jueves, 31 de diciembre de 2009
¡Chist!
Anton Chejov
Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar,
con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de
alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da
unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con
tono de Laertes disponiéndose a vengar a su hermana:
-¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de
todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a ésto se llama vida? ¿Por qué no
ha descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un
escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe
verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso,
pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy
enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!... Dice todo esto
agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente... Luego entra en el
dormitorio y despierta a su mujer.
-Nadia-le dice-, voy a escribir... Te ruego que no me molesten, me es imposible
escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan... Procura que tenga té
y... un bistec, ¿eh?... Ya lo sabes, no puedo escribir sin té... El té es lo que
me sostiene cuando trabajo.
Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más
insignificante, denota una madura reflexión y un programa estricto. Unos
pequeños bustos y retratos de grandes escritores, una montaña de borradores, un
volumen de Belinski con una página doblada, una página de periódico, plegada
negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y
al margen, con grandes letras, la palabra: "¡Vil!" También hay una docena de
lápices con la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para
que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan
interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador...
Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se
abisma en la meditación del tema. Oye a su mujer que anda arrastrando las
zapatillas y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún
despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del
cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el
ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir
astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De
pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire.
-¡Dios mío, el óxido de carbono!-gime con una mueca de mártir-. ¡El óxido de
carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre
de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones!
Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes
después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies,
una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos
cerrados, abismado en su tema. está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente
con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer... Su rostro tiene la
expresión de inocencia ultrajada de hace un momento.
Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de
escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace
carantoñas... Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el
sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como
un gato tumbado sobre un sofá... Por último, y no sin vacilaciones, adelanta la
mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el
título...
-¡Mamá, agua!-grita la voz de su hijo.
-¡Chist!-dice la madre-. Papá escribe. Chist...
Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para
volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores famosos contemplan
el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: "¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué
marcha!"
-¡Chist!-rasguea la pluma.
-¡Chist!-dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo
tiempo que la mesa.
Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma y aguza el oído... Oye un
cuchicheo monótono... Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás
Nicolaievich, que está rezando sus oraciones.
-¡Oiga!-grita Krasnukin-. ¿Es que no puede rezar más bajo? No me deja escribir.
-Perdóneme-responde tímidamente Nicolaievich.
-¡Chist!
Cuando ha escrito cinco páginas, Krasnukin se estira de piernas y brazos,
bosteza y mira al reloj.
-¡Dios mío, ya son las tres!-gime-. La gente duerme y yo... ¡sólo yo estoy
obligado a trabajar!
Roto, agotado, con la cabeza caída hacia a un lado, se va al dormitorio,
despierta a su mujer y le dice con voz lánguida:
-Nadia, dame más té. Estoy sin fuerzas...
Escribe hasta las cuatro y escribiría gustosamente hasta las seis, si el asunto
no se hubiese agotado. Coquetear, hacer zalamerías ante sí mismo, delante de los
objetos inanimados, al abrigo de cualquier mirada indiscreta que le atisbe,
ejercer su despotismo y su tiranía sobre el pequeño hormiguero que el destino ha
puesto por azar bajo su autoridad, he ahí la sal y la miel de su existencia. ¡De
qué manera este tirano doméstico se parece un poco al hombre insignificante,
oscuro, mudo y sin talento que solemos ver en las salas de redacción!
-Estoy tan agotado que me costará trabajo dormirme...-dijo al acostarse-.
Nuestro trabajo, un trabajo maldito, ingrato, un trabajo de forzado, agota menos
el cuerpo que el alma... Debería tomar bromuro... ¡Ay, Dios es testigo de que si
no fuera por mi familia dejaría este trabajo!... ¡Escribir de encargo! ¡Esto es
horrible!
Duerme hasta las doce o la una, con un sueño profundo y tranquilo... ¡Ay, cuánto
más dormiría aún, qué hermosos sueños tendría, cómo florecería si fuese un
escritor o un editorialista famoso o al menos un editro conocido!...
-¡Ha escrito toda la noche!-cuchichea su mujer con gesto apurado-. ¡Chist!
Nadie se atreve a hablar ni andar, ni a hacer el menor ruido. Su sueño es una
cosa sagrada que costaría caro profanar.
-¡Chist!-se oye a través de la casa-. ¡Chist!
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Intermedio
Ray Bradbury
FEBRERO DE 2003
Trajeron cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregón para construir la décima ciudad, y veinticinco mil metros de abeto de California y levantaron a martillazos un pueblo limpio y claro, a orillas de los canales de piedra. En las noches de los domingos se iluminaban los vidrios rojos, azules y verdes de las iglesias, y desde la calle se oían los himnos numerados. «Cantaremos ahora el 79.» «Cantaremos ahora el 94». Y en ciertas casas se oía e duro repiqueteo de una máquina de escribir: el novelista estaba trabajando; o no se oía ningún ruido: el ex vagabundo estaba trabajando. Parecía a veces que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de lowa, y en un abrir y cerrar de ojos u ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, y la hubiera puesto allí sin una sacudida.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Esfinges suelen ser
Olga Orozco
Una mano, dos manos. Nada más.
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias.
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso,
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos.
Sí, demasiado próximas,
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí
o de apostar el resto a favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error.
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuento de mis días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
¡Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansioso,
de impasibles harpías con que asisten a su propio ritual!
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría.
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
¡Y esa brisa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos manos.
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.
Una mano, dos manos. Nada más.
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias.
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso,
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos.
Sí, demasiado próximas,
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí
o de apostar el resto a favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error.
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuento de mis días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
¡Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansioso,
de impasibles harpías con que asisten a su propio ritual!
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría.
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
¡Y esa brisa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos manos.
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Un cuento memorable

Alejandra Pizarnik
-Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort -dijo.
-No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
-Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
-Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
-Mme. Lamort -dijo-. ¨Y usted?
-Mme. Lamort.-Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
-Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
-Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
-No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.
-Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.
martes, 1 de diciembre de 2009
Las bases del éxito en Ciencia Ficción
Isaac Asimov
Si la ficción científica deseas cultivar
y destacar en ella con lustre sin igual,
pratica de las ciencias la jerga singular,
sin importarte un bledo usarla bien o mal.
Pulsares y quasares tesáricas y falacias,
en un místico estilo, de pulida elocuencia,
harán que los fanáticos, sin entender palabra,
esperen tus escritos con febril impaciencia.
Y en tanto que tú surcas las sendas espaciales,
entonarán a coro, a golpe de incensario:
¡Un joven que planea a alturas siderales...!
¡Qué dotes de invención! ¡Qué hombre extraordinario!
No hay misterio en el éxito. Basta copiar la historia.
Todo está en ella ya, instante por instante.
El Imperio romano - su expansión y su gloria -,
trasladado a los cielos, brillará rutilante.
La trama es una brisa y, si así d lo decides,
por el hiperespacio recorrerás parsecs.
Y si plagias un poco a Gibbon y a Tucíddides...,
como nadie se entera, carece de interés.
Y en tanto que prosigues tu andar meditabundo,
entonarán a coro, a golpe de incensario:
¡Un joven tan versado en la historia del mundo...!
¡Qué auténtico talento! ¡Qué hombre extraordinario!
Aparta de tu héroe la amorosa pasión.
No existe el sexo.
Inmerso en la política -sus sombríos ardides-,
ciégalo para el resto.
Dale sólo una madre. La mujer, con sus ansias
de oropel y de joyas,
podría distraerle de sus sueños sublimes
y desviar el rumbo de su gran psicohistoria.
Y en tanto que recorres tan austero camino,
entonarán a coro, a golpe de incensario:
¡Un joven que se ciñe así a lo masculino...!
¡Cuán grande es su fuerza! ¡Qué hombre extraordinario!
jueves, 12 de noviembre de 2009
Privilegio

Alejandra Pizarnik
I
Ya perdido el nombre que me llamaba,
su rostro rueda por mí
como el sonido del agua en la noche,
del agua cayendo en el agua.
Y es su sonrisa la última sobreviviente,
no mi memoria
II
El más hermoso
en la noche de los que se van,
oh deseado,
es sin fin tu no volver,
sombra tú hasta el día de los días
domingo, 1 de noviembre de 2009
El álbum
Anton Chejov
El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del
Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:
-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón
por vuestra gran autoridad y paternal solicitud...
-Durante más de diez años-le sopló Zacoucine.
-Durante más de diez años... ¡Hum!... en este día memorable, nosotros, vuestros
subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda
gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque vuestra noble
vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la
muerte, nos honréis con...
-Vuestras paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso-añadió
Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la
frente-. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el
discurso que seguramente traía preparado.
-Y que-concluyó-vuestro estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera
del genio, del trabajo y de la conciencia social.
Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.
-Señores-dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo ésto, no podía imaginar que
celebraseis mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado y
conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Creedme, amigos míos,
os aseguro que nadie os desea como yo tantas felicidades... Si alguna vez ha
habido pequeñas dificultades... ha sido siempre en bien de todos vosotros...
Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de
estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de
satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen
arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano
para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, dijo
unas cuantas palabras más muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio
del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de
bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo
desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.
En su casa le esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y
conocidos, le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente
haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiese sido una gran
desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no
cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que
Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.
-Señores-dijo en el momento de los postres-, hace dos horas he sido indemnizado
por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio,
no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del
deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el
público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos
para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han
ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.
Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.
-¡Qué bonito es!-dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy segura de que no cuesta
menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho
cuidado con él... ¡Es tan bonito!
Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su
secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios tirándolos
al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de pensión. Los uniformes
cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su
excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo.
Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones
imberbes. Cuando no tuvo más que colorear recortó siluetas y les atravesó los
ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov
lo pegó de pie en una caja de cerillas y lo llevó colocado así al despacho de su
padre.
-Papá, mira un monumento.
Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en
la mejilla a Nicolás.
-Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Linterna sorda
domingo, 4 de octubre de 2009
A primera vista
viernes, 25 de septiembre de 2009
Ésa es tu pena

Olga Orozco
Ésa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,
no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Los trabajos y las noches
lunes, 17 de agosto de 2009
En la administración de Correos
Anton Chejov
La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof
acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua
costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el
anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
-Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En
realidad era una mujer que valía la pena.
-Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el administrador-.
Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su
bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son
harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su
carácter: la quería -¡Dios la tenga en su gloria!- porque ella, con su
carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a
pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel,
a mí, el viejo.
El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto de
incredulidad.
-¿No lo cree usted? -preguntóle el jefe de Correos.
-No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora
demasiado..., entendez vous...? sauce provenzale...
-¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar la
certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas
artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo
ponía en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me
podía ser infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar
la castidad de mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una
hechicería. Con que las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo
que tocaba a la fidelidad de mi esposa.
-¿Cuáles son esas palabras mágicas?
-Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores. Ustedes
mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer, Alona,
sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski».
Con esto bastaba. Nadie atrevíase a cortejar a Alona, por miedo al jefe de
Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de
que Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a
enredarse con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza
de denuncias. Por ejemplo, vería a tu gato vagabundeando y te denunciaría
por dejar tus animales errantes...; por ejemplo...
-¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de Policía?
-exclaman todos con asombro.
-Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad os llamé a
engaño!
Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el silencio.
Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este viejo gordo y
de nariz encarnada habíase mofado de nosotros.
-Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que no nos
volverás a coger -murmuró alguien.
sábado, 8 de agosto de 2009
Sortilegios

Alejandra Pizarnik
Y las damas vestidas de rojo para mi dolor y con mi dolor insumidas en mi soplo, agazapadas como fetos de escorpiones en el lado más interno de mi nuca, las madres de rojo que me aspiran el único calor que me doy con mi corazón que apenas pudo nunca latir, a mí que siempre tuve que aprender sola cómo se hace para beber y comer y respirar y a mí que nadie me enseño a llorar y nadie me enseñara ni siquiera las grandes damas adheridas a la entretela de mi respiración con babas rojizas y velos flotantes de sangre, mi sangre, la mía sola, la que yo me procuré y ahora vienen a beber de mí luego de haber matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría y las grandes, las trágicas damas de rojo han matado al que se va río abajo y yo me quedo como rehén en perpetua posesión.
sábado, 1 de agosto de 2009
Agudeza Gascona
Marqués de Sade
Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gratificación de ciento
cincuenta doblones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del
señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros
Señores, ¿cuál de vosotros pregunta con un acento que delataba su patria, quien,
os lo ruego, es el señor Colbert?
Yo, señor -le responde el ministro-. ¿En que puedo serviros?
-Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una gratificación de ciento
cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida.
- El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a
la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le
ruega que se siente a la mesa con él.
- Con mucho gusto -contestó el gascón-, excelente idea, pues no he cenado
todavía.
Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiempo de prevenir al encargado
mayor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera;
el gascón sube.. pero no le entregan más que cien doblones.
- ¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario-. ¿O no véis que mi orden dice
ciento cincuenta?
- Señor -le contesta el escribiente-, veo perfectamente vuestra orden, pero os
descuento cincuenta doblones por la cena.
-¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos!
-Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.
- Perfectamente -replica el gascón- en eso caso, señor, guardároslo todo; mañana
traeré a uno de mis amigos y estamos en paz.
La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a
la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, que
regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor
Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona.
lunes, 13 de julio de 2009
Nuit du Coeur
lunes, 6 de julio de 2009
Un sueño donde el silencio es de oro
lunes, 22 de junio de 2009
El misterio
Anton Chejov
La noche del primer día de Pascua, el consejero de Estado Navaguin,
después de haber hecho sus visitas, tornó a su casa y tomó en la antesala
el pliego de papel en donde los visitantes de aquel día habían puesto sus
firmas. Mudóse de traje, bebió un vaso de agua de Seltz, sentóse
cómodamente en una butaca y comenzó la lectura de aquellas firmas. Al
llegar a la mitad del primer pliego se estremeció y dio muestras de
asombro.
¡Otra vez! -exclamó golpeándose la rodilla-. ¡Es pasmoso! ¡Otra vez
ha firmado ese diablo de Fedinkof, que nadie conoce!
Entre las numerosas firmas había, en efecto, la de un Fedinkof. ¿Qué
clase de pájaro era ese Fedinkof? Navaguin, decididamente, lo ignoraba.
Pasó mentalmente revista a los nombres de sus parientes, de sus
subordinados; exploró en el fondo de su memoria su pasado más lejano, y
nada descubrió parecido, ni remotamente, al nombre de Fedinkof. Lo más
extraordinario era que, en los últimos trece años, ese incógnito Fedinkof
aparecía fatalmente en ocasión de cada Pascua de Navidad y de cada Pascua
florida. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Qué representa? Nadie lo sabía, ni
Navaguin, ni su mujer, ni el portero.
-¡Esto es increíble! -decíase Navaguin paseándose por el gabinete-;
¡es extraordinario e incomprensible!... ¡Llamad al conserje! -gritó
asomándose a la puerta-. ¡Esto es diabólico! No importa; yo he de
averiguar quién es... ¡Oye, Gregorio! -añadió dirigiéndose al conserje-;
otra vez ha firmado ese Fedinkof. ¿Le has visto?
-No, señor contestó el conserje.
-Sin embargo, él ha firmado, lo cual prueba que estuvo en la
portería.
-No, señor, no estuvo.
-Pero ¿cómo pudo firmar sin venir a la portería?
-Eso yo no lo sé.
-Entonces, ¿quién lo ha de saber? Acaso te duermes y no ves quién
entra. Procura acordarte. Piénsalo bien.
-No, señor; ninguna persona desconocida ha franqueado la entrada.
Vinieron nuestros empleados; también vino la baronesa, con objeto de
visitar a la señora; asimismo vino el clero de la iglesia vecina con el
crucifijo; y nadie más.
-Así, pues, Fedinkof, para firmar, se hizo invisible.
-No lo puedo saber; lo que sí sé es que no había entre los visitantes
ningún Fedinkof; esto lo juraría delante de Cristo.
-¡Increíble! ¡Incomprensible! ¡Ex-tra-or-di-na-rio! -reflexionó
Navaguin-. ¡Hasta tiene algo de cómico! Por espacio de trece años viene un
hombre, firma, y no hay modo de averiguar quién es. ¿Será una broma? ¿Será
que alguno de mis empleados, por chancearse, escribe el nombre de
Fedinkof?
Navaguin emprendió el estudio de la firma de Fedinkof; la rúbrica,
floreada, llena de rasgos y de curvas, al modo antiguo, no se parecía a
ninguna de las otras rúbricas. Figuraba junto a la del secretario
Stutchkin, hombre modesto y de pocos ánimos, quien antes moriría de susto
que permitirse broma tan osada.
-Otra vez ha firmado ese misterioso Fedinkof -dijo Navaguin,
penetrando en el aposento de su esposa-, y tampoco ahora me ha sido
posible averiguar quién es.
La señora de Navaguin era espiritista y explicaba cosas más
inexplicables con la mayor sencillez del mundo.
-No veo en ello nada de extraordinario -repuso-; tú te empeñas en no
creerlo; sin embargo, cuántas veces te he advertido que en la vida hay
muchas cosas sobrenaturales, inaccesibles a nuestra comprensión. Estoy
certísima de que el tal Fedinkof es un espíritu que siente simpatías por
ti... En tu lugar, yo le llamaría y le preguntaría qué es lo que desea.
-¡Vaya una sandez!
Navaguin no tenía preocupaciones; pero el acontecimiento en cuestión
se le antojaba tan misterioso que su cabeza llenóse de ideas del otro
mundo. Transcurrió la velada, y entretanto, meditó sobre si ese Fedinkof
sería alguno de sus subordinados, arrojado del servicio por algún
predecesor suyo, y que se vengaba en la persona de uno de los sucesores de
aquél. O quién sabe si no es el deudo de algún escribiente despedido por
el propio Navaguin. O acaso también el espíritu de alguna doncella por él
seducida... Durante toda la noche, Navaguin vio en sueños a un empleado
viejo, flaco, con uniforme ajado, la tez amarilla como un limón, pelos de
punta y ojos de plato. El empleado, con voz de ultratumba, pronunciaba
frases y enviaba gestos amenazadores.
Navaguin estuvo a punto de sufrir un ataque cerebral. Por espacios de
dos semanas anduvo de un lado para otro en su habitación. Fruncía el
entrecejo y callaba. Vencido su escepticismo, entró en la habitación de su
mujer y le dijo con voz ronca:
-Zina, llama a Fedinkof.
La espiritista, regocijada, ordenó que le trajeran un trozo de cartón
y un platillo, y procedió inmediatamente a sus manipulaciones. Fedinkof no
se hizo esperar.
-¿Qué quieres? -le preguntó Navaguin.
-Arrepiéntete -contestó el platillo.
-¿Qué fuiste tú en la tierra?
-Yo erré mi camino.
-¿Ves? -le murmuró su mujer al oído-, ¡y tú no creías!
Navaguin conversó largamente con Fedinkof, luego con Napoleón, con
Aníbal, con Ascotchensky, con su tía Claudia Zajarrovna; todos daban
respuestas cortas, pero justas y de un sentido profundo. Cuatro horas duró
este ejercicio. Navaguin acabó por dormirse, traspuesto y feliz, por haber
entrado en contacto con un mundo nuevo y misterioso.
Diariamente se ocupó en el espiritismo, explicando a sus subalternos
que existen muchas cosas sobrenaturales y milagrosas, dignas, desde mucho
tiempo, de fijar la atención de los sabios. El hipnotismo, el medionismo,
el bischopismo, el espiritismo, la cuarta dimensión y otros temas
nebulosos acapararon completamente su atención. Consagraba días enteros,
con el mayor júbilo por parte de su esposa, a la lectura de libros
espiritistas; se entretenía con el platillo, con la mesa, y trataba de
hallar explicación a los problemas sobrenaturales. Influidos por su
verbosidad convincente, y deseosos de serle agradables, todos sus
empleados dieron en dedicarse al espiritismo, y con tanto afán que uno de
ellos se volvió loco, y hubo de expedir un telegrama concebido en estos
términos:
«Al Infierno, en la Tesorería, siento que me transformo en espíritu
malo; ¿qué debo hacer? -Respuesta pagada. Vasilio Krinolinski.»
Luego de haber leído algunos centenares de librejos espiritistas,
Navaguin viose poseído de la ambición de componer él mismo una obra. Al
cabo de cinco meses de estudios y compilaciones, produjo un enorme
manuscrito, con el nombre de «Lo que yo opino a mi vez», resolviendo
mandarlo a una revista espiritista. El día en que tomó esta resolución fue
para él un día memorable. Navaguin, en aquella hora trascendental, tenía a
su lado a su secretario y al sacristán de la parroquia vecina, llamado
para un menester urgente. El autor contempló con cariño su obra; la palpó,
sonrió satisfecho, y dijo a su secretario:
-Supongo, Felipe Serguievitch, que habrá que expedir esto
certificado; será más seguro -volvióse luego hacia el sacristán-. Amigo,
te hice llamar porque, teniendo que mandar a mi hijo al colegio, necesito
su partida de bautismo. Es preciso que me la procures cuanto antes.
-Perfectamente, excelencia -replicó el sacristán inclinándose-;
perfectamente; comprendo lo que vuecencia desea.
-¿Puedes hacerlo para mañana?
-Perfectamente; puede vuecencia contar conmigo; mañana estará todo
listo. Sírvase mandar alguien a la iglesia antes del Ángelus. Yo me
encontraré allí, como de costumbre; que pregunten por Fedinkof.
-¿Cómo? -exclamó Navaguin pálido y estupefacto.
-Fedinkof.
-¿Tú eres Fedinkof? -preguntó Navaguin abriendo desmesuradamente los
ojos.
-Así como suena: Fedinkof.
-¿Eres tú quien firmaba en los pliegos de mi antesala?
-Era yo, en efecto -confesó el sacristán, confuso y avergonzado-.
Excelencia, cuando visitamos con el crucifijo a personajes de calidad, yo
acostumbro a firmar... Esto me complace en extremo... Vuecencia me
censurará; pero viendo en la antesala un pliego de papel destinado a
recibir firmas, es indispensable que yo estampe allí mi nombre. Una fuerza
oculta me impulsa a ello.
Mudo y entristecido, Navaguin se puso a caminar a grandes pasos.
Extendió la mano con ademán trágico; una sonrisa extraña asomó a sus
labios, y con el dedo señaló algo en el espacio.
-Excelencia -dijo el secretario-, voy al correo para expedir el
paquete.
Estas palabras llamaron de nuevo a Navaguin a la realidad. Miró
alternativamente al secretario y al sacristán; acordóse de todo; pataleó y
gritó en tono agudo:
-¡Déjame en paz! ¡Les repito que me dejen en paz! ¿Qué me quieren?
El secretario y el sacristán salieron rápidamente del gabinete,
mientras el consejero de Estado seguía gritando con voz estentórea:
-¡Dejadme en paz! ¡Les repito que me dejen en paz! ¿Qué me quieren
jueves, 18 de junio de 2009
Cómo ocurrió
Isaac Asimov
Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ése que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...
Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un periodo de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevo. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro?- dije.
-¿Qué?
Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.
-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabaran cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?
Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:
-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.
-Ése es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio...
-¿De veras han de ser solo seis días, Aaron?
- Seis días, Moisés -dije firmemente.
miércoles, 17 de junio de 2009
Vértigos o contemplación de algo que termina
viernes, 22 de mayo de 2009
Las promesas de la música

Alejandra Pizarnik
Detrás de un muro blanco la variedad del arco iris. La muñeca en su jaula está haciendo el otoño. Es el despertar a las ofrendas. Un jardín recién creado, un llanto detrás de la música. Y que suene siempre, así nadie asistirá al movimiento del nacimiento, a la mímica de las ofrendas, al discurso de aquella que soy anudada a este silenciosa que también soy. Y que de mí no que demás que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido. Es la música, es la muerte, lo que yo quise decir en las noches variadas como los colores del bosque.
sábado, 16 de mayo de 2009
Cuento de arena
viernes, 1 de mayo de 2009
Las estatuas de la Noche
Clark Ashton Smith
Limitadas por un horizonte lejano, que desde cierto punto se encuentra muy remoto y parece fundido con la brillantez azul de un cielo metálico, contrastan el negro esplendor de sus formas marmóreas con el insuperable resplandor del sol. Construidas en el amanecer de los tiempos, por una raza cuyas tumbas en forma de torre y ciudades de altas cúpulas constituyen ahora un solo polvo con el de sus constructores en las lentas evoluciones del desierto, permanecen en pie para contemplar los terribles amaneceres postreros, que surgen en otros países, consumiendo los velos de la noche en las desolaciones infinitas. Al mismo nivel de la luz, sus ceños temibles conservan el orgullo de los reyes Titánicos. En sus ojos de mirada pétrea, implacables y sin párpados, se refleja la desesperación de quienes han contemplado el infinito durante demasiado tiempo.
Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Unicamente al atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados —únicamente al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola—, entonces, y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad, como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo infinito.
viernes, 3 de abril de 2009
Continuidad

Alejandra Pizarnik
No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.
miércoles, 1 de abril de 2009
Un alma en pena
Alejandro Tapia y Rivera
- I -
Alfredo había cumplido los 33 años; edad que el Dante llamó il mezzo del cammin di nostra vita y en que el rey de los mártires apuró en el Gólgota, la copa envenenada, que ofrece el mundo a los que pretenden su bien. -Alfredo no era rico y esto es ya un desengaño en ciertos mundos. Es verdad que tenía lo que debiera ser una riqueza: un alma; pero este es valor que no se descuenta en muchos bancos.
La tarde comienza a dejar su puesto a la noche. Es la hora las sombras.
Mob, la ninfa del sepulcro, envuelta en blanco sudario, presenta a Alfredo la copa envenenada.
Se oye el rumor de música agradable, pero en lontananza, como un eco
perdido, como un dulce pasado que no volverá.
SUSANA. -Yo fui tu primer amor, la azucena de tu infancia, la rosa de
tu adolescencia. Grata y festiva, te di sueños deliciosos que no has
podido olvidar-. La impresión de mi diestra juguetona conmueve aun los
rizos de tu cabellera; alguna cana los matiza ya, es la ceniza del volcán
que ardió y cuya lava era deliciosa. -Lo presente, lo porvenir para
nosotros es... la nada ¡adiós, triste amigo, adiós!
JULIA. -(Ataviada con la guirnalda de la fiesta, hermosa y brillante
como en otro tiempo.) Yo fui el amor de tu vanidad. Te amaste en mí; era
un tributo que debías rendirme. Yo sigo amando y amada como entonces.
Cierto es que la decadencia comienza ya a alborear en mi hermosura, pero
la verdadera hermosura tarda en marchitarse. ¡Ah! ¡Cuán gratas resuenan
aun en mis oídos tus lisonjeras palabras! -En una fiesta al son de la
bulliciosa [522] música, ceñidos en dulce abrazo nos deslizábamos por
espacioso salón. La luz brillaba en nuestros ojos; nuestro ardiente hálito
se confundía, tú, embriagado con mi belleza, aspirabas con ansia, con
delicia, con el éxtasis de un paraíso, el jazmín de mi rubia cabellera...
Desde entonces un rizo de la blonda beldad te transfigura y te muestra
visiones inefables. -Amado Alfredo, yo poseo tu primera juventud. -Tu más
hermosa y hechicera memoria te da un adiós eterno. Tal vez nos encontremos
de nuevo por la vida, pero ya no seremos el uno para el otro lo que en
aquellos días. -Vendrá la primavera, pero las flores del pasado año no
vendrán a saludarla.
ELVIRA. -Yo soy aquella que te inspiró el amor heroico; yo fui la
Judith de tu Biblia, la Corday de tu fantasía, la Eleonora de tu corazón,
la Eloísa que no sabe olvidar, la Julieta que sabe morir. Los huracanes de
la vida doblegaron los robles de la selva...
Sombras de mujeres que aparta el océano del mundo y que uno ve pasar
desde la ribera. -Dejan en prenda una sonrisa melancólica, un suspiro
abrasador.
LA VOZ DE ULRICO. -Amigo mío, los bravos compañeros de la juventud te
aguardan, ¡ay! De los que hayan envejecido y sean sordos a nuestro
reclamo. La ambición de ofrece a nuestra vista. -Busquemos la gloria.
LA VOZ DEL MUNDO. -No, el oro es mejor. La gloria es humo.
ULRICO. -Es humo, pero es bella y embriaga nuestras almas, es más
hermosa que el oro. - ¡Atrás! Mundo miserable. -Alfredo y Ulrico son
jóvenes aún, viven de su alma, aun no es llegado el tiempo en que el mundo
sea su Dios.
LA VOZ DEL MUNDO. -Seguid y ya veréis.
ULRICO. -Amamos el placer, las fiestas, las mujeres, es verdad, pero
el manjar que hinche y apoltrono, preferimos el vino que bulle, emblema de
nuestra sangre y que presta imágenes encantadoras; preferimos el festín
del sibarita, el que finge mundo desconocidos; preferimos a la mujer
positiva, la que nos hace soñar con paraísos [523] y con amores sin
límites. -Hoy llamamos humo las ilusiones de los primeros años: pero
nuestra mente no se aviene sin ilusiones, busquemos pues las menos
frívolas: patria, gloria, humanidad. -Nosotros haremos de la tierra una
mansión de hermanos. Surcaremos los mares en pos de regiones ignoradas,
alzaremos templos al saber, predicaremos la virtud, combatiremos por ella,
por el bien de todos los hombres. Si el martirio nos ataja, sucumbiremos,
pero con gloria.
LA VOZ DE UN ANCIANO. -Hermosos corazones engañados: ¡Viva nuestra
fe! -Mi labio os bendice anegado en lágrimas... Si queréis el Gólgota...
bien está... andad... andad... ya lo hallareis.
UNO DE VUELTA. -Allá no hay nada. -El sacrificio será un escarnio de
vuestra sangre. Las espinas de vuestras sienes os atormentarán demasiado,
infructuosamente.
ULRICO. -Aun soy tu amigo, aun hay amigos; sígueme.
UN JOVEN DESENCANTADO. -La época es árida y espinosa; gocemos y
vivamos.
OTRO ÍDEM. -La eternidad es todo o es nada. -Si es nada, es descanso;
si es todo, muramos.
ALFREDO. -(Desfallecido.) ¡Dios mío! ¿qué hacer?
MOB. -(En traje de tumba, presentándole una copa ornada de flores.)
¡Beber y morir!
- II -
En el horizonte se presenta la luz de la esperanza. No es sol, es
pálido lucero.
El rayo de esperanza tomó forma: Era Amelia.
Era una mujer graciosa y modesta. -Derramaba su luz melancólica y
vacilante como desconfiada, sobre un cielo de otoño. Parecía que el
retraimiento a la que la había condenado un mundo que sólo aprecia lo que
lo fascina, había concentrado en su corazón la llama suave de una ternura
celestial. Flor un tanto marchita, pálido lirio privado de la rama que era
su vida, emblema de un suspiro continuo y ahogado tal vez por el temor a
un mundo burlón y desdeñoso, o acaso porque al ser para otro, rayo de
esperanza, diese lo que no tenía. [524]
El amor que inspiró a Alfredo no era coreado por la vanidad, nadie
exclamaba al verla pasar ¡ahí va ella!
Alfredo confió en que podía sentir, aunque por última vez, una
afición que juzgó sincera cuanto desinteresada y perpetua cuanto pura. En
ello no había otra vanidad para él que la de haber descubierto un tesoro
hasta entonces ignorado. Amelia se presentaba a su corazón como la dulce y
generosa, simpatía, pronta a llenar el vacío de su alma, como un ángel de
redención, como la virgen del último suspiro. Ella tenía ojos que sabían
llorar y que por tanto se hicieron para el amor. -Hela allí esbelta y
solitaria como la palma en el desierto, con su dulce mirar de gacela, su
voz de calandria herida. Su cabellera blonda recuerda los dorados días que
no pueden olvidarse; el azul de sus ojos el risueño celaje de la infancia;
su mirada, el sol de la patria para el corazón proscripto.
ALFREDO. -Los hombres censuran lo que no comprenden. -Elevan hosannas
a la virtud y la vilipendian cuando no lleva manto dorado. -El ángel en
forma de mujer, se hizo mundano y no sabe apurar la copa de un hermoso
martirio.
LA VOZ DEL ALMA ELEVADA. -Viva el sentimiento, blasonemos de él, por
él murió el Dios hombre.
LA VOZ DEL MUNDO. -Locura, locura.
ULRICO. -Ya, lo ves, Alfredo, esa es la voz del mundo.
Venció Iscariote.
Eloísa tiene razón: el amor empieza con sonrisas y termina con
lágrimas.
ULRICO. -Y tendrás que reír Alfredo, pues nada hay mas ridículo que
un enamorado quejoso en este siglo. Pasó la época de los Amadeos; sólo
Asmodeo reina, y es menester reír, cantar y darla de indiferente y
endurecido.
- III -
Amelia no se sentía con fuerzas suficientes para sobreponerse al
barro mundo.
Estaba preparada para entrar en la alcoba nupcial como una estatua
vendida. El aprecio hacia el esposo [525] que la razón de familia ordena,
no cubre el pudor de una doncella. -El único cendal de este es el amor. Lo
demás es una venta que sólo se diferencia de la almoneda pública, con una
legalización que promete a la beldad en cambio de sus más preciosos
favores, la duración vitalicia en el contrato y la promesa de algunos
bienes materiales. Contrato draconiano en que ella entrega su fe, su ser y
hasta sus pensamientos como una perdurable y eterna propiedad. Pero tal es
el mundo y Judas tenía razón: seguir la voz de aquel es lo más cuerdo y
conveniente.
Llegábase Amelia al ara con su guirnalda de azucenas, quizá empapada
en lágrimas; quizá se decía que puesto que así estaba establecido, ella
hacía bien; acaso se felicitaba por su cordura, cuyo aplauso lisonjeaba su
amor propio. ¿Qué mujer no quiere pasar por cuerda? ¡La aprobación ajena
tiene tanto influjo sobre los espíritus débiles! Además, el matrimonio ha
sido siempre para la mujer un santuario desconocido que aviva su
curiosidad, un martirio agradable, un triunfo de la vanidad que produce
envidia en las que se quedan al pie de la montaña! Era pues necesario que
ella se resignase a ser feliz y aun se hiciese de rogar por lo que tanto
quizás deseaba.
Está para verificarse la ceremonia del himeneo. La capilla iluminada
y suntuosa ha abierto sus puertas A numerosa concurrencia. -El sí decisivo
que las humanas conveniencias trataban de arrancar, iba a ser pronunciado.
La doncella trémula y radiante al mismo tiempo, sostenida y aun exaltada
por el heroísmo de la abyección, hijo de la ciega obediencia, alzó sus
ojos y vio en un rincón de la capilla, en medio de las sombras, un
semblante conocido e inolvidable. -Aquel rostro estaba iluminado por unos
ojos que en otro tiempo habían sido espejos de felicidad y que ahora eran
dos lumbreras de ira, de desdén y de amargura; parecían decir: «no se casa
quien puede morir». La doncella no pudo soportar aquella mirada
indescriptible y ahogando un gemido en su garganta, cayó muda y
desfallecida en los brazos del futuro esposo. [526]
- IV -
Aquella, noche en lugar de tálamo nupcial había un féretro; en él
yacía la interesante, la simpática Amelia.
La muerte venía a salvarla de la profanación de su amor y su himeneo.
Su semblante parecía conservar el rastro de la vida, de aquella vida
melancólica y de víctima. La muerte la rehabilitaba.
El ángel había bajado, como en otro tiempo, a remover y purificar las
aguas de la piscina Bethsaida, la de los cinco pórticos, y la leprosa
sanaba entrando la primera en la, Bethsaida de su alma. -Ella precedía a
Alfredo en un cielo en donde debía encontrarla y reconocerla...
purificada.
Con la toca de virgen, parecía más bella a la luz de los blandones
que a la de las antorchas nupciales.
La iglesia estaba sombría. -El túmulo enlutado, las negras colgaduras
prestaban al rostro de los circunstantes un aspecto triste y fúnebre.
Resonaba en las bóvedas del templo el doliente eco de las preces y
salmodias funerales. -Aquel terrible Dies irae nada tenía de espantoso
para el ser que, abandonando el desdichado limo, tornaba a su mansión
primitiva. -Bien podían en un día terrífico y funesto, en el día de la ira
y de la justicia, quedar convertidos en pavesas el mundo y los siglos. La
voz profética de la sibila de que hablan los divinos salmos, no turbaba
aquel espíritu que, si había pagado tributo al mundo, había sin duda
lavado con lágrimas una complicidad hija puramente de la materia. El día
de ira sería pues para ella un día de justicia y de esplendor. Es verdad
que había emponzoñado una existencia; había sido un veneno moral; había
impulsado tal vez hacia las tinieblas del escepticismo una moribunda fe
que hubiera podido salvar; pero el Señor la perdonaría sin duda, porque
ella no sabía lo que había hecho. [527]
Fue conducida la muerta al panteón de su nueva familia.
Alfredo siguió al féretro en compañía de su afectuoso Ulrico,
confundidos ambos entre el concurso. -Arrojó un puñado de tierra y un
pedazo de su corazón sobre aquella tumba y retirose silencioso al mundo,
medio muerto en vida.
- V -
Era una noche tenebrosa y triste. Las estrellas no presentaban su faz
a los pobres habitantes del valle de lágrimas.
Paseábase Alfredo solitario bajo los árboles que rodeaban la que en
otro tiempo fue morada de su Amelia. ¡Aquellas paredes silenciosas eran
testigos tan elocuentes de algunos días de felicidad! Cerraba sus ojos
para recrear los de su alma en la región de los espíritus.
Dieron las doce en la vecina parroquia; de allí había partido aquel
día, envuelto en yerto sudario, el tesoro de su existencia.
Parecíale continuamente oír aquellos cantos de muerte que helaban
todo su ser y apretaban su corazón con un dogal de amargura. -Creía ver
salir de aquella puerta cirios funerales, un féretro, luctuosa comitiva;
oía dolientes gemidos mezclados al canto de los clérigos. -La puerta
permanecía cerrada y muda como el cadáver que había atravesado sus
dinteles algunas horas antes.
¡Amelia! exclamaba el doliente joven. -¡Pobre de mí! ¿Por qué has
desaparecido de la tierra? ¿Por qué me has abandonado en este Calvario de
mi soledad, en esta cruz de mi martirio? Era demasiado dulce la felicidad
que lo futuro podía brindarme; la muerte burlona, pero ¿qué digo? ¿no se
había convertido aquella gloria en cáliz de amargura?
De pronto rechinó la puerta del templo. La calle continuaba
silenciosa.
El sereno lejano cantó las doce que acababan de resonar con lento,
grave y sonoro campaneo. -Era la voz quo recordaba a los que tuviesen
oídos, que el tiempo [528] marcha mientras duermen descansando los
peregrinos de la tierra y se acorta su camino hacia el descanso eterno.
Abriose la puerta del templo. -Su interior yacía en tenebroso
crepúsculo... Un bulto sombrío atravesó los umbrales, deslizándose como un
fantasma... Venía caminando hacia Alfredo. -Su figura parecía la de un
monje cubierto con negra capucha... acercábase lentamente sin ruido, sin
rumor alguno, sin agitar el ambiente que le circundaba, como un verdadero
fantasma...
Acercose a Alfredo... mudo como un espectro. Por debajo de la capucha
vislumbró aquel un semblante blanquecino como el ampo de la nieve. Su
frente y sus ojos permanecían cubiertos bajo aquella aparente mortaja.
-Alfredo sintió que le circulaba el frío que produce la proximidad de una
masa de hielo. -El monje le tendió la mano amarilla como la cera,
descarnada como la de un esqueleto, contenía un papel a manera de carta.
-Alfredo se sentía sobrecogido a pesar de la entereza que debía darle su
indiferencia, por todo lo que no fuese ya seguir al sepulcro a la que lo
acababa de dejar solo en el mundo. -Tomó maquinalmente la carta. El
fantasma desapareció.
El joven sintió el frío de la tumba brotar de aquel billete enlutado.
-Su contacto hizo correr por todo su cuerpo un temblor convulsivo; acudió
a su casa, medio transtornado, abrió aquel billete que parecía venir desde
muy lejos... leyó:
«Basta de lágrimas, Alfredo. -La muerte me ha hecho tuya para
siempre.
»El monje portador de esta carta, es un espíritu amigo; tiene una
obra que llenar en el mundo y podría servirnos de mensajero en nuestros
póstumos amores. -Esta carta encierra un rizo de mis cabellos, de aquellos
cabellos que hacían el encanto y que tanto apreciabas. Renueven o finjan
ellos en tus manos la perspectiva de algunas horas felices, personifiquen
en tu alma la imagen de la pobre mujer cuya presencia has perdido.
-También va una azucena de mi corona fúnebre, ella es una flor de mi
sepulcro; no temas se marchite: el Señor de las misericordias la ha
bendito con su eterno soplo [529] y ya es una flor de la vida. Su perfume,
te dará dulces ensueños y generosos impulsos, grato a la eternidad 'No se
casa quien puede morir', me dijeron tus ojos: El espíritu piadoso me oyó y
me ha enviado el benéfico tránsito de una muerte libertadora. -¡Ay! en el
mundo me enseñaron que era modestia y virtud el disimulo y yo cifré en
este mi vanagloria; pero esta es la morada de la luz y la sinceridad. No
creas, sin embargo que todo es bienandanza. Este no es infierno no es el
cielo y se padece porque se suspira por los que se ama, por lo que se ha
dejado en el mundo. -El Señor ha dicho por boca del hijo «Donde está tu
tesoro allí está tu corazón.» Y como mi tesoro quedaba en la tierra, mi
corazón no podía entrar en la morada de los bienhadados; sufro pues, estoy
en un doliente purgatorio; sufro y peno por ti, mi bien amado, pero cuán
dulce es penar por ti. -Aquí puedo amarte con todo el cariño de que
siempre fue capaz mi alma, te amo en espíritu, y en verdad; padezco por
ti, temo por ti y solo tú podrás sacarme de esta misteriosa mansión. Pero
¡ay de ti, si una resolución criminal te cierra estas puertas y después
las de una perenne bienandanza! ¡Amor y esperanza pueden libertarme, amor
y esperanza pueden salvarnos! Adorado Alfredo en el mundo quedó mi tesoro,
allá quedó también mi corazón. Alfredo cuida de él, no avives las llamas
de este purgatorio... -Adiós.
- VI -
La luz de una bujía estaba para apagarse. -La habitación de Alfredo
iba entrando en la región de las tinieblas...
Alfredo contemplaba el rizo que su amada lo había enviado desde la
eternidad. -Su alma evocaba otra alma.
Sus ojos fueron dilatándose en la viva contemplación; parecía
alucinado.
Sobre su pupitre estaban abiertos varios libros; era cuanto se ha
escrito sobre las manifestaciones del mundo invisible. [530]
Alfredo había buscado la verdad, la luz en el caos; quería
convencerse de la existencia de lo invisible y su contacto con las pobres
formas de la materia. Tenía pruebas en su mano, carta y prendas de su
espíritu querido, buscaba sin embargo una fórmula de evocación ¡ah!
hubiera dado toda su existencia por percibir la benéfica visión de la que
adoraba; recordaba la posibilidad de la transfiguración descrita por los
sabios como un fenómeno positivo. - «Sobrenatural» murmuraba, he aquí una
palabra, que no debe existir en absoluto; ¿qué podrá vislumbrar el hombre
que no quepa dentro de su naturaleza? ¡La realidad infinita! Ese mismo
infinito ¿no es también concepción humana? Esa realidad ¿qué es sino un
espacio que llama al espíritu a ser ocupado por él? La materia, lo denso,
siendo infinito, cabe en la naturaleza, ¿por qué no, lo espiritual, lo
sutil? ¡Ah! cuando mi mente la ve en sueños ¿qué es sino lo sobrenatural
en lo natural, qué es sino la realidad de un ciclo que cabe y llevo dentro
de mi corazón? «Lo que está en lo alto es como lo que está en lo bajo; lo
que está encima es como lo que está debajo». -La síntesis egipcia, la
serpiente que muerde su cola. La antigüedad de este misterioso jeroglífico
es su mejor testimonio. -El sólido enlazado al líquido, el líquido al
vapor, el vapor al éter, el éter a los mundos diáfanos e invisibles, he
ahí la cadena. ¡Dios mío! Que yo la vea, como te veo Señor infinito, ya
que has permitido que mi mente te alcance, ya que has querido que te vea
en ella, como en tu obra. -Que venga a mí atraída a estos ojos de mi
cuerpo, por esa cadena impalpable que me une contigo y a ella por los de
mi alma. -Que pase su ser desde los misterios en que encubres lo eterno,
hasta esta realidad tangible, unida a tu realidad por tu esencia
interminable. ¿Qué habrá de milagroso en mi demanda si todas tus obras son
un perpetuo milagro? -Que la vea, Dios mío, o mi locura es inevitable. -La
he amado mucho y el Cristo tuvo piedad de los que amaron mucho. -Este amor
fue una ley tuya. -Aun cuando ella hubiese sumido su rostro en el fango de
la tierra, aun cuando todos los elementos se hubiesen conjurado contra
ella, yo la hubiera siempre [531] levantado en mi corazón, porque la amaba
y la amo mucho, ¿por qué no; siendo ella una de vuestras elegidas,
purificándose y purificándome en el fuego de su alma?
De pronto los ojos de Alfredo aparecieron como si quisiesen salirse
de sus órbitas; sus cabellos se erizaron, su rostro se puso pálido como la
azucena que tenía en sus manos. -La lámpara mortecina dio a su semblante
el brillo fantástico que presta el fuego del azufre. -Un perfume de
muerte, el ambiente que dejan los cirios al quemarse en la cerrada bóveda
de un templo, inundó la habitación. -Parecía que iba a suceder algo
extraño allí... Sin duda se acercaba la presencia de lo invisible!...
¡Alfredo! exclamó una voz... Alfredo repitió acercándose... El templo
de esta voz era varonil y conocido... Era la de Ulrico que entraba en la
habitación. -Vas a volverte loco.
Alfredo se puso sorprendido. -Todo tornó a su ser acostumbrado. -La
lámpara volvió a luchar con la oscuridad que casi la absorbía.
Ulrico entró buscando a su amigo. -Éste ocultó con presteza su carta
y las prendas que no quería mostrar a los vivientes. Su comercio con el
espíritu, hubiera sido llamado locura, y los hombres, aun cuando su
opinión tornase para expresarse los labios de un amigo tan sincero como
Ulrico, hubiesen profanado un amor que sobrevivía a la muerte.
Alfredo sintió sin embargo junto a sí el rastro de una entidad aérea
y simpática, acaso tomó por tal lo que sólo sería efecto de sus nervios
susceptibles y excitados por aquel estado visionario en que se hallaba.
Ulrico sintió alguna cosa extraña en el vaho de la habitación, pero
atribuyolo a vicio del aire allí encerrado.
ULRICO. -Vas a volverte loco, amigo mío; la juventud, el mundo te
llaman. Fuerza es salir de ese estado miserable, umbral del infortunio
perpetuo y acaso del suicidio. -No la olvides, puesto que su recuerdo te
es tan grato, pero el mal es irremediable. -¿Quién sabe, además? El mundo
tiene grandes recursos para la juventud, [532] y el olvido no es extraño
al hombre. -Quizás encuentres otra más amable. -¡Oh! es preciso olvidar
amigo mío ya que es forzoso vivir Es preciso consolarse.
LA VOZ DEL MUNDO. -Necio del que muere viviendo tras un fantasma.
ULRICO. -Ven pues, amigo mío; para sentir no es necesario volverse
loco. -Cierra pues esos libros en donde han consignado sus sueños y sus
embustes mil cerebros delirantes y ven al valle de vida que nos espera.
Se oye a lo lejos la música y algazara de una fiesta. -Ulrico
arrastra a Alfredo que lo sigue automáticamente.
Alfredo sintió a su oído y en su corazón el eco de un suspiro tan
tenue que Ulrico, menos excitado, no pudo percibirlo. -¡Ya se ve, venía
aquel de tan lejos!
- VII -
(1)
Hierve el champaña en las copas.
ULRICO. -Jacobo, una canción.
JACOBO. -Comience Carlos, cuyo vino es más alegre.
ULRICO. -Vamos, aquí tenemos en Jacobo otro romántico.
EDUARDO. -Yo creía que el spleen era exclusivo de Alfredo.
Este guarda silencio. -Su palidez no cede ni ante el calor que
esparce en sus venas el bullente líquido. Sus ojos se fijan de vez en
cuando con distracción, sus labios quieren sonreír en vano; su alma no
está allí.
ULRICO. -Jacobo llora también ausencias, Elena, Elvira, Matilde...
¡qué sé yo! Su corazón parece haberse convertido en colmena; cada una
tiene allí su celdilla.
EDUARDO. -Vamos, Carlos, olvidemos nuestro desencanto al rumor de las
botellas. -Siempre fuiste un buen camarada para destapar algunas flacas.
[533] -Estoy por las flacas, suelen ser más espirituales, las botellas, se
entiende.
(Cantando.) Bella es la vida; en la
abundante mesa
se ensancha el corazón, el alma goza.
No quiero mas penar; ¡vino, Teresa!
Esta es la vida... lo demás es broza.
CARLOS. -(Recitando.) Topé yo una mujer
con uña y rabo,
de estrepitoso y brusco desenfreno,
de esas que tienen el hocico ameno
y que todo lo toman por el cabo. [534]
ULRICO. -Bravo, bien.
JACOBO. -Adelante.
EDUARDO. -Que glose.
JACOBO. -Silencio.
CARLOS. - «Y que todo lo toman por el cabo».
JACOBO. -Que glose, que glose.
CARLOS. - Al salir de mi casa cierto día
pasé de Finisterre por el cabo,
EDUARDO. -¡Sopla!
JACOBO. -Silencio, adelante.
CARLOS. - Ninguno de vosotros lo creería
topé yo una mujer con uña y rabo,
Y con cuernos también, que es muy forzoso
la chaveta cubrir cuando hay sereno,
y más si la mujer es un coloso
de estrepitoso y brusco desenfreno.
Era la dama de gentil quilate
de las que pastan la cebada y heno,
que tienen por nariz un disparate,
de esas que tienen el hocico ameno.
Espantéme al mirar sus cucamonas,
y no penséis de esquivez me alabo,
porque era de esas damas retozonas
y que todo lo toman por el cabo.
EDUARDO. -Bravísimo.
ULRICO. -«Y que todo lo toman por el cabo». Soberbio, soberbio.
EDUARDO. -A la salud de Carlos. (Beben.)
D. CELIO ALMODÓVAR. -(Viniendo de la mesa vecina en que se juega.)
¡Acabo de perder mi reserva!
EDUARDO. -¡Qué lástima!
JACOBO. -La célebre onza que nunca se perdía.
EDUARDO. -La que siempre desquitaba.
ALMODÓVAR. -Para rescatarla, jugaría hasta mi puesto en la otra vida.
CARLOS. -¡Picaron! como estás seguro de que acaso no sea muy bueno.
ALMODÓVAR. -Aunque lo fuese.
CARLOS. -(Con sorna.) ¡Blasfemo!
ALMODÓVAR. -¿Qué queréis? Estoy loco. -¡Acabar por perder aquella
onza!
ULRICO. -¡Que era la de Almodóvar!
ALMODÓVAR. -¡Y que me prometía con ella labrar algún día esa fortuna
cuantiosa con que siempre he soñado!
EDUARDO. -Vamos a ver D. Celio, siéntese V. y tome un trago de lo
hermoso... Ahora platiquemos. -Aquí viene V. otros que desean lo que V.
-Supóngase el Sr. Almodóvar que el abate Faria resucitase para sólo darle
una fortuna rival de la que dio a Dantés. Supóngase que la sombra del
bucanero Morgan le llevase a su caverna en la isla de la Mona, para
mostrarle lo que todos dicen que guardó allí- ¿Qué haría V. con tanto?
Todos lo imaginamos, pero queremos probarle que todo es poco cuando se
trata de distribuirlo por gentes como nosotros.
ALMODÓVAR. -En primer lugar mandaría construir un lujoso palacio
digno de un Encantador, fantástico, excéntrico a mi modo.
JACOBO. -¡Para V. solo!
ALMODÓVAR. -Para vosotros también, amigos míos; con vosotros quisiera
compartir los tesoros de la fábula.
EDUARDO. -Traeríamos cocineros franceses por supuesto. [535]
ANELLO. -El fondista (Metiendo su cuarto a espadas.) Scordasti i
macarroni.
EDUARDO. -Sí, sí, cocineros italianos también; Anello es hombre de
gusto.
ULRICO. -Olvidábamos que la patria de la poesía y las bellas artes,
lo es también de i manggiatori.
EDUARDO. -Y bien visto, la buena cocina es también una de las bellas
artes.
ANELLO. -(Sobándose la panza.) Por supuesto; un bel arte,
sicurissimo, un bel arte miei signori.
EDUARDO. -Pero volvamos a lo del Palacio; tendríamos cocheros
ingleses, mayordomos alemanes, caballos de todas razas.
JACOBO. -Mujeres francesas.
ULRICO. -Ya pareció aquello.
CARLOS. -Circasianas, georgianas, estoy por las bellas esculturas.
EDUARDO. -No señor; ¿a qué tener que entenderse con mujeres que
hablan ruso o turco...?
ALMODÓVAR. -No le hace; me agrada la mímica y ya nos entenderíamos.
EDUARDO. -Disparate, estoy mejor por las francesas.
ULRICO. -¿Hay algo más apasionado que una española, que una italiana?
CARLOS. -¿Y a dónde me dejáis los poéticos rostros del Norte, las
novelescas britanas, las excéntricas hijas de Washington? ¿Y qué decís de
las incomparables sucesoras de los Incas?
ALMODÓVAR. -Vamos, vamos; para que todos estuviesen contentos,
traeríamos una de cada nación.
JACOBO. -Bravo, magnífico.
ULRICO. -¿Y qué pensáis del pobre Alfredo? Necesita consuelos;
nosotros debemos hacer por él todo lo posible, nuestro querido y triste
amigo.
CARLOS. -Le buscaremos algún pálido fantasma de ojos azules que le
haga olvidar la pena que le abruma; evocaremos la sombra de Eloísa o
iremos a Teruel a buscar los huesos de Isabel de Segura; solo así estará
contento este nuevo Marsilla.
ULRICO. -Dejemos esta broma, amigos míos; Alfredo [536] lo que ha
menester es la cariñosa, solicitud de sus amigos y sobre todo nada de
burla sobre su estado.
JACOBO. -Nada de eso; a Alfredo se las daremos todas y a más nuestros
brazos y nuestro corazón. Todos le abrazan.
EDUARDO. -Un brindis por Alfredo.
CARLOS. -Por que torne a su estado la alegría que en él tenía su más
vivo espejo.
TODOS. -(Beben.) Bien, bien.
ALMODÓVAR. -Por lo visto, a pesar de ser yo el dueño de la fortuna,
me dejaríais sin dama si quedase a vuestra elección.
LETARGO. -(Despertando.) Vamos, para V. amigo Almodóvar, se queda la
mujer con uña y rabo de que habló Carlos hace poco. -Vamos no os hagáis el
niño, el caso José, pues estamos seguros de que si ella os echara los
brazos, no la dejaríais en ellos vuestra capa, como hizo aquel con la
mujer de Putifar.
ULRICO. -Caballeros, habló De profundis. -D. Letargo, por lo visto,
comprendió que si continuaba dormido, se quedaría sin parte del botín.
LETARGO. -Claro está. -Con sólo hablar de ellas se volvió esto el
puerto de arreba-capas y no quiero que cual camarón dormido me arrastre la
corriente. -Para Almodóvar tengo yo una trigueña de los trópicos que ya...
CARLOS. -Bien, caballero; basta por lo que respecta al harem.
JACOBO.- Tendríamos allí jardines que envidiaría Lenôtre, lagos y
chalupas, bosques poblados de canoras aves.
EDUARDO. -Ya tenemos los idilios -sólo nos falta Leandra vestida de
pastora.
ULRICO. -Invitaríamos a Alejandro Dumas, padre, que es todo un buen
tercio, a qué pasara un verano con nosotros. Él daría celebridad y realce
a nuestro fausto.
EDUARDO. -Sí, porque el aplauso es la corona de los goces. Veríais
que romances haría sobre loa Adanes y las Evas de este nuevo Edén.
ULRICO. -Y bien, amigos míos; ¿cuándo esa fortuna tocase a su
término?
CARLOS. -Un festín de despedida nos apartaría [537] de este mundo
llevando a cuenta bastante cantidad sobre los tesoros del otro.
JACOBO. -¿Y habéis olvidado que aquí había muchos para quienes la
vida no es un Edén de riquezas, sino un valle de lágrimas y cuyas quejas y
maldiciones podrían atormentarnos en la tumba?
ALMODÓVAR. -Es verdad. -Pero todos estos son por desgracia sueños.
EDUARDO. -De locos.
JACOBO. -Es decir, de hombres.
ULRICO. -Por fortuna tenemos algunas perlas de piedad en el alma y
esto no deshonra nuestros sueños de riqueza.
ALMODÓVAR. -Esto es tan cierto como que trato de ir a rescatar la
imponderable. -De lo contrario, me suicido con el guijarro que ya sabéis.
ALFREDO. -¡No puedo sufrir más! Ulrico déjame, dejadme amigos míos;
quiero estar solo, si no, voy morir... dejadme!
Algunos siguen a Alfredo, a poco vuelven todos... se sientan.
ULRICO. -¡Pobre amigo!
CARLOS. -Es verdad (Llamando.) ¡Jaime, champaña!
Continúa el ruido de las copas, las imprecaciones de los jugadores,
los cantos de alegría... o de amargura y despecho disfrazados.
Cae el telón, una de las muchas cortinas de este mundo.
- VIII -
Vagaba Alfredo alrededor de la Iglesia que ya conoce el lector; la
puerta no se abría; el monje-sombra no se presentaba.
¡Me ha olvidado ya! exclamaba.
¡Ah! ¿por qué no la he seguido? Es imposible que sea una vana
alucinación. -Aquí, sobre mi corazón está su carta, siento en él la
impresión extraña que su contacto produce en mi ser. ¡Ah! indudablemente
estoy loco... ¡No se mata quien debe vivir! Y sin embargo, morir sería
para mí un consuelo tan grande! [538]
Ahí he dejado a esos amigos que creen vivir pretendiendo embotar en
burlas y en sátiras amarguísimas o en sueños de una suspirada ventura, la
espina fiera que todo nacido lleva en sus entrañas. -¿Quién no ha visto
burlada una esperanza? ¿quién ha podido matar en su alma y para siempre un
deseo atormentador? ¡Ah! ¡tu copa, Mob!
Al decir esto sentía hervir su cabeza comprimiéndola entre sus manos
como si tratase de ahogar el bullente fuego que devoraba su cerebro.
-Paseábase agitado por su habitación, en que acababa de entrar presa de un
violento frenesí.
-¡Me ha olvidado ya! -Hace tres, siete, nueve días, que acudo en vano
al lugar de sus citas, a su sepulcro, al templo, a las cercanías de la que
fue su morada; el sombrío mensajero no se ofrece a mi anhelante afán.
Desde el día en que aquí mismo estuve a punto de ver su imagen
querida, evocada en nombre del cielo y de mis dolores, desde entonces está
sorda a mi voz; aquel suspiro desgarra aun mi alma. -Ulrico, celoso de lo
que llama mi tranquilidad, vino a buscarme entonces para llevarme a ese
mundo que detesto y que es ya para mí un desierto sin límites. -Ella se ha
olvidado del que sin ella no puede vivir. -¡Amelia, querida Amelia!...
Pues bien, yo también la olvidaré, quiero vivir, viviré, haré lo que
tantos otros. -Aquí, su carta, su rizo... Me dijo que sus cabellos serían
en mi mano un talismán poderoso, un verdadero resorte mágico para evocar
su sombra. -¡Ah! ¡cuántas veces la he invocado infructuosamente! Destruya
el fuego de una vez tan atormentador hechizo.
Aplica la guedeja a la bujía, comienza a quemarse.
El eco de un doliente suspiro hiere su corazón.
Ilumínase la estancia con resplandor siniestro; crece el espacio de
aquella ante sus ojos. Aparecen allá en lontananza los objetos antes
cercanos; a lo lejos se levanta un túmulo, luces funerales iluminan un
féretro... ábrese éste... álzase de él con solemne y medrosa lentitud una
sombra, el cadáver de una virgen; su blanco sudario forma un contraste con
lo enlutado de las paredes y del túmulo. Es la sombra de Amelia... pálida
como [539] su túnica, demacrada como la muerte. -Sus ojos están fijos como
los de una estática- ¡cuán hermosos, sin embargo! El ligero vidriado que
les presta la muerte, sólo ha empañado un poco, aquel diáfano espejo de un
alma expresiva y bella; ¡ay! aquellos ojos cuya mirada era una sonrisa o
una queja, que tenían todo el brillo vago de un hermoso pensamiento, toda
la elocuencia de un tierno corazón; aquellos ojos que sabían llorar y se
hicieron para el amor. -Su semblante descarnado conservaba aún la dulzura
y suavidad de aquellas facciones como el diseño medio borrado, como el
iris que va a desaparecer, como el disco de un astro al través de una nube
blanquecina. -Estaba triste, ¡ah! traía sobre su ser el padecimiento de la
indefinida ausencia, el encanto de una piadosa resignación. Era el rostro
de una mártir al subir a la mansión del premio. La corona de azucenas con
que se acostó en la tumba, aderezo de sus nupcias funerales estaba cuasi
lozana todavía, solo que la incuria del sepulcro había deshojado alguna de
sus flores.
Llegose a Alfredo, inmóvil, deslizándose como el ave que se cierne
sobre los aires, impulsada por el blando céfiro de regiones ignotas, con
la vaguedad de un espíritu... acercose...
Alfredo yacía mudo, doloroso, lleno de pasmo y dominado por terror
indescriptible... Quiso hablarla... pero su voz murió antes de ser
articulada; sus labios y su seno parecían oprimidos por una masa de
hierro.
Acercose más el fantasma; levantó una mano que Alfredo había
acariciado tantas veces en dulce arrobamiento, una mano que la muerte
había descarnado prestándole el color de amarillenta cera, pero graciosa
todavía... Púsola sobre el corazón del joven. -Sintiose éste morir a la
impresión de aquel yerto y levísimo contacto; sintió en su frente una
impresión más yerta todavía, eran los labios de Amelia, su sensación fue
indefinible; sintió el eco en su corazón y cayó desmayado. [540]
- IX -
Las antorchas brillan, la música resuena; cien bellas danzan
adormecidas en brazos de sus alegres amadores. Reina la fiesta, reina la
alegría.
ALFREDO. -¡Oh! ¡carga pesada! ¡Por piedad, por piedad, espíritus que
me rodeáis, ayudadme a llevar esta pesada cruz de la vida! ¿Por qué, dulce
visión mía, al tocar mi corazón con tu mano helada, no me comunicaste, la
venturosa muerte? -¿A qué vedarme el morir, ese tránsito que miro como un
bien suspirado? ¡Ah! ¡tantos otros que tienen en este mundo lauros y
sonrisas, que suspiran de gozo cuando el sol nace y lloran temerosos de
que al ponerse no les deje allí! -¡Tanta madre que gemirá a la cabecera
del hijo amado, pidiendo al cielo con dolientes quejas la vida que se
extingue! ¡Cuánto anciano temeroso, cuánto joven moribundo no podrían
saborear esta vida que es para mí un estorbo y que yo les daría en cambio
del sepulcro que les amenaza!
UN MÁSCARA. -Alfredo, estás esperando una resurrección que no
llegará... todavía. ¿A qué apurarte? La trompeta del Juicio tiene su día
marcado y en Josafat hay sitio para todos: Allá nos encontraremos. -Entre
tanto escucha resonar con gozo estas trompetas de la locura, y danza
alegre en este torbellino. -En él bullen ocultas todas las pasiones que
habrá que condenar en Josafat, y hay caras más ridículas que las que allí
se verán en aquel día sin sol y sin sombra.
Esto por lo menos, como no es el valle del Juicio, en lo menos que se
piensa es en tenerlo o en hacerse justicia. -A la danza pues y hasta
entonces, ¡viva la injusticia! Su bondadosa antagonista ha hecho bien en
reservarse para otro mundo cuando porque en este la apedrearían.
OTRO MÁSCARA. -Lástima es que no haya otro diluvio universal para ver
como nadaban ciertos ánades.
OTRO. -Alfredo ¿estás triste? Este no es sitio de duelo. A llorar a
los cementerios; este es un jardín en que hay bellas flores que dan
alegría. -Dime, si al bailar con una hermosa como aquella (Indicando a
Julia [541] que pasa danzando junto a él.) ¿echarías de menos el paraíso?
¡Oh! que me lo den aquí en la tierra; de seguro que no será tan necio que
lo pierda por comer de una manzana... sobre todo cuando hay otras tantas
frutas deliciosas.
Alfredo llevaba a su labio la azucena de su amada aquel talismán de
los gratos ensueños y de los generosos impulsos.
De pronto oyó pronunciar su nombre. La voz que lo articulaba era una
melodía dulce y melancólica, era tenue y grato acento, un eco adorado que
penetró en su corazón y sacó de allí dos lágrimas de ternura, de aquellas
tanto tiempo detenidas y que en vano había llamado a sus ojos para
desahogar la amargura de sus penas.
Volvió la vista; halló junto a sí una misteriosa enmascarada. El
corazón lo decía que aquel era su soñado Espíritu. ¡Tenía tantas cosas que
decirle! ¡Era tan inesperada su aparición!
En esto resonó un vals, uno de aquellos torrentes armoniosos de
Strauss que vierten en la fantasía encantos inefables, cuyas transiciones
de lo armonioso a lo melódico semejan ora un despeñado raudal estrepitoso,
ora un río apacible y lleno de plácidos rumores; festivos y melancólicos a
la vez, invitan ya a la exclamación del contento ya a la queja del dolor.
Notas suspiros tan vagos para describirse, cuanto lo son las emociones que
ocasionan, encanto del éxtasis, vaguedad del éter. -Strauss es el bardo
eufónico de la juventud de nuestros tiempos, entusiasta como las ideas que
la inspiran, quejumbrosa al estrellarse contra la roca levantada por el
duro y árido positivismo de nuestra época; vagarosa como ese océano de
poesía incierta y desconsolada, peculiar de nuestro dudoso siglo;
rechazada por do quiera, solo encuentra un cauce en el desierto sin
horizontes de su infinito.
A la ruidosa invitación de la orquesta, correspondió un enjambre de
parejas que comenzaron a deslizarse como otros tantos torbellinos
arrobadores.
La máscara silenciosa apoyó su brazo en el de Alfredo, [542] dejose
ceñir por éste la aérea cintura como en ademán de aceptar aquella
invitación a la danza, lo que él hizo dejándose llevar maquinalmente.
Un extraño estremecimiento de felicidad desconocida, incalificable,
se comunicó a todo su ser; aquel contacto levísimo, imperceptible como un
placentero hálito, helaba y enardecía su alma a un mismo tiempo. -Su vista
se desvanecía cual si le acometiese un deliquio, un vértigo
extraordinario, asediábanle la pena y el contento; en vez de pensamientos,
solo tenía imágenes, pero vagas, imperfectas y deliciosas, esquivas a la
forma como una emoción, como el sueño de una existencia desconocida,
llorosas y risueñas, placenteras y colmadas como la felicidad.
Dejáronse llevar mutuamente en aquel torbellino fugaz, eléctrico, más
poderoso que sus fuerzas, más poderoso que su voluntad.
Alfredo sentía escaparse de sus brazos aquel espíritu consolador,
impulsábase a asirlo. -¿mas quién podría asegurar entre sus brazos la
fantástica sombra de una imagen, de un sueño?
Las espléndidas notas del gran músico alemán, hacían correr por sus
venas una lava tibia y grata. -Sus nervios vibraban como las cuerdas de
una lira, su cerebro era un panorama en que iban pasando fugaces, al
compás de aquella encantadora música, cien y cien visiones celestiales.
-Aquellas vagas cadencias retrataban el delicioso extravío de su ser, cada
una de ellas era para el alma una ondulación, una vibración divina.
Perdíase su alma en los espacios, vela lo invisible, palpaba el éter; en
aquella transfiguración hechicera sentía la realidad infinita. -Allí
estaba Amelia, la veía, la palpaba, iba con él por aquellos espacios del
espíritu en pasmo del alma, en éxtasis beatísimo. -Parecíale ir camino de
los cielos, vislumbrando allí su encanto, percibiendo sus coros angélicos,
al suave impulso, mecido sobre las alas de un arcángel.
Cuanto hayan imaginado los poetas en su embriaguez de hermosa
inspiración, cuanto hayan soñado los elegidos, allí estaba en su alma, en
aquel huracán sin estruendo [543] ni rumores. -El salón huía de su vista,
los circunstantes eran otros tantos mandos luminosos que le salían al
encuentro, que se deslizaban por su lado, que le amagaban sin tocarle, con
sus luminosas cabelleras, ¡aquello era morir, pero morir en brazos de los
ángeles en las puertas de un amado cielo!...
- X -
Al volver Alfredo en sí, se encontró en su habitación; los cuidados
de Ulrico y demás amigos le mostraban que su accidente había sido harto
grave. -No le quedaba duda de que había sido víctima de una terrible
alucinación; sin embargo creía recordar que el Espíritu, al deslizarse de
sus brazos, dejó en su crispada mano un girón de su sudario; al volver,
había hallado aquella prueba de que su sueño había sido una incomprensible
realidad; al comprimir aquel despojo de la tumba, trocose en polvo y
luego... en nada; lo que ya era su Amelia para este mundo.
El espíritu había murmurado a su oído o mejor, había escrito en su
mente estas palabras: ¡Morir por el bien del hombre no cierra el cielo;
todo hombre puede encontrar un glorioso Calvario y después un paraíso!
Estuvo Alfredo gravemente enfermo, no le dejaron sin embargo morir.
-El espíritu no vino a verle sin duda por piedad: no era caridad traer al
pobre viviente imágenes de un cielo que debía ver escapar.
-Ella padece por mí, murmuraba, me aguarda; ¡vivir aquí teniendo mi
tesoro en la eternidad! ¡Estar ella en la eternidad teniendo su tesoro en
este mundo! ¡La hora es ya llegada!
- XI -
La voz de un héroe llama a un pueblo que se agrupa en torno de su
bandera. -Aquella bandera está bendita y es el lábaro de la humanidad.
El campamento se agita con los preparativos de la batalla. -El
resonar de los clarines y las bélicas músicas [544] enardece la sangre y
los espíritus; el entusiasmo de una noble causa se siente bajo aquellos
pendones que flamean al matutino soplo; las armas resplandecen y resuenan.
-Al acento de los caudillos sucede el silencio momentáneo y solemne de
expectación que precede al combate. -En ese momento de incertidumbre y
acaso de ansiedad, cada cual trata de justificar en su conciencia la causa
por qué va a derramar su sangre y la de sus contrarios, sangre humana y de
hermanos; ninguno espera que caiga sobre su cabeza. -Estos son los
momentos del examen de conciencia, del testamento moral; recuerdo de
cariño por lo que se deja en el mundo, gemido del alma al ver segada en
flor alguna ilusión que aun podía realizarse en la vida...
Trábase la lucha; retumba el cañón, el humo y el tumulto cubren el
aspecto y la voz de los combatientes. -La lucha es encarnizada, aquellos
dejaron de ser hombres para ser tigres, es la sublimidad del león, de la
fiera que satisface un brutal instinto, pero ¡ay! desgraciadamente los
hombres tienen con frecuencia que reñir para obtener la paz y el bien;
toda idea nueva, aun la más generosa, es casi siempre bautizada con
sangre. Así está escrito.
Allí estaba Alfredo, allí estaba Ulrico cuyo corazón era el de un
soldado de la humanidad, esa hasta hoy madrastra descreída que sus hijos
tienen que obligar a ser madre a fuerza de lutos y de lágrimas; allí
estaban otros jóvenes gastando gustosos la savia de su alma en un combate
desinteresado.
LA VOZ DEL MUNDO. -Allí están algunos jóvenes ilusos que pelean por
una palabra, sin más recompensa que la vanidad de un aplauso. -¡Pobres
mozos! Olvidan que los redentores son siempre crucificados. -¿Qué sacarán
de tanto estruendo? Nada para ellos o lo que es lo mismo un pobre laurel y
la necia satisfacción de haber defendido lo que ellos en su juvenil
ilusión apellidan «una buena y noble causa».
Terminó el combate. [545]
- XII -
Tornaron las fuerzas a su campo; es decir, que habían sido rechazados
hasta mejor ocasión.
En el combate había recibido Alfredo un balazo en el pecho, sin
embargo, aun vivía.
Ulrico estaba junto a su lecho de campaña.
El dolor físico no era bastante a desvanecer el gozoso encanto que
expresaba el semblante del herido.
Las sombras eran cada vez más intensas.
El quién vive de un centinela, no correspondido, fue secundado por un
disparo y otra serie de ellos que no lograron detener en su impasible
marcha, una aparición de figura humana que se introducía en el campamento
y que llegaba a la tienda de Alfredo...
Era un enlutado monje que venía a escuchar su confesión... Alfredo
reconoció en él a su fantasma amigo, a su sombrío mensajero.
Levantose Alfredo, Ulrico dormitaba rendido de fatiga...
Siguió aquel al monje.
Salieron ambos del campamento.
El silencio mortal les servía de compañero.
Alfredo y el monje entraron en una región desconocida.
Abriose una tumba; un cadáver, mejor dicho, una amada sombra recibió
a aquel en sus brazos.
La mano descarnada del clérigo-fantasma bendijo su unión en nombre
del cielo.
Apareció en los aires la escala luminosa de Jacob que fue
extendiéndose con ellos hasta perderse en las nubes. El manto o la mortaja
de Amelia cubría la sombra de Alfredo.
Ulrico vio en sueño los dinteles de un mundo celestial; percibió allí
a su amigo y a su amada que entraban gozosos. -Al son del arpa gloriosa
del rey-profeta, cantaban los querubes el salmo de la bienaventuranza.
El Cristo escribía con sangre de su costado sobre aquellas [546]
almas: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón».
Aquella música agradable despertó a Ulrico.
Las bandas del campamento hacían resonar la alegre diana.
Tendió Ulrico la vista sobre el lecho de Alfredo; tan solo halló un
cadáver querido que abrazó y anegó en amistosas lágrimas.
Que Alfredo murió en aquella batalla es cierto. -Lo demás será un
sueño de Ulrico, él es quien todo me lo ha contado.
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