y esa voz, esa elegía a una causa primera: un grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo relato mi víspera. ¿Y qué puedes tú? sales de tu guarida y no entiendes. Vuelves a ella y ya no importa entender o no. Vuelves a salir y no entiendes. No hay por donde respirar y tú hablas del soplo de los dioses.
No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín.
Vendrás a mí con tu voz apenas coloreada por un acento que me hará evocar una puerta abierta, con la sombra de un pájaro de bello nombre, con lo que esa sombra deja en la memoria, con lo que permanece cuando avientan las cenizas de una joven muerta, con los trazos que duran en la hoja después de haber borrado un dibujo que representaba una casa, un árbol, el sol y un animal.
Si no vino es porque no vino. Es como hacer el otoño. Nada esperabas de su venida. Todo lo esperabas. Vida de tu sombra ¿qué quieres? Un transcurrir de fiesta delirante, un lenguaje sin límites, un naufragio en tus propias aguas, oh avara.
Cada hora, cada día, yo quisiera no tener que hablar. Figuras de cera los otros y sobre todo yo, que soy más otra que ellos. Nada pretendo en este poema si no es desanudar mi garganta.
Rápido, tu voz más oculta. Se transmuta, te transmite. Tanto que hacer y yo me deshago. Te excomulgan de ti. Sufro, luego no sé. En el sueño el rey moría de amor por mí. Aquí, pequeña mendiga, te inmunizan. ( Y aún tienes cara de niña; varios años más y no le caerás en gracia ni a los perros.)

mi cuerpo se abría al conocimiento de mi estar
y de mi ser confusos y difusos
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo no sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
en el amor yo me abría
y ritmaba los viejos gestos de la amante
heredera de la visión
de un jardín prohibido

La que soñó, la que fue soñada. Paisajes prodigiosos para la infancia más fiel. A falta de eso -que no es mucho-, la voz que injuria tiene razón.
La tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados. Agua dolorosa.
El sueño demasiado tarde, los caballos blancos demasiado tarde, el haberme ido con una melodía demasiado tarde. La melodía pulsaba mi corazón y yo lloré la pérdida de mi único bien, alguien me vio llorando en el sueño y yo expliqué (dentro de lo posible), palabras buenas y seguras (dentro de lo posible). Me adueñé de mi persona, la arranqué del hermoso delirio, la anonadé a fin de serenar el terror que alguien tenía a que me muriera en su casa.
¿Y yo? ¿A cuántos he salvado yo?
El haberme prosternado ante el sufrimiento de los demás, el haberme acallado en honor de los demás.
Retrocedía mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la vía del éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños.
Puertas del corazón, pero apaleado, veo un templo, tiemblo, ¿que pasa? No pasa. Yo presentía una escritura total. El animal palpitaba en mis brazos con rumores de órganos vivos, calor, corazón, respiración, todo musical y silencioso al mismo tiempo. ¿Qué significa traducirse en palabras? Y los proyectos de perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar. La luz, el vino prohibido, los vértigos, ¿para quién escribes? Ruinas de un templo olvidado. Si celebrar fuera posible.
Visión enlutada, desgarrada, de un jardín con estatuas rotas. Al filo de la madrugada los huesos te dolían. Tú te desgarras. Te los prevengo y te lo previne. Tú te desarmas. Te lo digo, te lo dije. Tú te desnudas. Te desposees. Te desunes. Te lo predije. De pronto se deshizo: ningún nacimiento. Te llevas, te sobrellevas. Solamente tú sabes de este ritmo quebrantado. Ahora tus despojos, recogerlos uno a uno, gran hastío, en dónde dejarlos. De haberla tenido cerca, hubiese vendido mi alma a cambio de invisibilizarme. Ebria de mí, de la música, de los poemas, por qué no dije del agujero de ausencia. En un himno harapiento rodaba el llanto por mi cara. ¿Y por qué no dicen algo? ¿Y para qué este gran silencio?.

martes, 10 de febrero de 2009

El escudo de la Ciudad

Franz Kafka
En un principio no faltó la organizacion en las disposiciones para construir la Torre de Babel; una orden excesiva, quizá. Se penso demasiado en guías, interpretes, alojamientos para obreros y vías de comunicación, como si se dispusiera de siglos. En esos tiempos, la opinión general era que no se podía construir con demasiada lentitud; un poco más y hubieran abandonado todo, y hasta desistido de echar los cimientos. La gente razonaba de esta manera: lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el futuro. Al contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y seguirá progresando; de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un año se hará tal vez en pocos meses, y más resistente, mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera la esperanza de que la torre quedará terminada en el espacio de una generación. Esa esperanza era imposible. Lo más creible era que la nueva generación, con sus conocimientos superiores condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo adelantado, para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se pensó menos en construir la torre que en construir una ciudad para los obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a disputas que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin; algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construccion de la torre y otros que más valía aguardar que se reestableciera la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo; en las treguas se dedicaban a embellecer la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias y nuevas peleas. Así paso el espacio de la primera generación, pero ninguna de las siguientes fue distinta; sólo aumentó la destreza técnica y con ella el ansia guerrera. Aunque la segunda o tercera generación reconoció la insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad. En todas las leyendas y cantos de esa ciudad está presente el vaticinio anunciante que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán la ciudad. Por esa razón está el puño en el escudo de armas.

jueves, 5 de febrero de 2009

Post-operatorio


Adolfo Bioy Casares

-Fueran cuales fueran los resultados -declaró el enfermo, tres días después de la operación- la actual terapéutica me parece muy inferior a la de los brujos, que sanaban con encantamientos y con bailes.

miércoles, 4 de febrero de 2009

El huracán

Lord Dunsany
Me encontraba una noche solo en la gran colina contemplando una lúgubre y tétrica ciudad. Durante todo el día había perturbado el cielo sagrado con su humareda y ahora estaba bramando a distancia y me miraba colérica con sus hornos y con las ventanas iluminadas de sus fábricas. De pronto cobré conciencia de que no era el único enemigo de la ciudad, porque percibí la forma colosal del Huracán que venia hacia mí jugando ocioso con las flores al pasar; cuando estuvo cerca, se detuvo y le dirigió la palabra al Terremoto que como un topo, aunque inmenso, se había asomado por una grieta abierta en la tierra. —Viejo amigo —dijo el Huracán—, ¿recuerdas cuando asolábamos las naciones y conducíamos los rebaños del mar a otros pastizales? —Sí—repuso el Terremoto adormilado—. Sí, sí. —Viejo amigo—dijo el Huracán—, hay ciudades por todas partes. Sobre tu cabeza, mientras dormías, no han dejado de construirlas por un instante. Mis cuatro hijos, los Vientos, se sofocan con sus humaredas, los valles están vacíos de flores y, desde que viajamos juntos por última vez, han talado los hermosos bosques. El Terremoto se quedó allí echado con el hocico apuntando hacia la ciudad, pestañeando a la luz, mientras el Huracán estaba en pie a su lado mostrándosela con cólera. —Ven—dijo el Huracán—, volvamos a ponernos en camino y destruyámoslas para que los hermosos bosques puedan volver y también sus furtivas criaturas. Tú abrumarás a estas ciudades sin descanso y pondrás a la gente en fuga y yo las heriré en el descampado y barreré su profanación del mar. ¿Vendrás conmigo y lo harás para gloria de la hazaña? ¿Desolarás el mundo nuevamente como lo hicimos, tú y yo, antes de que llegara el Hombre? —Sí—dijo el Terremoto—. Sí.—Y nuevamente se metió en su grieta de cabeza contoneándose como un pato hasta el fondo de los abismos. Cuando el Huracán se alejó a las zancadas, me puse en pie tranquilamente y partí, pero a esa hora a la noche siguiente volví cauteloso al mismo lugar. Allí encontré tan sólo la enorme forma gris del Huracán, con la cabeza entre las manos, llorando; porque el Terremoto duerme larga y pesadamente en los abismos y no despierta.

martes, 3 de febrero de 2009

Sinfonía Concluída

Augusto Monterroso
—Yo podría contar—terció el gordo atropelladamente—que hace tres años en Guatemala un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929 cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced se encontró de pronto unas hojas raras que intrigado se puso a estudiar con el cariño de siempre y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los dos movimientos finales de la Sinfonía inconclusa así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros no se arredró y antes bien juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuanto músico existía en Guatemala con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir decían un Leiermann guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert cuyos especialistas llenaban la ciudad y que qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano en su viola y en su violín los dos movimientos y quienes finalmente cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado los papeles se hubieran perdido en ese momento y que yo me asombrara de que todavía llorando si bien ya más calmados y luego de hablar aparte entre sí y en su idioma trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba y por el contrario podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros y que la gracia consistía en pensar si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non troppo y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert lo más inteligente era que les permitiera guardar aquella música porque además de que se iba a entablar una polémica interminable el único que saldría perdiendo sería Schubert y que entonces convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert que eran peores se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo—finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza— que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.

El ordenador Encantado y el Papa Androide

Ray Bradbury
Ordenador encantado, Papa Androide, dato almacenado, esperanza eslizoide. Necesidad humana, sueños de horror, alimento nocturno para el ordenador que así cosecha ceros y suma y crece, derriba lo perverso donde aparece y pone de rodillas al mal osado con un cuchillo eléctrico mal entintado. El Papa Androide, mientras, se alza del suelo para ir con los físicos a medio vuelo, donde su mente eléctrica privilegiada llama, en país de ciegos, a la cruzada, y la fe crece, y crecen gravedad y masa, –Andrómeda centrifuga, que luce y pasa–; como una mosca mengua lo material cuando el Androide sirve un té papal al Santo de las dudas, Tomas, y a mí, y a ti, lo tuyo, repito, lo tuyo a ti, y monta últimas cenas con elegidos donde los grandes físicos vuelan perdidos y el hombre sorprendido, que no ve nada, duda entre magnitudes, voluntad helada. Aquí, al momento, llega, ¡hosanna!, el Papa Ordenador y Eléctrico, Señor de un mapa donde todo se rinde, ya sin camino, y un gran vacío llena el hueco divino, sin misterio, ni emblema, ni luz, ni guía, con velos y arrogancias de nieve fría que Dios sirve en raciones, ¡tomad, hermanos!, en años luz de mares, lagos, pantanos, aguas donde se ahoga, en lo mas profundo, la mente ordenadora que escruta el mundo sin hallar la respuesta al afán certero del huevo o la gallina: ¿qué fue primero? La respuesta se esconde en el ancho cielo donde los astronautas, inútil vuelo, suben con sus cohetes, y de esperanza el Papa un gran castillo de fuegos lanza, con cintas en la tripa, corriente alterna, Galilea en metáforas, pólvora eterna, y amasa un pan que crece y sirve un vino que es sangre para el alma, sacro destino, y, con palabras huecas, llena vacíos, como un vuelo de pájaros de fuegos píos que se agitan y funden, mensaje alado, y así, el hombre sediento, se halla saciado. Pero el misterio queda y al hombre sigue una lluvia fantasma que le persigue. Con máquinas–fábrica para artilugios, a medias satisfecho con sus refugios donde al doble misterio, dan voz y eco un ordenador Mago y un Papa Hueco.

lunes, 2 de febrero de 2009

¡Vale la pena leerme, vean!

Isaac Asimov
Oh, doctor A... Oh, doctor A... Hay algo (no se vaya) que me gustaría oírle decir. Aunque preferiría morir que intentar curiosear, el hecho, como verá, es que en mi mente ha brotado hoy la cuestión latente. No pretendo fácil irrisión, de modo que, por favor, responda con decisión. Deseche sus temores recelosos, ¡y explique el secreto de su visión! ¿Cómo demonios engendra esas locas e increíbles ideas? ¿Es indigestión y cuestión de la pesadilla resultante? ¿De sus globos oculares el remolineo, el girar incesante, del cerrarse y abrirse de sus dedos, mientras su sangre toca enloquecidos repiques al seguir el desapasionado compás de su pulso turbio y desigual? ¿Es eso, opina, o el licor lo que acelera su furor? Porque un pequeño, ligero, martini seco puede ser su particular genio; o quizás en esos combinados de ron encuentra usted las mismas semillas para la creación y liberación de esa rara idea o ese sorprendente final; o una sobrenatural combinación de ilegal estimulación, marihuana más tequila, que le dará esa sensación de las cosas que vibran y se desprenden, mientras inicia su cerebración con la síncopa enloquecida de un cerebro que su tic-tac emprende. Doctor A., seguramente algo le vuelve visionario y bastante trastornado. Puesto que le leo con devoción, ¿no querrá darme una noción de esa poción astutamente preparada de la que emergen sus tramas, de esa mezcla secreta, espumosa, alocada, que en elemento permanente le ha convertido, en los lugares de la ciencia ficción más favorecidos...? Ahora, doctor A., no se vaya... Oh, doctor A. Oh, doctor A...

domingo, 1 de febrero de 2009

La trama Celeste

Adolfo Bioy Casares
Cuando el capitán Ireneo Morris y el doctor Carlos Alberto Servian, médico homeópata, desaparecieron, un 20 de diciembre de Buenos Aires, los diarios apenas comentaron el hecho. Se dijo que había gente engañada gente complicada y que una comisión estaba investigando; se dijo también que el escaso radio de acción del aeroplano utilizado por los fugitivos permitía afirmar que éstos no habían ido muy lejos. Yo recibí en esos días una encomienda; contenía: tres volúmenes in quarto (las obras completas del comunista Luis Augusto Blanqui); un anillo de escaso valor (una aguamarina en cuyo fondo se veía la efigie de una diosa con cabeza de caballo); unas cuantas páginas escritas a máquina - Las aventuras del capitán Morris - firmadas C. A. S. Transcribiré esas páginas. LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN MORRIS Este relato podría empezar con alguna leyenda celta que nos hablara del viaje de un héroe a un país que está del otro lado de una fuente, o de una infranqueable prisión hecha de ramas tiernas, o de un anillo que torna invisible a quien lo lleva, o de una nube mágica, o de una joven llorando en el remoto fondo de un espejo que está en la mano del caballero destinado a salvarla, o de la búsqueda, interminable y sin esperanza, de la tumba del rey Arturo: Ésta es la tumba de March y ésta la de Gwythyir; ésta es la tumba de Gwgawn Gleddyffreidd; pero la tumba de Arturo es desconocida. También podría empezar con la noticia, que oí con asombro y con indiferencia, de que el tribunal militar acusaba de traición al capitán Morris. O con la negación de la astronomía. O con una teoría de esos movimientos, llamados «pases», que se emplean para que aparezcan o desaparezcan los espíritus. Sin embargo, yo elegiré un comienzo menos estimulante; si no lo favorece la magia, lo recomienda el método. Esto no importa un repudio de lo sobrenatural, menos aún el repudio de las alusiones o invocaciones del primer párrafo. Me llamo Carlos Alberto Servian, y nací en Rauch; soy armenio. Hace ocho siglos que mi país no existe; pero deje que un armenio se arrime a su árbol genealógico: toda su descendencia odiará a los turcos. «Una vez armenio, siempre armenio». Somos como una sociedad secreta, como un clan, y dispersos por los continentes, la indefinible sangre, unos ojos y una nariz que se repiten, un modo de comprender y de gozar la tierra, ciertas habilidades, ciertas intrigas, ciertos desarreglos en que nos reconocemos, la apasionada belleza de nuestras mujeres, nos unen. Soy, además, hombre soltero y, como el Quijote, vivo (vivía) con una sobrina, una muchacha agradable, joven y laboriosa. Añadiría otro calificativo - tranquila -, pero debo confesar que en los últimos tiempos no lo mereció. Mi sobrina se entretenía en hacer las funciones de secretaria, y, como no tengo secretaria, ella misma atendía el teléfono, pasaba en limpio y arreglaba con certera lucidez las historias médicas y las sintomatologías que yo apuntaba al azar de las declaraciones de los enfermos (cuya regla común es el desorden) y organizaba mi vasto archivo. Practicaba otra diversión no menos inocente: ir conmigo al cinematógrafo los viernes a la tarde. Esa tarde era viernes. Se abrió la puerta; un joven militar entró, enérgicamente, en el consultorio. Mi secretaria estaba a mi derecha, de pie, atrás de la mesa, y me extendía, impasible, una de esas grandes hojas en que apunto los datos que me dan los enfermos. El joven militar se presentó sin vacilaciones - era el teniente Kramer - y después de mirar ostensiblemente a mi secretaria, preguntó con voz firme: - ¿Hablo? Le dije que hablara. Continuó: - El capitán Ireneo Morris quiere verlo. Está detenido en el Hospital Militar. Tal vez contaminado por la marcialidad de mi interlocutor, respondí: - A sus órdenes. - ¿Cuándo irá? - preguntó Kramer. - Hoy mismo. Siempre que me dejen entrar a estas horas... - Lo dejarán - declaró Kramer, y con movimientos ruidosos y gimnásticos hizo la venia. Se retiró en el acto. Miré a mi sobrina; estaba demudada. Sentí rabia y le pregunté qué le sucedía. Me interpeló: - ¿Sabes quién es la única persona que te interesa? Tuve la ingenuidad de mirar hacia donde me señalaba. Me vi en el espejo. Mi sobrina salió del cuarto, corriendo. Desde hacía un tiempo estaba menos tranquila. Además había tomado la costumbre de llamarme egoísta. Parte de la culpa de esto la atribuyo a mi ex libris. Lleva triplemente inscripta - en griego, en latín y en español - la sentencia «Conócete a ti mismo» (nunca sospeché hasta dónde me llevaría esta sentencia) y me reproduce contemplando, a través de una lupa, mi imagen en un espejo. Mi sobrina ha pegado miles de estos ex libris en miles de volúmenes de mi versátil biblioteca. Pero hay otra causa para esta fama de egoísmo. Yo era un metódico, y los hombres metódicos, los que sumidos en oscuras ocupaciones postergamos los caprichos de las mujeres, parecemos locos, o imbéciles, o egoístas. Atendí (confusamente) a dos clientes y me fui al Hospital Militar. Habían dado las seis cuando llegué al viejo edificio de la calle Pozos. Después de una solitaria espera y de un cándido y breve interrogatorio me condujeron a la pieza ocupada por Morris. En la puerta había un centinela con bayoneta. Adentro, muy cerca de la cama de Morris, dos hombres que no me saludaron jugaban al dominó. Con Morris nos conocemos de toda la vida; nunca fuimos amigos. He querido mucho a su padre. Era un viejo excelente, con la cabeza blanca, redonda, rapada, y los ojos azules, excesivamente duros y despiertos; tenía un ingobernable patriotismo galés, una incontenible manía de contar leyendas celtas. Durante muchos años (los más felices de mi vida) fue mi profesor. Todas las tardes estudiábamos un poco, él contaba y yo escuchaba las aventuras de los mabinogion, y en seguida reponíamos fuerzas tomando unos mates con azúcar quemada. Por los patios andaba Ireneo; cazaba pájaros y ratas, y con un cortaplumas, un hilo y una aguja, combinaba cadáveres heterogéneos; el viejo Morris decía que Ireneo iba a ser médico. Yo iba a ser inventor, porque aborrecía los experimentos de Ireneo y porque alguna vez había dibujado una bala con resortes, que permitiría los más envejecedores viajes interplanetarios, y un motor hidráulico, que, puesto en marcha, no se detendría nunca. Ireneo y yo estábamos alejados por una mutua y consciente antipatía. Ahora, cuando nos encontramos, sentimos una gran dicha, una floración de nostalgias y de cordialidades, repetimos un breve diálogo con fervientes alusiones a una amistad y a un pasado imaginarios, y en seguida no sabemos qué decirnos. El País de Gales, la tenaz corriente celta, había acabado en su padre. Ireneo es tranquilamente argentino, e ignora y desdeña por igual a todos los extranjeros. Hasta en su apariencia es típicamente argentino (algunos lo han creído sudamericano): más bien chico, delgado, fino de huesos, de pelo negro - muy peinado, reluciente -, de mirada sagaz. Al verme pareció emocionado (yo nunca lo había visto emocionado, ni siquiera en la noche de la muerte de su padre). Me dijo con voz clara; como para que oyeran los que jugaban al dominó: - Dame esa mano. En estas horas de prueba has demostrado ser el único amigo. Esto me pareció un agradecimiento excesivo para mi visita. Morris continuó: - Tenemos que hablar de muchas cosas, pero comprenderás que ante un par de circunstancias así - miró con gravedad a los dos hombres - prefiero callar. Dentro de pocos días estaré en casa; entonces será un placer recibirte. Creí que la frase era una despedida. Morris agregó que «si no tenía apuro» me quedara un rato. - No quiero olvidarme - continuó -. Gracias por los libros. Murmuré algo, confusamente. Ignoraba qué libros me agradecía. He cometido errores, no el de mandar libros a Ireneo. Habló de accidentes de aviación; negó que hubiera lugares - El Palomar, en Buenos Aires; el Valle de los Reyes, en Egipto - que irradiaran corrientes capaces de provocarlos. En sus labios, «el Valle de los Reyes» me pareció increíble. Le pregunté cómo lo conocía. - Son las teorías del cura Moreau - repuso Morris -. Otros dicen que nos falta disciplina. Es contraria a la idiosincrasia de nuestro pueblo, si me seguís. La aspiración del aviador criollo es aeroplanos como la gente. Si no, acordate de las proezas de Mira, con el Golondrina, una lata de conservas atada con alambres... Le pregunté por su estado y por el tratamiento a que lo sometían. Entonces fui yo quien habló en voz bien alta, para que oyeran los que jugaban al dominó. - No admitas inyecciones. Nada de inyecciones. No te envenenes la sangre. Toma un Depuratum 6 y después un Árnica 10000. Sos un caso típico de Árnica. No lo olvides: dosis infinitesimales. Me retiré con la impresión de haber logrado un pequeño triunfo. Pasaron tres semanas. En casa hubo pocas novedades. Ahora, retrospectivamente, quizá descubra que mi sobrina estuvo más atenta que nunca, y menos cordial. Según nuestra costumbre los dos viernes siguientes fuimos al cinematógrafo; pero el tercer viernes, cuando entré en su cuarto, no estaba. Había salido, ¡había olvidado que esa tarde iríamos al cinematógrafo! Después llegó un mensaje de Morris. Me decía que ya estaba en su casa y que fuera a verlo cualquier tarde. Me recibió en el escritorio. Lo digo sin reticencias: Morris había mejorado. Hay naturalezas que tienden tan invenciblemente al equilibrio de la salud, que los peores venenos inventados por la alopatía no las abruman. Al entrar en esa pieza tuve la impresión de retroceder en el tiempo; casi diría que me sorprendió no encontrar al viejo Morris (muerto hace diez años), aseado y benigno, administrando con reposo los impedimenta del mate. Nada había cambiado. En la biblioteca encontré los mismos libros, los mismos bustos de Lloyd George y de William Morris, que habían contemplado mi agradable y ociosa juventud, ahora me contemplaban; y en la pared colgaba el horrible cuadro que sobrecogió mis primeros insomnios: la muerte de Griffith ap Rhys, conocido como El fulgor y el poder y la dulzura de los varones del Sur. Traté de llevarlo inmediatamente a la conversación que le interesaba. Dijo que sólo tenía que agregar unos detalles a lo que me había expuesto en su carta. Yo no sabía qué responder; yo no había recibido ninguna carta de Ireneo. Con súbita decisión le pedí que si no le fatigaba me contara todo desde el principio. Entonces Ireneo Morris me relató su misteriosa historia. Hasta el 23 de junio pasado había sido probador de los aeroplanos del ejército. Primero cumplió esas funciones en la fábrica militar de Córdoba, últimamente había conseguido que lo trasladaran a la base del Palomar. Me dio su palabra de que él, como probador, era una persona importante. Había hecho más vuelos de ensayo que cualquier aviador americano (sur y centro). Su resistencia era extraordinaria. Tanto había repetido esos vuelos de prueba, que, automáticamente, inevitablemente, llegó a ejecutar uno solo. Sacó del bolsillo una libreta y en una hoja en blanco trazó una serie de líneas en zigzag; escrupulosamente anotó números (distancias, alturas, graduación de ángulos); después arrancó la hoja y me la obsequió. Me apresuré a agradecerle. Declaró que yo poseía «el esquema clásico de sus pruebas». Alrededor del 15 de junio le comunicaron que en esos días probaría un nuevo Breguet - el 309 - monoplaza, de combate. Se trataba de un aparato construido según una patente francesa de hacía dos o tres años y el ensayo se cumpliría con bastante secreto. Morris se fue a su casa, tomó una libreta de apuntes - «como lo había hecho hoy» -, dibujó el esquema - «el mismo que yo tenía en el bolsillo» -. Después se entretuvo en complicarlo; después - «en ese mismo escritorio donde nosotros departíamos amigablemente» - imaginó esos agregados, los grabó en la memoria. El 23 de junio, alba de una hermosa y terrible aventura, fue un día gris, lluvioso. Cuando Morris llegó al aeródromo, el aparato estaba en el hangar. Tuvo que esperar que lo sacaran. Caminó, para no enfermarse de frío, consiguió que se le empaparan los pies. Finalmente, apareció el Breguet. Era un monoplano de alas bajas, «nada del otro mundo, te aseguro». Lo inspeccionó someramente. Morris me miró en los ojos y en voz baja me comunicó: el asiento era estrecho, notablemente incómodo. Recordó que el indicador de combustible marcaba «lleno» y que en las alas el Breguet no tenía ninguna insignia. Dijo que saludó con la mano y que en seguida el ademán le pareció falso. Corrió unos quinientos metros y despegó. Empezó a cumplir lo que él llamaba su «nuevo esquema de prueba». Era el probador más resistente de la República. Pura resistencia física, me aseguró. Estaba dispuesto a contarme la verdad. Aunque yo no podía creerlo, de pronto se le nubló la vista. Aquí Morris habló mucho; llegó a exaltarse; por mi parte, olvidé el «compadrito» peinado que tenía enfrente; seguí el relato: poco después de emprender los ejercicios nuevos sintió que la vista se le nublaba, se oyó decir «qué vergüenza, voy a perder el conocimiento», embistió una vasta mole oscura (quizá una nube), tuvo una visión efímera y feliz, como la visión de un radiante paraíso... Apenas consiguió enderezar el aeroplano cuando estaba por tocar el campo de aterrizaje. Volvió en sí. Estaba dolorosamente acostado en una cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Zumbó un moscardón, durante algunos segundos creyó que dormía la siesta, en el campo. Después supo que estaba herido; que estaba detenido; que estaba en el Hospital Militar. Nada de esto le sorprendió, pero todavía tardó un rato en recordar el accidente. Al recordarlo tuvo la verdadera sorpresa no comprendía cómo había perdido el conocimiento. Sin embargo, no lo perdió una sola vez... De esto hablaré mas adelante. La persona que lo acompañaba era una mujer. La miró. Era una enfermera. Dogmático y discriminativo, habló de mujeres en general. Fue desagradable. Dijo que había un tipo de mujer, y hasta una mujer determinada y única, para el animal que hay en el centro de cada hombre, y agregó algo en el sentido de que era un infortunio encontrarla, porque el hombre siente lo decisiva que es para su destino y la trata con temor y con torpeza, preparándose un futuro de ansiedad y de monótona frustración. Afirmó que, para el hombre «como es debido», entre las demás mujeres no habrá diferencias notables, ni peligros. Le pregunté si la enfermera correspondía a su tipo. Me respondió que no, y aclaró: «Es una mujer plácida y maternal, pero bastante linda.» Continuó su relato. Entraron unos oficiales (precisó las jerarquías). Un soldado trajo una mesa y una silla; se fue, y volvió con una máquina de escribir. Se sentó frente a la máquina, y escribió en silencio. Cuando el soldado se detuvo, un oficial interrogó a Morris: - ¿Su nombre? No le sorprendió esta pregunta. Pensó: «mero formulismo». Dijo su nombre, y tuvo el primer signo del horrible complot que inexplicablemente lo envolvía. Todos los oficiales rieron. Él nunca había imaginado que su nombre fuera ridículo. Se enfureció. Otro de los oficiales dijo: - Podía inventar algo menos increíble. - Ordenó al soldado de la máquina: - Escriba, no más. - ¿Nacionalidad? - Argentino - afirmó sin vacilaciones. - ¿Pertenece al ejército? Tuvo una ironía: - Yo soy el del accidente, y ustedes parecen los golpeados. Si rieron un poco (entre ellos, como si Morris estuviera ausente). Continuó: - Pertenezco al ejército, con grado de capitán, regimiento 7, escuadrilla novena. - ¿Con base en Montevideo? - preguntó sarcásticamente uno de los oficiales. - En Palomar - respondió Morris. Dio su domicilio: Bolívar 971. Los oficiales se retiraron. Volvieron al día siguiente, ésos y otros. Cuando comprendió que dudaban de su nacionalidad, o que simulaban dudar, quiso levantarse de la cama, pelearlos. La herida y la tierna presión de la enfermera lo contuvieron. Los oficiales volvieron a la tarde del otro día, a la mañana del siguiente. Hacía un calor tremendo; le dolía todo el cuerpo; me confesó que hubiera declarado cualquier cosa para que lo dejaran en paz. ¿Qué se proponían? ¿Por qué ignoraban quién era? ¿Por qué lo insultaban, por qué simulaban que no era argentino? Estaba perplejo y enfurecido. Una noche la enfermera lo tomó de la mano y le dijo que no se defendía juiciosamente. Respondió que no tenía de qué defenderse. Pasó la noche despierto, entre accesos de cólera, momentos en que estaba decidido a encarar con tranquilidad la situación, y violentas reacciones en que se negaba a «entrar en ese juego absurdo». A la mañana quiso pedir disculpas a la enfermera por el modo con que la había tratado; comprendía que la intención de ella era benévola, «y no es fea, me entendés»; pero como no sabía pedir disculpas, le preguntó irritadamente qué le aconsejaba. La enfermera le aconsejó que llamara a declarar a alguna persona de responsabilidad. Cuando vinieron los oficiales dijo que era amigo del teniente Kramer y del teniente Viera, del capitán Faverio, de los tenientes coroneles Margaride y Navarro. A eso de las cinco apareció con los oficiales el teniente Kramer, su amigo de toda la vida. Morris dijo con vergüenza que «después de una conmoción, el hombre no es el mismo» y que al ver a Kramer sintió lágrimas en los ojos. Reconoció que se incorporó en la cama y abrió los brazos cuando lo vio entrar. Le gritó: - Vení, hermano. Kramer se detuvo y lo miró impávidamente. Un oficial le preguntó: - Teniente Kramer, ¿conoce usted al sujeto? La voz era insidiosa. Morris dice que esperó - esperó que el teniente Kramer, con una súbita exclamación cordial, revelara su actitud como parte de una broma -... Kramer contestó con demasiado calor, como si temiera no ser creído: - Nunca lo he visto. Mi palabra que nunca lo he visto. Le creyeron inmediatamente, y la tensión que durante unos segundos hubo entre ellos desapareció. Se alejaron: Morris oyó las risas de los oficiales, y la risa franca de Kramer, y la voz de un oficial que repetía «A mí no me sorprende, créame que no me sorprende. Tiene un descaro.» Con Viera y con Margaride la escena volvió a repetirse, en lo esencial. Hubo mayor violencia. Un libro - uno de los libros que yo le habría enviado - estaba debajo de las sábanas, al alcance de su mano y alcanzó el rostro de Viera cuando éste simuló que no se conocían. Morris dio una descripción circunstanciada que no creo íntegramente. Aclaro: no dudo de su coraje, sí de su velocidad epigramática. Los oficiales opinaron que no era indispensable llamar a Faverio, que estaba en Mendoza. Imaginó entonces tener una inspiración; pensó que si las amenazas convertían en traidores a los jóvenes, fracasarían ante el general Huet, antiguo amigo de su casa, que siempre había sido con él como un padre, o, más bien, como un rectísimo padrastro. Le contestaron secamente que no había, que nunca hubo, un general de nombre tan ridículo en el ejército argentino. Morris no tenía miedo; tal vez si hubiera conocido el miedo se hubiera defendido mejor. Afortunadamente, le interesaban las mujeres, «y usted sabe cómo les gusta agrandar los peligros y lo cavilosas que son». La otra vez la enfermera le había tomado la mano para convencerlo del peligro que lo amenazaba; ahora Morris la miró en los ojos y le preguntó el significado de la confabulación que había contra él. La enfermera repitió lo que había oído: su afirmación de que el 23 había probado el Breguet en El Palomar era falsa; en El Palomar nadie había probado aeroplanos esa tarde. El Breguet era de un tipo recientemente adoptado por el ejército argentino, pero su numeración no correspondía a la de ningún aeroplano del ejército argentino. «¿Me creen espía?», preguntó con incredulidad. Sintió que volvía a enfurecerse. Tímidamente, la enfermera respondió: «Creen que ha venido de algún país hermano.» Morris le juró como argentino que era argentino, que no era espía; ella pareció emocionada, y continuó en el mismo tono de voz: «El uniforme es igual al nuestro; pero han descubierto que las costuras son diferentes.» Agregó: «Un detalle imperdonable», y Morris comprendió que ella tampoco le creía. Sintió que se ahogaba de rabia, y, para disimular, la besó en la boca y la abrazó. A los pocos días la enfermera le comunicó: «Se ha comprobado que diste un domicilio falso.» Morris protestó inútilmente; la mujer estaba documentada: el ocupante de la casa era el señor Carlos Grimaldi. Morris tuvo la sensación del recuerdo, de la amnesia. Le pareció que ese nombre estaba vinculado a alguna experiencia pasada; no pudo precisarla. La enfermera le aseguró que su caso había determinado la formación de dos grupos antagónicos: el de los que sostenían que era extranjero y el de los que sostenían que era argentino. Más claramente: unos querían desterrarlo; otros fusilarlo. - Con tu insistencia de que sos argentino - dijo la mujer - ayudás a los que reclaman tu muerte. Morris le confesó que por primera vez había sentido en su patria «el desamparo que sienten los que visitan otros países». Pero seguía no temiendo nada. La mujer lloró tanto que él, por fin, le prometió acceder a lo que pidiera. «Aunque te parezca ridículo, me gustaba verla contenta.» La mujer le pidió que «reconociera» que no era argentino. «Fue un golpe terrible, como si me dieran una ducha. Le prometí complacerla, sin ninguna intención de cumplir la promesa.» Opuso dificultades: - Digo que soy de tal país. Al día siguiente contestan de ese país que mi declaración es falsa. - No importa - afirmó la enfermera -. Ningún país va a reconocer que manda espías. Pero con esa declaración y algunas influencias que yo mueva, tal vez triunfen los partidarios del destierro, si no es demasiado tarde. Al otro día un oficial fue a tomarle declaración. Estaban solos; el hombre le dijo: - Es un asunto resuelto. Dentro de una semana firman la sentencia de muerte. Morris me explicó: - No me quedaba nada que perder... «Para ver lo que sucedía», le dijo al oficial: - Confieso que soy uruguayo. A la tarde confesó la enfermera: le dijo a Morris que todo había sido una estratagema; que había temido que no cumpliera su promesa; el oficial era amigo y llevaba instrucciones para sacarle la declaración. Morris comentó brevemente: - Si era otra mujer, la azoto. Su declaración no había llegado a tiempo; la situación empeoraba. Según la enfermera, la única esperanza estaba en un señor que ella conocía y cuya identidad no podía revelar. Este señor quería verlo antes de interceder en su favor. - Me dijo francamente - aseguró Morris -: trató de evitar la entrevista. Temía que yo causara mala impresión. Pero el señor quería verme y era la última esperanza que nos quedaba. Me recomendó no ser intransigente. - El señor no vendrá al hospital - dijo la enfermera. - Entonces no hay nada que hacer - respondió Morris, con alivio. La enfermera siguió: - La primera noche que tengamos centinelas de confianza, vas a verlo. Ya estás bien, irás solo. Se sacó un anillo del dedo anular y se lo entregó. - Lo calcé en el dedo meñique. Es una piedra, un vidrio o un brillante, con la cabeza de un caballo en el fondo. Debía llevarlo con la piedra hacia el interior de la mano, y los centinelas me dejarían entrar y salir como si no me vieran. La enfermera le dio instrucciones. Saldría a las doce y media y debía volver antes de las tres y cuarto de la madrugada. La enfermera le escribió en un papelito la dirección del señor. - ¿Tenés el papel? - le pregunté. - Sí, creo que sí - respondió, y lo buscó en su billetera. Me lo entregó displicentemente. Era un papelito azul; la dirección - Márquez 6890 - estaba escrita con letra femenina y firme («del Sacré-Coeur», declaró Morris, con inesperada erudición). - ¿Cómo se llama la enfermera? - inquirí por simple curiosidad. Morris pareció incomodo. Finalmente, dijo: - La llamaban Idibal. Ignoro si es nombre o apellido. Continuó su relato: Llegó la noche fijada para la salida. Idibal no apareció. Él no sabía qué hacer. A las doce y media resolvió salir. Le pareció inútil mostrar el anillo al centinela que estaba en la puerta de su cuarto. El hombre levantó la bayoneta. Morris mostró el anillo; salió libremente. Se recostó contra una puerta: a lo lejos, en el fondo del corredor, había visto a un cabo. Después, siguiendo indicaciones de Idibal, bajó por una escalera de servicio y llegó a la puerta de calle. Mostró el anillo y salió. Tomó un taxímetro; dio la dirección apuntada en el papel. Anduvieron más de media hora; rodearon por Juan B. Justo y Gaona los talleres del F.C.O. y tomaron una calle arbolada, hacia el limite de la ciudad; después de cinco o seis cuadras se detuvieron ante una iglesia que emergía, copiosa de columnas y de cúpulas, entre las casas bajas del barrio, blanca en la noche. Creyó que había un error; miró el número en el papel: era el de la iglesia. - ¿Debías esperar afuera o adentro? - interrogué. El detalle no le incumbía; entró. No vio a nadie. Le pregunté cómo era la iglesia. Igual a todas, contestó. Después supe que estuvo un rato junto a una fuente con peces, en la que caían tres chorros de agua. Apareció «un cura de esos que se visten de hombres, como los del Ejército de Salvación» y le preguntó si buscaba a alguien. Dijo que no. El cura se fue; al rato volvió a pasar. Estas venidas se repitieron tres o cuatro veces. Aseguró Morris que era admirable la curiosidad del sujeto, y que él ya iba a interpelarlo; pero que el otro le preguntó si tenía «el anillo del convivio». - ¿El anillo del qué?... - preguntó Morris. Y continuó explicándome: - Imaginate ¿cómo se me iba a ocurrir que hablaba del anillo que me dio Idibal? El hombre le miró curiosamente las manos, y le ordenó: - Muéstreme ese anillo. Morris tuvo un movimiento de repulsión; después mostró el anillo. El hombre lo llevó a la sacristía y le pidió que le explicara el asunto. Oyó el relato con aquiescencia; Morris aclara: «Como una explicación más o menos hábil, pero falsa; seguro de que no pretendería engañarlo, de que él oiría, finalmente, la explicación verdadera, mi confesión.» Cuando se convenció de que Morris no hablaría más, se irritó y quiso terminar la entrevista. Dijo que trataría de hacer algo por él. Al salir, Morris buscó Rivadavia. Se encontró frente a dos torres que parecían la entrada de un castillo o de una ciudad antigua; realmente eran la entrada de un hueco, interminable en la oscuridad. Tuvo la impresión de estar en un Buenos Aires sobrenatural y siniestro. Caminó unas cuadras; se cansó; llegó a Rivadavia, tomó un taxímetro y le dio la dirección de su casa: Bolívar 971. Se bajó en Independencia y Bolívar; caminó hasta la puerta de la casa. No eran todavía las dos de la mañana. Le quedaba tiempo. Quiso poner la llave en la cerradura; no pudo. Apretó el timbre. No le abrían; pasaron diez minutos. Se indignó de que la sirvientita aprovechara su ausencia - su desgracia - para dormir afuera. Apretó el timbre con toda su fuerza. Oyó ruidos que parecían venir de muy lejos; después, una serie de golpes - uno seco, otro fugaz - rítmicos, crecientes. Apareció, enorme en la sombra, una figura humana. Morris se bajó el ala del sombrero y retrocedió hasta la parte menos iluminada del zaguán. Reconoció inmediatamente a ese hombre soñoliento y furioso y tuvo la impresión de ser él quien estaba soñando. Se dijo: «Si, el rengo Grimaldi, Carlos Grimaldi.» Ahora recordaba el nombre. Ahora, increíblemente, estaba frente al inquilino que ocupaba la casa cuando su padre la compró, hacía más de quince años. Grimaldi irrumpió: - ¿Qué quiere? Morris recordó el astuto empecinamiento del hombre en quedarse en la casa y las infructuosas indignaciones de su padre, que decía «lo voy a sacar con el carrito de la Municipalidad», y le mandaba regalos para que se fuera. - ¿Está la señorita Carmen Soares? - preguntó Morris, «ganando tiempo». Grimaldi blasfemó, dio un portazo, apagó la luz. En la oscuridad, Morris oyó alejarse los pasos alternados; después, en una conmoción de vidrios y de hierros, pasó un tranvía; después se restableció el silencio. Morris pensó triunfalmente: «No me ha reconocido.» En seguida sintió vergüenza, sorpresa, indignación. Resolvió romper la puerta a puntapiés y sacar al intruso. Como si estuviera borracho, dijo en voz alta: «Voy a levantar una denuncia en la seccional.» Se preguntó qué significaba esa ofensiva múltiple y envolvente que sus compañeros habían lanzado contra él. Decidió consultarme. Si me encontraba en casa, tendría tiempo de explicarme los hechos. Subió a un taxímetro, y ordenó al chofer que lo llevara al pasaje Owen. El hombre lo ignoraba. Morris le preguntó de mal modo para qué daban exámenes. Abominó de todo: de la policía, que deja que nuestras casas se llenen de intrusos; de los extranjeros, que nos cambian el país y nunca aprenden a manejar. El chofer le propuso que tomara otro taxímetro. Morris le ordenó que tomara Vélez Sársfield hasta cruzar las vías. Se detuvieron en las barreras; interminables trenes grises hacían maniobras. Morris ordenó que rodeara por Toll la estación Sola. Bajó en Australia y Luzuriaga. El chofer le dijo que le pagara; que no podía esperarlo; que no existía tal pasaje. No le contestó caminó con seguridad por Luzuriaga hacia el sur. El chofer lo siguió con el automóvil, insultándolo estrepitosamente. Morris pensó que si aparecía un vigilante, el chofer y él dormirían en la comisaría. - Además - le dije - descubrirían que te habías fugado del hospital. La enfermera y los que te ayudaron tal vez se verían en un compromiso. - Eso me tenía sin inquietud - respondió Morris, y continuó el relato: Caminó una cuadra y no encontró el pasaje. Caminó otra cuadra, y otra. El chofer seguía protestando; la voz era más baja, el tono más sarcástico. Morris volvió sobre sus pasos; dobló por Alvarado; ahí estaba el parque Pereyra, la calle Rochadale. Tomó Rochadale; a mitad de cuadra, a la derecha, debían interrumpirse las casas, y dejar lugar al pasaje Owen. Morris sintió como la antelación de un vértigo. Las casas no se interrumpieron; se encontró en Australia. Vio en lo alto, con un fondo de nubes nocturnas, el tanque de la International, en Luzuriaga; enfrente debía estar el pasaje Owen; no estaba. Miró la hora; le quedaban apenas veinte minutos. Caminó rápidamente. Muy pronto se detuvo. Estaba, con los pies hundidos en un espeso fango resbaladizo, ante una lúgubre serie de casas iguales, perdido. Quiso volver al parque Pereyra, no lo encontró. Temía que el chofer descubriera que se había perdido. Vio a un hombre, le preguntó dónde estaba el pasaje Owen. El hombre no era del barrio. Morris siguió caminando, exasperado. Apareció otro hombre. Morris caminó hacia él; rápidamente, el chofer se bajó del automóvil y también corrió. Morris y el chofer le preguntaron a gritos si sabía dónde estaba el pasaje Owen. El hombre parecía asustado, como si creyera que lo asaltaban. Respondió que nunca oyó nombrar ese pasaje; iba a decir algo más, pero Morris lo miró amenazadoramente. Eran las tres y cuarto de la madrugada. Morris le dijo al chofer que lo llevara a Caseros y Entre Ríos. En el hospital había otro centinela. Pasó dos o tres veces frente a la puerta, sin atreverse a entrar. Se resolvió a probar la suerte; mostró el anillo. El centinela no lo detuvo. La enfermera apareció al final de la tarde siguiente. Le dijo: - La impresión que le causaste al señor de la iglesia no es favorable. Tuvo que aprobar tu disimulo: su eterna prédica a los miembros del convivio. Pero tu falta de confianza en su persona lo ofendió. Dudaba de que el señor se interesara verdaderamente en favor de Morris. La situación había empeorado. Las esperanzas de hacerlo pasar por extranjero habían desaparecido, su vida estaba en inmediato peligro. Escribió una minuciosa relación de los hechos y me la envió. Después quiso justificarse: dijo que la preocupación de la mujer lo molestaba. Tal vez él mismo empezaba a preocuparse. Idibal visitó de nuevo al señor; consiguió, como un favor hacia ella - «no hacia el desagradable espía» - la promesa de que «las mejores influencias intervendrían activamente en el asunto». El plan era que obligaran a Morris a intentar una reproducción realista del hecho; vale decir: que le dieran un aeroplano y le permitieran reproducir la prueba que, según él, había cumplido el día del accidente. Las mejores influencias prevalecieron, pero el avión de la prueba sería de dos plazas. Esto significaba una dificultad para la segunda parte del plan: la fuga de Morris al Uruguay. Morris dijo que él sabría disponer del acompañante. Las influencias insistieron en que el aeroplano fuera un monoplano idéntico al del accidente. Idibal, después de una semana en que lo abrumó con esperanzas y ansiedades, llegó radiante y declaró que todo se había conseguido. La fecha de la prueba se había fijado para el viernes próximo (faltaban cinco días). Volaría solo. La mujer lo miró ansiosamente y le dijo: - Te espero en la Colonia. En cuanto «despegues», enfilás al Uruguay. ¿Lo prometés? Lo prometió. Se dio vuelta en la cama y simuló dormir. Comentó: «Me parecía que me llevaba de la mano al casamiento y eso me daba rabia.» Ignoraba que se despedían. Como estaba restablecido, a la mañana siguiente lo llevaron al cuartel. - Esos días fueron bravos - comentó -. Los pasé en una pieza de dos por dos, mateando y truqueando de lo lindo con los centinelas. - Si vos no jugás al truco - le dije. Fue una brusca inspiración. Naturalmente, yo no sabía si jugaba o no. - Bueno: poné cualquier juego de naipes - respondió sin inquietarse. Yo estaba asombrado. Había creído que la casualidad, o las circunstancias, habían hecho de Morris un arquetipo; jamás creí que fuera un artista del color local. Continuó: - Me creerás un infeliz, pero yo me pasaba las horas pensando en la mujer. Estaba tan loco que llegué a creer que la había olvidado... Lo interpreté: - ¿Tratabas de imaginar su cara y no podías? - ¿Cómo adivinaste? - no aguardó mi contestación. Continuó el relato: Una mañana lluviosa lo sacaron en un pretérito doble-faetón. En El Palomar lo esperaba una solemne comitiva de militares y de funcionarios. «Parecía un duelo - dijo Morris -, un duelo o una ejecución.» Dos o tres mecánicos abrieron el hangar y empujaron hacia afuera un Dewotine de caza, «un serio competidor del doble-faetón, creeme». Lo puso en marcha; vio que no había nafta para diez minutos de vuelo; llegar al Uruguay era imposible. Tuvo un momento de tristeza; melancólicamente se dijo que tal vez fuera mejor morir que vivir como un esclavo. Había fracasado la estratagema; salir a volar era inútil; tuvo ganas de llamar a esa gente y decirles: «Señores, esto se acabó.» Por apatía dejó que los acontecimientos siguieran su curso. Decidió ejecutar otra vez su nuevo esquema de prueba. Corrió unos quinientos metros y despegó. Cumplió regularmente la primera parte del ejercicio, pero al emprender las operaciones nuevas volvió a sentirse mareado, a perder el conocimiento, a oírse una avergonzada queja por estar perdiendo el conocimiento. Sobre el campo de aterrizaje, logró enderezar el aeroplano. Cuando volvió en sí estaba dolorosamente acostado en una cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Comprendió que estaba herido, que estaba detenido, que estaba en el Hospital Militar. Se preguntó si todo no era una alucinación. Completé su pensamiento: - Una alucinación que tenías en el instante de despertar. Supo que la caída ocurrió el 31 de agosto. Perdió la noción del tiempo. Pasaron tres o cuatro días. Se alegró de que Idibal estuviera en la Colonia; este nuevo accidente lo avergonzaba; además, la mujer le reprocharía no haber planeado hasta el Uruguay. Reflexionó: «Cuando se entere del accidente, volverá. Habrá que esperar dos o tres días.» Lo atendía una nueva enfermera. Pasaban las tardes tomados de la mano. Idibal no volvía. Morris empezó a inquietarse. Una noche tuvo gran ansiedad. Me creerás loco - me dijo -. Estaba con ganas de verla. Pensé que había vuelto, que sabía la historia de la otra enfermera y que por eso no quería verme. Le pidió a un practicante que llamara a Idibal. El hombre no volvía. Mucho después (pero esa misma noche; a Morris le parecía increíble que una noche durara tanto) volvió; el jefe le había dicho que en el hospital no trabajaba ninguna persona de ese nombre. Morris le ordenó que averiguara cuándo había dejado el empleo. El practicante volvió a la madrugada y le dijo que el jefe de personal ya se había retirado. Soñaba con Idibal. De día la imaginaba. Empezó a soñar que no podía encontrarla. Finalmente, no podía imaginarla, ni soñar con ella. Le dijeron que ninguna persona llamada Idibal «trabajaba ni había trabajado en el establecimiento». La nueva enfermera le aconsejó que leyera. Le trajeron los diarios. Ni la sección «Al margen de los deportes y el turf» le interesaba. «Me dio la loca y pedí los libros que me mandaste.» Le respondieron que nadie le había mandado libros. (Estuve a punto de cometer una imprudencia; de reconocer que yo no le había mandado nada.) Pensó que se había descubierto el plan de la fuga y la participación de Idibal; por eso Idibal no aparecía. Se miró las manos: el anillo no estaba. Lo pidió. Le dijeron que era tarde, que la intendenta se había retirado. Pasó una noche atroz y vastísima, pensando que nunca le traerían el anillo... - Pensando - agregué - que si no te devolvían el anillo no quedaría ningún rastro de Idibal. - No pensé en eso - afirmó honestamente -. Pero pasé la noche como un desequilibrado. Al otro día me trajeron el anillo. - ¿Lo tenés? - le pregunté con una incredulidad que me asombró a mí mismo. - Sí - respondió -. En lugar seguro. Abrió un cajón lateral del escritorio y sacó un anillo. La piedra del anillo tenía una vívida transparencia; no brillaba mucho. En el fondo había un altorrelieve en colores: un busto humano, femenino, con cabeza de caballo; sospeché que se trataba de la efigie de alguna divinidad antigua. Aunque no soy un experto en la materia, me atrevo a afirmar que ese anillo era una pieza de valor. Una mañana entraron en su cuarto unos oficiales con un soldado que traía una mesa. El soldado dejó la mesa y se fue. Volvió con una máquina de escribir; la colocó sobre la mesa, acercó una silla y se sentó frente a la máquina. Empezó a escribir. Un oficial dictó: «Nombre: Ireneo Morris; nacionalidad: argentina; regimiento: tercero; escuadrilla: novena; base: El Palomar.» Le pareció natural que pasaran por alto esas formalidades, que no le preguntaran el nombre; ésta era una segunda declaración; «sin embargo - me dijo - se notaba algún progreso»; ahora aceptaban que fuera argentino, que perteneciera a su regimiento, a su escuadrilla, al Palomar. La cordura duró poco. Le preguntaron cuál fue su paradero desde el 23 de junio (fecha de la primera prueba); dónde había dejado el Breguet 304 («El número no era 304 - aclaró Morris -. Era 309»; este error inútil lo asombró); de dónde sacó ese viejo Dewotine... Cuando dijo que el Breguet estaría por ahí cerca, ya que la caída del 23 ocurrió en El Palomar, y que sabrían de dónde salía el Dewotine, ya que ellos mismos se lo habían dado para reproducir la prueba del 23, simularon no creerle. Pero ya no simulaban que era un desconocido, ni que era un espía. Lo acusaban de haber estado en otro país desde el 23 de junio; lo acusaban - comprendió con renovado furor - de haber vendido a otro país un arma secreta. La indescifrable conjuración continuaba, pero los acusadores habían cambiado el plan de ataque. Gesticulante y cordial, apareció el teniente Viera. Morris lo insultó. Viera simuló una gran sorpresa; finalmente, declaró que tendrían que batirse. - Pensé que la situación había mejorado - dijo -. Los traidores volvían a poner cara de amigos. Lo visitó el general Huet. El mismo Kramer lo visitó. Morris estaba distraído y no tuvo tiempo de reaccionar. Kramer le gritó: «No creo una palabra de las acusaciones, hermano.» Se abrazaron, efusivos. Algún día - pensó Morris - aclararía el asunto. Le pidió a Kramer que me viera. Me atreví a preguntar - Decime una cosa, Morris, ¿te acordás qué libros te mandé? - El título no lo recuerdo - sentenció gravemente -. En tu nota está consignado. Yo no le había escrito ninguna nota. Lo ayudé a caminar hasta el dormitorio. Sacó del cajón de la mesa de luz una hoja de papel de carta (de un papel de carta que no reconocí). Me la entregó: La letra parecía una mala imitación de la mía; mis T y E mayúsculas remedan las de imprenta; éstas eran «inglesas». Leí: Acuso recibo de su atenta del 16, que me ha llegado con algún retraso, debido, sin duda, a un sugerente error en la dirección. Yo no vivo en el pasaje «Owen» sino en la calle Miranda, en el barrio Nazca. Le aseguro que he leído su relación con mucho interés. Por ahora no puedo visitarlo; estoy enfermo; pero me cuidan solícitas manos femeninas y dentro de poco me repondré; entonces tendré el gusto de verlo. Le envío, como símbolo de comprensión, estos libros de Blanqui, y le recomiendo leer, en el tomo tercero, el poema que empieza en la página 281. Me despedí de Morris. Le prometí volver la semana siguiente. El asunto me interesaba y me dejaba perplejo. No dudaba de la buena fe de Morris; pero yo no le había escrito esa carta; yo nunca le había mandado libros; yo no conocía las obras de Blanqui. Sobre «mi carta» debo hacer algunas observaciones: 1) su autor no tutea a Morris felizmente, Morris es poco diestro en asuntos de letras: no advirtió el «cambio» de tratamiento y no se ofendió conmigo: yo siempre lo he tuteado; 2) juro que soy inocente de la frase «Acuso recibo de su atenta»; 3) en cuanto a escribir Owen entre comillas, me asombra y lo propongo a la atención del lector. Mi ignorancia de las obras de Blanqui se debe, quizá, al plan de lectura. Desde muy joven he comprendido que para no dejarse arrasar por la inconsiderada producción de libros y para conseguir, siquiera en apariencia, una cultura enciclopédica, era imprescindible un plan de lecturas. Este plan jalona mi vida: una época estuvo ocupada por la filosofía, otra por la literatura francesa otra por las ciencias naturales, otra por la antigua literatura celta y en especial la del país de Kimris (debido a la influencia del padre de Morris). La medicina se ha intercalado en este plan, sin interrumpirlo nunca. Pocos días antes de la visita del teniente Kramer a mi consultorio, yo había concluido con las ciencias ocultas. Había explorado las obras de Papus, de Richet de Lhomond, de Stanislas de Guaita, de Labougle, del obispo de la Rocheia, de Lodge, de Hogden, de Alberto el Grande. Me interesaban especialmente los conjuros, las apariciones y las desapariciones; con relación a estas últimas recordaré siempre el caso de Sir Daniel Sludge Home, quien, a instancias de la Society for Psychical Research, de Londres, y ante una concurrencia compuesta exclusivamente de baronets, intentó unos pases que se emplean para provocar la desaparición de fantasmas y murió en el acto. En cuanto a esos nuevos Elías, que habrían desaparecido sin dejar rastros ni cadáveres, me permito dudar. El «misterio» de la carta me incitó a leer las obras de Blanqui (autor que yo ignoraba). Lo encontré en la enciclopedia, y comprobé que había escrito sobre temas políticos. Esto me complació: inmediatas a las ciencias ocultas se hallan la política y la sociología. Mi plan observa tales transiciones para evitar que el espíritu se adormezca en largas tendencias. Una madrugada, en la calle Corrientes, en una librería apenas atendida por un viejo borroso, encontré un polvoriento atado de libros encuadernados en cuero pardo, con títulos y filetes dorados: las obras completas de Blanqui. Lo compré por quince pesos. En la página 281 de mi edición no hay ninguna poesía. Aunque no he leído íntegramente la obra, creo que el escrito aludido es «L'Éternité par les Astres» un poema en prosa; en mi edición comienza en la página 307, del segundo tomo. En ese poema o ensayo encontré la explicación de la aventura de Morris. Fui a Nazca; hablé con los comerciantes del barrio; en las dos cuadras que agotan la calle Miranda no vive ninguna persona de mi nombre. Fui a Márquez; no hay número 6890; no hay iglesias; había - esa tarde - una poética luz, con el pasto de los potreros muy verde, muy claro y con los árboles lilas y transparentes. Además la calle no esta cerca de los talleres del F.C.O. Está cerca del puente de la Noria. Fui a los talleres del F.C.O. Tuve dificultades para rodearlos por Juan B. Justo y Gaona. Pregunté cómo salir del otro lado de los talleres. «Siga por Rivadavia - me dijeron - hasta Cuzco. Después cruce las vías.» Como era previsible, allí no existe ninguna calle Márquez; la calle que Morris denomina Márquez debe ser Bynnon. Es verdad que ni en el número 6890 - ni en el resto de la calle - hay iglesias. Muy cerca, por Cuzco, está San Cayetano; el hecho no tiene importancia: San Cayetano no es la iglesia del relato. La inexistencia de iglesias en la misma calle Bynnon, no invalida mi hipótesis de que esa calle es la mencionada por Morris... Pero esto se verá después. Hallé también las torres que mi amigo creyó ver en un lugar despejado y solitario: son el pórtico del Club Atlético Vélez Sársfield, en Fragueiro y Barragán. No tuve que visitar especialmente el pasaje Owen vivo en él. Cuando Morris se encontró perdido, sospecho que estaba frente a las casas lúgubremente iguales del barrio obrero Monseñor Espinosa, con los pies enterrados en el barro blanco de la calle Perdriel. Volví a visitar a Morris. Le pregunté si no recordaba haber pasado por una calle Hamílcar, o Haníbal, en su memorable recorrida nocturna. Afirmó que no conocía calles de esos nombres. Le pregunté si en la iglesia que él visitó había algún símbolo junto a la cruz. Se quedó en silencio, mirándome. Creía que yo no le hablaba en serio. Finalmente, me preguntó: - ¿Cómo querés que uno se fije en esas cosas? Le di la razón. - Sin embargo, sería importante... - insistí -. Tratá de hacer memoria. Tratá de recordar si junto a la cruz no había alguna figura. - Tal vez - murmuró -, tal vez un... - ¿Un trapecio? - insinué. - Sí, un trapecio - dijo sin convicción. - ¿Simple o cruzado por una línea? - Verdad - exclamó -. ¿Cómo sabés? ¿Estuviste en la calle Márquez? Al principio no me acordaba nada... De pronto he visto el conjunto: la cruz y el trapecio; un trapecio cruzado por una línea con puntas dobladas. Hablaba animadamente. - ¿Y te fijaste en alguna estatua de santos? - Viejo - exclamó con reprimida impaciencia -. No me habías pedido que levantara el inventario. Le dije que no se enojara. Cuando se calmó, le pedí que me mostrase el anillo y que me repitiese el nombre de la enfermera. Volví a casa, feliz. Oí ruidos en el cuarto de mi sobrina; pensé que estaría ordenando sus cosas. Procuré que no descubriera mi presencia; no quería que me interrumpieran. Tomé el libro de Blanqui, me lo puse debajo del brazo y salí a la calle. Me senté en un banco del parque Pereyra. Una vez más leí este párrafo: Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes. Lo que ahora escribo en este calabozo del fuerte del Toro, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, en una mesa, en un papel, en un calabozo, enteramente parecidos. En infinitos mundos mi situación será la misma, pero tal vez la causa de mi encierro gradualmente pierda su nobleza, hasta ser sórdida, y quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz. El 23 de junio Morris cayó con su Breguet en el Buenos Aires de un mundo casi igual a éste. El período confuso que siguió al accidente le impidió notar las primeras diferencias; para notar las otras se hubieran requerido una perspicacia y una educación que Morris no poseía. Remontó vuelo una mañana gris y lluviosa; cayó en un día radiante. El moscardón, en el hospital, sugiere el verano; el «calor tremendo» que lo abrumó durante los interrogatorios, lo confirma. Morris da en su relato algunas características diferenciales del mundo que visitó. Allí, por ejemplo, falta el País de Gales: las calles con nombre galés no existen en ese Buenos Aires: Bynnon se convierte en Márquez, y Morris, por laberintos de la noche y de su propia ofuscación, busca en vano el pasaje Owen... Yo, y Viera, y Kramer, y Margaride, y Faverio, existimos allí porque nuestro origen no es galés; el general Huet y el mismo Ireneo Morris, ambos de ascendencia galesa, no existen (él penetró por accidente). El Carlos Alberto Servian de allá, en su carta, escribe entre comillas la palabra «Owen», porque le parece extraña; por la misma razón, los oficiales rieron cuando Morris declaró su nombre. Porque no existieron allí los Morris, en Bolívar 971 sigue viviendo el inamovible Grimaldi. La relación de Morris revela, también, que en ese mundo Cartago no desapareció. Cuando comprendí esto hice mis tontas preguntas sobre las calles Haníbal y Hamílcar. Alguien preguntará cómo, si no desapareció Cartago, existe el idioma español. ¿Recordaré que entre la victoria y la aniquilación puede haber grados intermedios? El anillo es una doble prueba que tengo en mi poder. Es una prueba de que Morris estuvo en otro mundo: ningún experto, de los muchos que he consultado, reconoció la piedra. Es una prueba de la existencia (en ese otro mundo) de Cartago: el caballo es un símbolo cartaginés. ¿Quién no ha visto anillos iguales en el museo de Lavigerie? Además - Idibal, o Iddibal - el nombre de la enfermera, es cartaginés; la fuente con peces rituales y el trapecio cruzado son cartagineses; por último - horresco referens - están los convivios o circuli, de memoria tan cartaginesa y funesta como el insaciable Moloch... Pero volvamos a la especulación tranquila. Me pregunto si yo compré las obras de Blanqui porque estaban citadas en la carta que me mostró Morris o porque las historias de estos dos mundos son paralelas. Como allí los Morris no existen, las leyendas celtas no ocuparon parte del plan de lecturas; el otro Carlos Alberto Servian pudo adelantarse; pudo llegar antes que yo a las obras políticas. Estoy orgulloso de él: con los pocos datos que tenía, aclaró la misteriosa aparición de Morris; para que Morris también la comprendiera, le recomendó «L'Éternite par les Astres». Me asombra, sin embargo, su jactancia de vivir en el bochornoso barrio Nazca y de ignorar el pasaje Owen. Morris fue a ese otro mundo y regresó. No apeló a mi bala con resorte ni a los demás vehículos que se han ideado para surcar la increíble astronomía. ¿Cómo cumplió sus viajes? Abrí el diccionario de Kent; en la palabra pase, leí: «Complicadas series de movimientos que se hacen con las manos, por las cuales se provocan apariciones y desapariciones.» Pensé que las manos tal vez no fueran indispensables; que los movimientos podrían hacerse con otros objetos; por ejemplo, con aviones. Mi teoría es que el «nuevo esquema de prueba» coincide con algún pase (las dos veces que lo intenta, Morris se desmaya, y cambia de mundo). Allí supusieron que era un espía venido de un país limítrofe: aquí explican su ausencia, imputándole una fuga al extranjero, con propósitos de vender un arma secreta. Él no entiende nada y se cree víctima de un complot inicuo. Cuando volví a casa encontré sobre el escritorio una nota de mi sobrina. Me comunicaba que se había fugado con ese traidor arrepentido, el teniente Kramer. Añadía esta crueldad: «Tengo el consuelo de saber que no sufrirás mucho, ya que nunca te interesaste en mí.» La última línea estaba escrita con evidente saña; decía: «Kramer se interesa en mí; soy feliz.» Tuve un gran abatimiento, no atendí a los enfermos y por más de veinte días no salí a la calle. Pensé con alguna envidia en ese yo astral, encerrado, como yo, en su casa, pero atendido por «solicitas manos femeninas». Creo conocer su intimidad; creo conocer esas manos. Lo visité a Morris. Traté de hablarle de mi sobrina (apenas me contengo de hablar, incesantemente, de mi sobrina). Me preguntó si era una muchacha maternal. Le dije que no. Le oí hablar de la enfermera. No es la posibilidad de encontrarme con una nueva versión de mí mismo lo que me incitaría a viajar hasta ese otro Buenos Aires. La idea de reproducirme, según la imagen de mi ex libris, o de conocerme, según su lema, no me ilusiona. Me ilusiona, tal vez, la idea de aprovechar una experiencia que el otro Servian, en su dicha, no ha adquirido. Pero éstos son problemas personales. En cambio la situación de Morris me preocupa. Aquí todos lo conocen y han querido ser considerados con él; pero como tiene un modo de negar verdaderamente monótono y su falta de confianza exaspera a los jefes, la degradación, si no la descarga del fusilamiento, es su porvenir. Si le hubiera pedido el anillo que le dio la enfermera, me lo habría negado. Refractario a las ideas generales, jamás hubiera entendido el derecho de la humanidad sobre ese testimonio de la existencia de otros mundos. Debo reconocer, además, que Morris tenía un insensato apego por ese anillo. Tal vez mi acción repugne a los sentimientos del gentleman (alias, infalible, del cambrioleur); la conciencia del humanista la aprueba. Finalmente, me es grato señalar un resultado inesperado: desde la pérdida del anillo, Morris está más dispuesto a escuchar mis planes de evasión. Nosotros, los armenios, estamos unidos. Dentro de la sociedad formamos un núcleo indestructible. Tengo buenas amistades en el ejército. Morris podrá intentar una reproducción de su accidente. Yo me atreveré a acompañarlo. C. A. S. El relato de Carlos Alberto Servian me pareció inverosímil. No ignoro la antigua leyenda del carro de Morgan; el pasajero dice dónde quiere ir, y el carro lo lleva, pero es una leyenda. Admitamos que, por casualidad, el capitán Ireneo Morris haya caído en otro mundo; que vuelva a caer en éste sería un exceso de casualidad. Desde el principio tuve esa opinión. Los hechos la confirmaron. Un grupo de amigos proyectamos y postergamos, año tras año, un viaje a la frontera del Uruguay con el Brasil. Este año no pudimos evitarlo, y partimos. El 3 de abril almorzábamos en un almacén en medio del campo; después visitaríamos una «fazenda» interesantísima. Seguido de una polvareda, llegó un interminable Packard; una especie de jockey bajó. Era el capitán Morris. Pagó el almuerzo de sus compatriotas y bebió con ellos. Supe después que era secretario, o sirviente, de un contrabandista. No acompañé a mis amigos a visitar la «fazenda». Morris me contó sus aventuras: tiroteos con la policía; estratagemas para tentar a la justicia y perder a los rivales; cruce de ríos prendido a la cola de los caballos; borracheras y mujeres... Sin duda exageró su astucia y su valor. No podré exagerar su monotonía. De pronto, como en un vahído, creí entrever un descubrimiento. Empecé a investigar; investigué con Morris; investigué con otros, cuando Morris se fue. Recogí pruebas de que Morris llegó a mediados de junio del año pasado, y de que muchas veces fue visto en la región, entre principios de septiembre y fines de diciembre. El 8 de septiembre intervino en unas carreras cuadreras, en Yaguarao; después pasó varios días en cama, a consecuencia de una caída del caballo. Sin embargo, en esos días de septiembre, el capitán Morris estaba internado y detenido en el Hospital Militar, de Buenos Aires: las autoridades militares, compañeros de armas, sus amigos de infancia, el doctor Servian y el ahora capitán Kramer, el general Huet, viejo amigo de su casa, lo atestiguan. La explicación es evidente: En varios mundos casi iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos. Nuestro Morris se fugó al Uruguay o al Brasil. Otro, que salió de otro Buenos Aires, hizo unos «pases» con su aeroplano y se encontró en el Buenos Aires de otro mundo (donde no existía Gales y donde existía Cartago; donde espera Idibal). Ese Ireneo Morris subió después en el Dewotine, volvió a hacer los «pases», y cayó en este Buenos Aires. Como era idéntico al otro Morris, hasta sus compañeros lo confundieron. Pero no era el mismo. El nuestro (el que está en el Brasil) remontó vuelo, el 23 de junio, con el Breguet 304; el otro sabía perfectamente que había probado el Breguet 309. Después, con el doctor Servian de acompañante intenta los pases de nuevo y desaparece. Quizá lleguen a otro mundo; es menos probable que encuentren a la sobrina de Servian y a la cartaginesa. Alegar a Blanqui, para encarecer la teoría de la pluralidad de los mundos, fue tal vez, un mérito de Servian; yo, más limitado, hubiera propuesto la autoridad de un clásico; por ejemplo: «según Demócrito, hay una infinidad de mundos, entre los cuales algunos son, no tan sólo parecidos, sino perfectamente iguales» (Cicerón, Primeras Académicas, II, XVII). Henos aquí, en Bauli, cerca de Pezzuoli, ¿piensas tú que ahora, en un número infinito de lugares exactamente iguales, habrá reuniones de personas con nuestros mismos nombres, revestidas de los mismos honores, que hayan pasado por las mismas circunstancias, y en ingenio, en edad, en aspecto, idénticas a nosotros, discutiendo este mismo tema? [id., id., II, XL]. Finalmente, para lectores acostumbrados a la antigua noción de mundos planetarios y esféricos, los viajes entre Buenos Aires de distintos mundos parecerán increíbles. Se preguntarán por qué los viajeros llegan siempre a Buenos Aires y no a otras regiones, a los mares o a los desiertos. La única respuesta que puedo ofrecer a una cuestión tan ajena a mi incumbencia, es que tal vez estos mundos sean como haces de espacios y de tiempos paralelos.