sábado, 8 de enero de 2011

El fuego


Selgas.

…Permítanme ustedes que no me aparte de la chimenea: estoy triste y el cielo ha vestido el traje con que suele aparecer los días que nieva.
La llama que se agita impaciente en el fondo de la chimenea, se mueve con la vivacidad de una niña que quisiera absorber toda mi atención. Parece un espíritu compuesto por estos tres colores, azul, blanco y rojo. Hay momentos en que se queda inmóvil, como si se sintiera detenida por un pensamiento repentino; pero luego vuelve a su paciente movilidad. Ahora, se empina derecha y brillante, como la hoja de una espada, ya se deja caer lamiendo ansiosa la corteza de los troncos, chupando de ellos la sustancia que la anima, ya los rodea, los envuelve, los ciñe, los oprime mientras ellos gimen, yo no sé si de placer o de dolor. El humo se escapa blanco y negro por el cañón de la chimenea, jugado con el aire, como un alma que se escapa del cuerpo; la leña abrazada salta en chispas encendidas, como si quisieran deshacerse del fuego que la consume, y entretanto la llama triunfa como una pasión desordenada.
…Aquí, el amor de la lumbre, al dulce calor de la llama que devora los troncos se siente hervor en la cabeza una multitud de pensamientos brillantes y fugitivos como la llama, vagos como el humo. ¡Con qué placer me acerco ahora a ese elemento misterioso, que al mismo tiempo me llena de calor y de pureza! ¡Con qué dulzura se duerme un hombre en los brazos de una chimenea! ¡El fuego es el rey de la naturaleza! Calienta y alumbra. Sus colores son los del oro, los de la púrpura, los del acero. Decidme si puede haber un sentimiento que pueda existir sin él. El alma, no es más que la chispa de una llama que no se apaga jamás.
…No hay en la naturaleza una sustancia que pese tanto como el fuego. La mano más nerviosa no puede sostener dos minutos seguidos una brasa como una avellana. No hay al mismo tiempo nada más leve que una llama: un soplo se la lleva. Ante el fuego el hierro se dobla, el acero se rompe, el oro se ablanda: y ¿raro contraste? Por él es duro el hierro, flexible el acero, puro el oro. Delante de mi lo tengo llameante, ligero, insaciable, siempre el mismo, siempre otro. Lo veo entretenido de devorar unos cuantos pedazos de encina que no se atreven a resistirlo. ¿A dónde irá, así que consuma la ultima astilla? El está en todas partes. Llamad con lo más frío, que es el acero, sobre lo más insensible, que es la piedra, y al primer golpe, os saltará a los ojos en una nube de chispas.
¿Por qué una cosa tan limpia, tan brillante, tan ligera, deja tan negro el camino por donde pasa? La infancia es una luz, la juventud una llama, la vejez un poco de ceniza.

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