domingo, 25 de enero de 2009
Diez mandamientos para escribir con estilo
Friedrich Nietzsche
Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.
sábado, 24 de enero de 2009
Simón el Cirineo
Oscar Wilde
Baja la cabeza y los lomos pacientes, el anciano continuaba sentado csobre
el escabel, ensordecidos los oidos por la fútiles recriminaciones de su
esposa.
Sin tregua, la enfadada comadre gruñía una y otra vez los mismos reproches:
- ¡Viejo idiota!, ¿por qué perdiste el tiempo en ir papando moscas por el
camino? Tu padre y el padre de tu padre, y todos los que fueron antes de
ellos, guardas fueron de la puerta del Templo. Si te hubieses dado más
prisa cuando te mandaron a buscar, seguro que tu también habrías sido
nombrado guarda de la puerta del Templo. Pero como tardabas, eligieron a
otro más diligente que tú. ¡Ah, viejo estúpido!, ¿por qué te demoraste?
¿Qué necesidad tenias, realmente, de llevar la cruz de ese mozo
carpintero, sedicioso y criminal?
- Es cierto - reconoció el anciano -; me crucé en el camino con el mozo
que iban a crucificar, y el centurión me requisó para llevarle la cruz. Y
una vez que la subí hasta la cima del monte, me demoré, lo confieso, a
causa de las palabras que profería aquel mozo. Derrengado de dolor iba;
pero lo curioso es que no se dolía de sí mismo, y sus palabrs extrañas me
hicieron olvidar todo el resto.
- Bien dices que olvidaste todo el resto ; incluso el poco sentido común
que tuviste nunca. Hasta el punto de llegar demasiado tarde para ser
nombrado guarda de la puerta del Templo. ¿No te da vergüenza pensar que tu
padre y el padre de tu padre, y todos los que fueron antes de ellos,
fueron guardas de la puerta de la Mansión del señor, y que sus nombres se
hallan grabados en letras de oro y perpetuados por los siglos de los
siglos en la memoria de los hombres? En cambio tú, viejo mentecato, serás
el único de tu linaje que caerá en el olvido, pues, ¿quién, una vez hayas
muerto, oirá jamás hablar de Simón el Cirineo?
viernes, 23 de enero de 2009
La musa de Hyperborea
Clark Ashton Smith
Demasiado lejos queda su pálido y mortal rostro, y demasiado remotas las nieves de su pecho letal como para que mis ojos puedan contemplarlos jamás. Pero hay veces en que me llega su susurro, como un helado viento de ultratumba, debilitado después de atravesar los golfos que separan a los mundos, y que ha surgido sobre los últimos horizontes de desiertos rodeados de hielo. Y me habla en un idioma que nunca he oído, pero que siempre he conocido; y me habla de cosas mortales y de cosas maravillosas, fuera del alcance de los deseos estáticos del amor. Su relato no es sobre algo bueno o malo, ni sobre nada que pueda ser deseado o concebido o pensado por las termitas de la tierra; y el aire que respira, y la tierra por donde anda errante, estallarían como el frío cortante del espacio sideral; y sus ojos cegarían la visión de los hombres como si fueran el sol; y su beso, si pudiera alcanzarse, se retorcería acuchillando como el beso del relámpago.
Pero al oír su susurro lejano y poco frecuente, me imagino una visión de vastas auroras, sobre continentes más grandes que el mundo, y mares demasiado extensos para las quillas de las empresas humanas. Y a veces balbuceo los lazos extraños que nos trae, si bien nadie los recibirá con agrado, y nadie creerá en ellos, o los escuchará. Y en algún amanecer de los años desesperados, me adelantaré y seguiré hasta donde me llama, para buscar el beatífico nado de sus distancias nevadas, para perecer entre sus inescrutables horizontes.
jueves, 22 de enero de 2009
El sino el poeta

Ambrose Bierce
Un Objeto que estaba caminando por el Camino Real, envuelto en honda meditación
y en poca cosa más, súbitamente se encontró ante las puertas de una ciudad
extraña. Cuando solicitó ser admitido, fue detenido como indigente y llevado ante el
Rey.
-¿Quién eres -interrogó el Rey-, y cómo te ganas la vida?
-Soy Snouter el descuidista -replicó el Objeto, inventando rápidamente-, carterista.
El Rey estaba por ordenar su liberación, cuando el Primer Ministro sugirió que
examinaran los dedos del prisionero. Se descubrió que estaban muy achatados y encallecidos
en los extremos.
-¡Ja! -exclamó el Rey- ¡Se lo dije! Es adicto a contar sílabas. Un poeta. Llévenlo
con el Gran Señor Disuasor del Hábito de la Cabeza.
-Mi señor -dijo el Inventor Ordinario de Penas Ingeniosas-, me atrevo a sugerir
un castigo más sagaz.
-Dígalo -contestó el Rey. -¡Permitirle que conserve esa cabeza! Eso fue lo que se
ordenó.
martes, 6 de enero de 2009
El Diablo y el Relojero
Daniel Defoe
Viva en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una
honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en
su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su
renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes
para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos
instrumentos, según es costumbre en esta actividad.
Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de
engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban
cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del
altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de
engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el
techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al
hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y
bajara al pobre desdichado.
En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía
verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que Ilevaba un
escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo
colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose
rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del
ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que
venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo
tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la
soga para soltarlo.
Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado
en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero
no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y
le dijo:
-¡Sube y ayuda al hombre!
Suponía que algo impedía su acción.
Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se
quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».
Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y
después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose
en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le
gritó:
-¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?
Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la
empujó y le dijo:
-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó
arriba y a la habitación donde estaban los extraños.
Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no
el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que
pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas
espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se
ahorcara y expirara.
El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el
coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y
la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas
tijeras, lo cual le dio gran trabajo.
Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por
personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo
convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo,
que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a
quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera
su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la
naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar.
Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.
Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si
bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el
diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer
hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se
esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.
lunes, 5 de enero de 2009
El crimen Invisible
Catherine Crowe
En 1842 en el barrio de Marylebone, se derribó una casa a la que ya no
acudía ningún huésped, desde hacía ya muchos años, y cuyos propietarios no
estaban dispuestos a gastar más dinero en reparaciones.
Sus últimos habitantes fueron el mayor W..., su esposa, sus tres hijos y
su sirviente.
El mayor W..., que desempeñaba un digno cargo en la Intendencia, había
insistido innumerables veces a sus superiores para que le permitieran
cambiar de vivienda (el alquiler del inmueble estaba a cargo de la
Intendencia). Como esta autorización demoraba, alegó para justificar su
repetida insistencia que la casa estaba embrujada "del modo más
desagradable".
Todas las noches, la puerta del salón se abría violentamente, se oía un
ruido de pasos precipitados, una respiración ronca y luego dos o tres
gritos horribles y la pesada caída de un cuerpo contra el piso.
A menudo encontraban los muebles volcados, sobre todo cuando estaban
situados en el ángulo norte de la sala.
Luego se restablecía el silencio, pero alrededor de un cuarto de hora más
tarde, se oía algo semejante a un pataleo, un sollozo y al fin un
espantoso estertor.
El mayor W... acabó por prohibir a sus familiares la entrada a este salón.
Incluso clausuró la puerta. Pero antes hizo constatar estos hechos por
varios de sus compañeros de ejército. En efecto, el informe que presentó
estaba firmado por el lugarteniente de Intendencia E..., el capitán S... y
el comisario de víveres E...
Se procedió a un relevamiento de datos y muy pronto descubrieron una
trágica historia.
En el año 1825, la casa estaba habitada por el corredor de joyas C... y su
esposa. Esta última, mucho más joven que su marido, llevaba una vida
desordenada y malgastaba enormes sumas de dinero.
Aunque el desgraciado C... le perdonó muchas veces sus caprichos, no
parecía querer enmendarse; al contrario, su vida era progresivamente
escandalosa.
C..., empujado por la amargura y los celos, se dio a la bebida.
Una noche volvió ebrio, decidido a acabar con sus desgracias.
Armado de un trinchete de zapatero, se abalanzó sobre su mujer, que huyó
hacia el salón, pero C... la alcanzó y con un solo golpe de su arma, la
decapitó. Permaneció largo rato mudo de horror ante su crimen, luego se
colgó de la araña del techo.
Desde entonces ese horrible asesinato se reproducía cada noche, de una
forma audible, pero jamás los espantados testigos vieron la más mínima
aparición; sólo los ruidos fantasmales que se repetían con una perfecta
exactitud.
La petición del mayor W... tuvo resultados favorables y desde entonces, la
casa permaneció desocupada hasta el día en que cayó bajo el pico de los
demoledores.
domingo, 4 de enero de 2009
El otro yo
Mario Benedetti
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban
rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la
naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una
cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices,
mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le
preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos.
Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser
tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió
lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart,
pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo.
En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e
insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama
siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero
enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo
reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir
su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso
le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo,
cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el
muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando.Y pensar que parecía
tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a
la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no
pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado
el Otro Yo.
sábado, 3 de enero de 2009
La ejecución
Hermann Hesse
En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la
montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la
puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca
vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el
tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe
se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían
bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
—¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado —se preguntaban unos a otros los
discípulos— para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a
nadie que manifieste compasión ni que llore.
—Supongo que será un hereje —dijo el maestro con tristeza.
Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los
discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había
cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
—Es un hereje —decía la gente muy indignada—. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza
condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la
ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta
perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
—¿Cómo lo adivinaste, maestro?
Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
—No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra
especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y
compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo
proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le
puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.
viernes, 2 de enero de 2009
EL viaje del Beagle Espacial
A. E. Van Vogt
(Fragmento)
Coeurl merodeaba sin pausa. La noche oscura, sin luna, casi sin estrellas, se resistía ante el alba rojiza y lúgubre que se arrastraba por la izquierda. Era una luz vaga que no daba ninguna sensación de calor. Poco a poco, esa luz fue mostrando un paisaje de pesadilla.
Alrededor de Coeurl cobraron forma unas piedras negras, melladas, y una llanura negra y sin vida. Por encima del horizonte grotesco miraba un sol rojo pálido. Unos dedos de luz hurgaban entre las sombras. y aún no había rastros de la familia de criaturas de id que llevaba siguiendo casi cien días.
Finalmente se detuvo, enfriado por la realidad. Sus enormes patas delanteras se sacudieron con un movimiento que arqueó cada afilada garra. Los gruesos tentáculos que le salían de los hombros ondularon, tensos. Torció la voluminosa cabeza de gato a un lado ya otro, mientras los zarcillos parecidos a pelos que formaban cada oreja vibraron frenéticamente, probando cada brisa, cada latido en el éter.
No hubo respuesta. No sentía ningún cosquilleo en el complejo sistema nervioso. No había ningún indicio de la presencia de las criaturas de id, su única fuente de alimento en ese planeta desolado. Desesperado, Coeurl se agazapó, una enorme figura felina recortada contra la línea débil y rojiza del horizonte, como un deforme grabado de un tigre negro en un mundo sombrío. Lo que más lo mortificaba era que había perdido el contacto con ellas. Tenía un equipo sensorial que normalmente podía detectar id orgánico a kilómetros de distancia. Admitía que él ya no era normal. Su repentina imposibilidad de mantener aquel contacto indicaba una crisis física. Era la enfermedad mortal de la que había oído hablar. Siete veces en el último siglo había encontrado coeurls demasiado débiles para moverse, con los cuerpos normalmente inmortales consumidos y condenados por la falta de alimento. Entonces, con avidez, les había aplastado los cuerpos entregados y les había sacado todo el id que aún los mantenía con vida.
Coeurl se estremeció de entusiasmo recordando esas comidas. Entonces lanzó un gruñido audible, un sonido desafiante que vibró en el aire y sonó y resonó entre las piedras mientras le recorría los nervios de la espalda. Era una expresión instintiva de su voluntad de vivir.
Y de repente se puso tieso. Por encima del lejano horizonte vio un punto diminuto que brillaba. El punto se acercó. Creció rápidamente y fue una enorme pelota de metal que se transformó en una nave gigantesca y redonda. El inmenso globo, brillante como plata bruñida, pasó silbando por encima de Coeurl, reduciendo la velocidad de manera visible. Se alejó sobre unas negras colinas que había por la derecha, flotó casi inmóvil durante un segundo y después descendió perdiéndose de vista.
Coeurl salió disparado de su asustada inmovilidad. Con velocidad felina, bajó corriendo entre las piedras. En sus ojos redondos y negros ardía un deseo desesperado. Los zarcillos de las orejas, a pesar de la falta de energías, vibraron recibiendo un mensaje de id en tales cantidades que las punzadas de hambre hicieron que le doliera el cuerpo.
El sol distante, ahora tirando a rosa, estaba alto en el cielo púrpura y negro cuando Coeurl se arrastro saliendo de entre unas piedras y miró desde las sombras las ruinas de la ciudad que se extendía allá abajo. La nave plateada, a pesar de su tamaño, parecía pequeña ante la enorme extensión de la ciudad desmoronada y desierta. Pero alrededor de la nave había una sensación de vida contenida, una inactividad dinámica que, después de un rato, empezó a destacarse, dominando el primer plano. La nave descansaba en una cuna hecha por su propio peso en la llanura rocosa y resistente que empezaba bruscamente en las afueras de la metrópoli muerta.
Coeurl observó a los dos seres bípedos que habían salido del interior de la nave. Andaban cerca del pie de una escalera mecánica que habían hecho descender desde una abertura brillantemente iluminada a unos treinta metros por encima del suelo. La necesidad perentoria engrosó la garganta de Coeurl. El impulso de salir corriendo y aplastar a esas criaturas de aspecto endeble le oscurecía el cerebro.
Unos jirones de recuerdo detuvieron ese impulso cuando todavía no era más que electricidad corriéndole por los músculos. Era un recuerdo del pasado distante de su propia raza, de máquinas que podían destruir, de energías más potentes que todas las fuerzas de su propio cuerpo. El recuerdo enveneno los depósitos de su fortaleza. Tuvo tiempo de ver que los seres llevaban algo puesto encima de sus cuerpos verdaderos, un material brillante y transparente que relucía y destellaba bajo los rayos del sol. La astucia permitió a Coeurl entender la presencia de aquellas criaturas. Aquello, razonó por primera vez, era una expedición científica que venía de otra estrella. Los científicos investigarían y no destruirían. Los científicos se abstendrían de matarlo si no los atacaba. Los científicos, a su manera, eran tontos. Envalentonado por el hambre, salió del escondite. Vio que las criaturas advertían su presencia. Se volvían hacia él y miraban. Las tres que estaban más cerca de él regresaron despacio hacia grupos más grandes. Un individuo, el más pequeño de su grupo, sacó una barra opaca de metal de una funda que llevaba en el costado del cuerpo y la sostuvo con tranquilidad en una mano. Ese acto alarmó a Coeurl, que sin embargo siguió corriendo. Era demasiado tarde para volver. Elliott Grosvenor se quedó donde estaba, detrás de todo, cerca de la escalera. Se estaba acostumbrando a quedarse en segundo plano. Como único nexialista a bordo del Beagle Espacial, durante meses había sido ignorado por especialistas que no entendían bien qué era un nexialista ya los que tampoco les importaba demasiado. Grosvenor tenía planes para rectificar eso. Hasta el momento no se había presentado la oportunidad. El comunicador que llevaba en la cabeza del traje espacial se activó de repente. Por él se oyó la suave risa de un hombre que dijo:
- Yo, personalmente, no me voy a arriesgar con algo tan grande.
Grosvenor reconoció la voz de Gregory Kent, director del departamento de química. Hombre de poca estatura, Kent tenía gran personalidad. En la nave contaba con numerosos amigos y partidarios, y ya había anunciado su candidatura a director de la expedición para las siguientes elecciones. De todos los hombres que estaban ante el monstruo que se iba acercando, Kent era el único que había sacado un arma. Ahora acariciaba el largo y delgado instrumento de metalita.
Se oyó otra voz. El tono era más grave y más relajado. Grosvenor reconoció que era la voz de Hal Morton, director de la expedición.
- Ésa es una de las razones por la que está en este viaje - dijo Morton -. Porque deja muy pocas cosas libradas al azar.
Era un comentario amistoso. Pasaba por alto el hecho de que Kent ya se había definido como el adversario de Morton para la dirección. Eso, por supuesto, quizá no era más que una muestra de virtuosismo político para hacer creer a los oyentes más ingenuos que Morton no sentía ninguna animadversión hacia su rival. Grosvenor no dudaba de que el director era capaz de esas sutilezas. La imagen que tenía de Morton era la de un hombre sagaz, razonablemente honesto y muy inteligente, que manejaba la mayoría de las situaciones con automática habilidad.
Grosvenor vio que Morton se adelantaba, colocándose un poco por delante de los demás. Su cuerpo fuerte se destacaba, enfundado en el traje transparente de metalita. Desde aquella posición, el director miró cómo se acercaba la bestia felina por la llanura de piedras negras. Los comentarios de otros jefes de departamento golpetearon en las orejas de Grosvenor a través del comunicador.
- No me gustaría nada encontrarme con esa criatura en un callejón una noche oscura.
- No diga tonterías. Es obvio que se trata de un ser inteligente. Quizá un miembro de la raza dominante.
- Su desarrollo físico - dijo una voz que Grosvenor identificó como perteneciente a Siedel, el psicólogo - sugiere una adaptación de tipo animal a su medio ambiente. Por otra parte, venir hacia nosotros como lo está haciendo no es el acto de un animal sino de un ser inteligente que sabe de nuestra inteligencia. Ustedes pueden advertir lo agarrotados que son sus movimientos. Eso denota cautela y conciencia de nuestras armas. Me gustaría observar bien las terminaciones de esos tentáculos de los hombros. Si consisten en apéndices, manos o ventosas, podemos empezar a suponer que desciende de los habitantes de esta ciudad. - Hizo una pausa -. Sería muy útil establecer comunicación con él. Pero a simple vista yo diría que ha degenerado hasta un estado primitivo.
Coeurl se detuvo cuando aún estaba a tres metros de los seres más cercanos. La necesidad de id amenazaba con abrumarlo. Su cerebro flotó hasta el feroz filo del caos, donde le costó un terrible esfuerzo detenerse. Sentía como si tuviera el cuerpo bañado por un líquido fundido. La visión era cada vez más borrosa.
La mayoría de los hombres se acercaron. Coeurl vio que lo estaban examinando con franca curiosidad. Movían los labios dentro de los cascos transparentes que llevaban puestos. Su forma de intercomunicación - suponía que era eso lo que sentía - le llegaba en una frecuencia que estaba dentro de su capacidad de recepción. Los mensajes eran ininteligibles. En un esfuerzo por parecer amistoso, transmitió su nombre desde los zarcillos de las orejas, señalándose al mismo tiempo con un tentáculo.
Una voz que Grosvenor no reconoció dijo arrastrando las palabras:
- Morton, cuando movió esos pelos oí una especie de estática en mi radio. ¿Cree usted que...?
El uso por parte de Morton del nombre de quien había hablado, lo identificó. Gourlay, jefe de comunicaciones. Grosvenor, que estaba grabando la conversación, se alegró. La llegada de la bestia quizá le permitiría obtener grabaciones de todos los hombres importantes que iban abordo de la nave. Era algo que trataba de hacer desde el principio.
- Ah - dijo Siedel, el psicólogo -, los tentáculos terminan en ventosas. Si el sistema nervioso es suficientemente complejo podría, con la necesaria capacitación, manejar cualquier máquina.
- Creo que lo más conveniente es que entremos en la nave y comamos - dijo el director Morton -. Después nos pondremos a trabajar. Quiero que se haga un estudio sobre el desarrollo científico de esta raza, sobre todo qué fue lo que la destruyó. En la Tierra, al principio, antes de que hubiese una civilización galáctica, las diversas culturas alcanzaban la cima y después se desmoronaban. Del polvo siempre brotaba una nueva. ¿Por qué no sucedió lo mismo aquí? A cada departamento se le asignará un campo especial de investigación.
- ¿Y el gatito? - dijo alguien -. Me parece que quiere venir con nosotros.
Morton se rió entre dientes.
- Ojalá tuviéramos la manera de llevarlo con nosotros - dijo con voz seria -, sin capturarlo por la fuerza. ¿Qué cree usted, Kent?
El pequeño químico movió la cabeza, diciendo que no de manera contundente.
- Esta atmósfera contiene más cloro que oxígeno, aunque no es mucho lo que contiene de ambos elementos. Nuestro oxígeno sería dinamita para sus pulmones.
A Grosvenor le parecía evidente que el ser felino no había tenido en cuenta ese peligro. Miró cómo el monstruo seguía a los primeros hombres que subían por la escalera y se metían por la enorme puerta.
Los hombres se volvieron hacia Morton, quien los saludó con una mano y dijo:.
- Abran la segunda compuerta y déjenle oler el oxígeno. Eso lo curará. Un rato más tarde la asombrada voz del director resonó con fuerza en el comunicador. - ¡Bueno, que me lleve el diablo! ¡No nota la diferencia! Y eso significa que no tiene pulmones, o que sus pulmones no utilizan el cloro. ¡Claro que puede entrar! Smith, esto es una mina de oro para un biólogo, y además inofensiva si tomamos precauciones. ¡Qué metabolismo!
Smith era un hombre alto, delgado y huesudo con una cara larga y triste. Su voz, inusitadamente fuerte para su apariencia, resonó en el comunicador de Grosvenor.
- En los diversos viajes de exploración en que participé, sólo vi dos formas superiores de vida. Las que dependen del cloro y las que necesitan oxígeno, los dos elementos que permiten la combustión. He oído vagos informes acerca de una forma de vida que respira flúor, pero todavía no he visto un ejemplo. Casi estaría dispuesto a jugarme mi reputación a que no existe ningún organismo complejo que pueda adaptarse a la utilización de ambos gases. Morton, no tenemos que dejar escapar a esta criatura si podemos remediarlo.
El director Morton se echó a reír.
- Parece que tiene muchas ganas de quedarse - dijo después en tono serio.
Había subido por la escalera mecánica y entró en la cámara estanca con Coeurl y los dos hombres. Grosvenor se apresuró a adelantarse, pero no era más que uno entre una docena de hombres que también se metieron en aquel amplio espacio. La enorme puerta se cerró y el aire empezó a entrar con un silbido. Todo el mundo se mantenía a una buena distancia del monstruo felino. Grosvenor observó la bestia con una creciente sensación de desasosiego. Lo asaltaron varios pensamientos. Ojalá pudiera comunicárselos a Morton. Tendría que haber podido hacerlo. La regla abordo de esas naves expedicionarias era que todos los directores de departamento debían tener acceso fácil al director de la expedición. Como jefe del departamento nexial, aunque fuera el único miembro, a Grosvenor tendría que habérsele aplicado la misma regla. El comunicador de su traje espacial tendría que estar preparado para que él pudiera hablar con Morton como lo hacían los demás jefes de departamento. Pero todo lo que él tenía era un receptor general. Eso le concedía el privilegio de escuchar a todos los grandes hombres cuando estaban haciendo su trabajo de campo. Si quería hablar con alguien, o si estaba en peligro, podía accionar un interruptor que abría un canal a un operador central.
Grosvenor no cuestionaba el valor general del sistema. Había cerca de mil hombres a bordo, y era evidente que no podían hablar todos con Morton cuando les daba la gana.
La puerta interior de la cámara se estaba abriendo. Grosvenor salió junto con los demás. A los pocos minutos estaban todos en una serie de ascensores que llevaban a las dependencias. Hubo un breve intercambio de ideas entre Morton y Smith.
- Lo mandaremos solo allá arriba, si es que quiere ir - dijo finalmente Morton.
Coeurl no puso ninguna objeción hasta que oyó que la puerta del ascensor se cerraba a sus espaldas y que la jaula cerrada empezaba a subir rápidamente. Entonces giró soltando un gruñido. De repente, su razón se transformó en caos. Se lanzó contra la puerta. El golpe dobló el metal y el dolor desesperado lo enloqueció. Ahora era un animal atrapado. Aplastó el metal con las garras. Arrancó los paneles soldados con los gruesos tentáculos. La maquinaria chirrió en protesta. Todo se sacudía porque la fuerza magnética tiraba de la jaula a pesar de que las piezas metálicas que sobresalían iban raspando las paredes exteriores. Finalmente, el ascensor llegó a destino y se detuvo. Coeurl quitó el resto de la puerta y se lanzó a toda velocidad por el pasillo. Esperó allí hasta que llegaron los hombres con las armas preparadas.
- Somos unos tontos - dijo Morton -. Tendríamos que haberle mostrado cómo funciona. Creyó que lo habíamos traicionado o algo parecido.
Señaló hacia el monstruo. Grosvenor vio cómo el brillo salvaje se apagaba en los ojos de la bestia, negros como carbones, mientras Morton abría y cerraba varias veces la puerta de un ascensor cercano. Fue Coeurl quien terminó la lección. Entró al trote en una habitación grande que daba sobre el pasillo.
Se echó sobre el suelo alfombrado y se esforzó por reducir la tensión eléctrica de los nervios y los músculos. Estaba furioso por el miedo que había mostrado. Le parecía que había perdido la ventaja de aparecer como un individuo dulce y tranquilo. Su fortaleza debía de haberlos sobresaltado y consternado.
Eso implicaba un mayor peligro para la tarea pendiente: apoderarse de la nave. En el planeta del que procedían esos seres habría cantidades ilimitadas de id.
jueves, 1 de enero de 2009
Episodio del enemigo

Jorge Luis Borges
"Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la
ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no se griego. Otro dia perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y
cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno-le dije-, pero pasan también para los demás. Aqui nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño-me replicó-tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa-le contesté.
-¿Cual?-Me preguntó.
-Despertarme.
Y asi lo hice.
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