martes, 6 de enero de 2009
El Diablo y el Relojero
Daniel Defoe
Viva en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una
honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en
su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su
renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes
para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos
instrumentos, según es costumbre en esta actividad.
Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de
engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban
cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del
altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de
engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el
techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al
hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y
bajara al pobre desdichado.
En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía
verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que Ilevaba un
escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo
colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose
rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del
ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que
venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo
tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la
soga para soltarlo.
Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado
en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero
no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y
le dijo:
-¡Sube y ayuda al hombre!
Suponía que algo impedía su acción.
Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se
quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».
Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y
después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose
en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le
gritó:
-¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?
Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la
empujó y le dijo:
-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó
arriba y a la habitación donde estaban los extraños.
Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no
el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que
pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas
espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se
ahorcara y expirara.
El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el
coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y
la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas
tijeras, lo cual le dio gran trabajo.
Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por
personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo
convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo,
que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a
quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera
su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la
naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar.
Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.
Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si
bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el
diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer
hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se
esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.
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