jueves, 6 de enero de 2011

La máquina de vapor


Arnott.

En su actual estado de perfección, la maquina de vapor, a la que el fecundo genio de Watt hizo ejecutar milagros de sencillez y utilidad, parece una cosa dotada casi de inteligencia. Regula con precisión y uniformidad el número de sus movimientos en un tiempo dado y los cuenta y anota como para decir cuánto trabajo ha hecho, así como un reloj cuenta las oscilaciones de su péndulo, regula la cantidad de vapor que se necesita, la viveza del fuego, la cantidad de agua en la caldera, la del carbón en la hornalla, abre y cierra sus válvulas con exacta precisión en tiempo y modo; aceita sus junturas, expele el aire que por casualidad se introduce en las partes donde debe hacerse el vacío; y cuando marcha mal, sin que por si misma pueda corregirse, lo avisa al operario tocando una campana, y con todos estos talentos y cualidades, a pesar de tener una fuerza de 600 caballos, obedece a la mano de un niño; su alimento es el carbón, la leña u otro combustible; no lo consume cuando está ociosa, no se cansa ni necesita dormir, no se enferma cuando desde su origen queda bien hecha, y solo rehúsa trabajar cuando se encuentra gastada por los años; es igualmente activa en todos los climas y trabajará de todas manera; es bombero, minero, marinero, escardador de algodón, tejedor, herrero, molinero, etc.; y una pequeña máquina, como si dijéramos una jaca de vapor, puede arrastrar en su camino de hierro cien toneladas de mercaderías o un regimiento de soldados con mayor rapidez que el más ligero de nuestros coches. Es la reina de las máquinas y la realización efectiva de los genios de la leyenda oriental, cuyas facultades sobrenaturales se pusieron a veces a disposición del hombre.

miércoles, 5 de enero de 2011

El viaje a pie


J. J. Rousseau.

Yo no conozco más que una manera de viajar que sea más agradable que la de andar a caballo, es ir a pie. Parte uno cuando se le antoja, se para cuando quiere, hace tanto y tan poco ejercicio como desea, se observa todo el país, ora yendo a mano derecha, ora a mano izquierda, examinando cuanto agrada, deteniéndose en todos los bellos sitios. Me encuentro acaso con un río, lo costeo; con un bosque tupido, penetro bajo su sombra; con una gruta, la visito; con una cantera, examino los minerales. Donde quiera que me halle a mi gusto, me demoro. En el acto que me fastidio, me voy. No dependo de los caballos ni del postillón. No necesito escoger sendas trilladas, caminos cómodos; me abro paso por doquiera otros se abren paso; veo cuanto puede ver un hombre; y no teniendo más que yo para gobernarse, gozo de toda la libertad accesible al hombre.
Viajar a pie, es viajar como Tales, Platón y Pitágoras. Cuésteme comprender cómo un filósofo puede resolverse a viajar de otro modo, y privarse del examen de las riquezas que huella y que la tierra prodiga ante sus ojos…
¡Cuántos placeres en este modo de viajar, sin contar la salud que se robustece, y el humor que se alegra!

martes, 4 de enero de 2011

Todos los hombres son hermanos


Shih.

Cuando todos mis amigos se reúnen en mi casa hay dieciséis personas en total, pero rara es la vez que vienen todos. Pero salvo en días de lluvia o tormenta, es también rara es la vez que no venga ninguno. Casi todos los días tenemos seis o siete personas en casa, y cuando llegan no empiezan a beber inmediatamente; toman un sorbo cuando quieren y luego dejan de tomarlo cuando quieren, porque consideran que el placer consiste en la conversación y no en el vino. No hablamos de política de la corte, no solamente porque está fuera de nuestra debida ocupación, sino porque a tal distancia la mayoría de las noticias se basan en cosas oídas; las noticias de oídas no son más que rumores, y discutir rumores sería malgastar saliva. No hablamos tampoco de los defectos de la gente, porque la gente no tiene defectos, y no debemos calumniarla. No decimos cosas que ofendan a nadie y nadie se ofende; en cambio deseamos que la gente entienda lo que decimos, pero aún así la gente no entiende lo que decimos. Porque las cosas de que hablamos yacen en el hondo del corazón humano, y la gente del mundo está demasiado ocupada para oírlas.

lunes, 3 de enero de 2011

Anciano del Fuerte


Liehtsé.


Un Anciano vivía con su Hijo en un fuerte abandonado sobre la cumbre de una colina, y
un día perdió un caballo. Los vecinos llegaron a expresar su pesar por este infortunio, y el Anciano preguntó:
—¿Cómo sabéis que es mala suerte?
Pocos días más tarde volvió su caballo con una cantidad de caballos salvajes, y esta vez
vinieron sus vecinos a felicitarle por esta muestra de fortuna, y el Anciano respondió:
—¿Cómo sabéis que es buena suerte?
Con tantos caballos a su alcance, el Hijo empezó a cabalgar en ellos, y un día se fracturó una pierna. Otra vez llegaron los vecinos a expresar sus condolencias y el Anciano respondió:
—¿Cómo sabéis que es mala suerte?
Al año siguiente hubo una guerra, y porque el Hijo del Anciano estaba lisiado no tuvo que ir al frente.

domingo, 2 de enero de 2011

Las conciencias tranquilas


Marco Denevi.

"Salón de un abominable palacio burgués. Ambiente suntuoso y feliz. Todos conversan, ríen, comen y beben. Los más jóvenes danzan al compás de la música. Se ven sedas, pieles, joyas, plumas; condecoraciones, entorchados, mucetas, pelucas; un ojo de vidrio, hermosísimo"

Entra UNO MÁS, las conversaciones se interrumpen. Los bailarines dejan de bailar. La música calla. Se hace un gran silencio"
UNO MÁS. – La policía, de la que me honro en ser el jefe, acaba de recibir una carta anónima en la que su autor, tal vez un loco, tal vez no, amenaza con matar esta misma noche al responsable de su desgracia, no dice cual, ni dice quien.
(TODOS se sonríen, se encogen de hombros, se miran entre sí. Piensan. A medida que piensan sus rostros se demudan, palidecen, tiemblan. De golpe TODOS –MENOS UNO– gritan:)
TODOS. – ¡Cerrad las ventanas! ¡Barricad las puertas! ¡Apagad las luces!
(En medio de un gran desorden las ventanas son cerradas; las puertas, atrancadas; las luces, apagadas. TODOS –MENOS UNO– huyen a esconderse.)
Quedan en escena únicamente UNO MÁS y MENOS UNO.
UNO MÁS. – ¿Y vos?
MENOS UNO. – Por lo visto, soy el único que tiene la conciencia tranquila.
UNO MÁS. – ¿Ningún cargo, ningún reproche, ningún remordimiento?
MENOS UNO. – Mi conciencia es un cristal.
UNO MÁS. – ¿Ese anónimo no la empaña con el recuerdo de alguna culpa?
MENOS UNO. – ¿Yo? ¿Culpa?
UNO MÁS. – Basta. Comprendo. Seguidme.
MENOS UNO. – ¡Me habéis, pues, reconocido!
UNO MÁS. – ¡Era tan fácil!
(Lo toma de un brazo y se lo lleva. Antes de desaparecer, UNO MÁS se vuelve hacia las bambalinas.)
UNO MÁS. – Podéis entrar. El autor del anónimo ha sido descubierto.

(Se van.)

(Entran TODOS. El baile, la música y las conversaciones se reanudan poco a poco. Hasta que el ambiente torna a ser feliz como el comienzo.)

Telón.

sábado, 1 de enero de 2011

Disputa por seÑas


Juan Ruiz, Arcipreste de hita

Sucedió una vez que los romanos, que carecían de leyes para su gobierno, fueron a pedirlas a los griegos, que sí las tenían. Estos les respondieron que no merecían poseerlas, ni las podrían entender, puesto que su saber era tan escaso. Pero que si insistían en conocer y usar estas leyes, antes les convendría disputar con sus sabios, para ver si las entendían y merecían llevarlas. Dieron como excusa esta gentil respuesta.
Respondieron los romanos que aceptaban de buen grado y firmaron un convenio para la controversia. Como no entendían sus respectivos lenguajes, se acordó que disputasen por señas y fijaron públicamente un día para su realización.
Los romanos quedaron muy preocupados, sin saber qué hacer, porque no eran letrados y temían el vasto saber de los doctores griegos. Así cavilaban cuando un ciudadano dijo que eligieran un rústico y que hiciera con la mano las señas que Dios le diese a entender: fue un sano consejo.
Buscaron un rústico muy astuto y le dijeron: "Tenemos un convenio con los griegos para disputar por señas: pide lo que quieras y te lo daremos, socórrenos en esta lid".
Lo vistieron con muy ricos paños de gran valor, como si fuera doctor en filosofía. Subió a una alta cátedra y dijo con fanfarronería: "De hoy en más vengan los griegos con toda su porfía". Llegó allí un griego, doctor sobresaliente, alabado y escogido entre todos los griegos. Subió a otra cátedra, ante todo el pueblo reunido. Comenzaron sus señas como se había acordado.
Levantóse el griego, sosegado, con calma, y mostró sólo un dedo, el que está cerca del pulgar; luego se sentó en su mismo sitio. Levantóse el rústico, bravucón y con malas pulgas, mostró tres dedos tendidos hacia el griego, el pulgar y otros dos retenidos en forma de arpón y los otros encogidos. Se sentó el necio, mirando sus vestiduras.
Levantóse el griego, tendió la palma llana y se sentó luego plácidamente. Levantóse el rústico con su vana fantasía y con porfía mostró el puño cerrado.
A todos los de Grecia dijo el sabio: los romanos merecen las leyes, no se las niego. Levantáronse todos en sosiego y paz. Gran honra proporcionó a Roma el rústico villano.
Preguntaron al griego qué fue lo que dijera por señas al romano y qué le respondió éste. Dijo: "Yo dije que hay un Dios, el romano dijo que era uno en tres personas e hizo tal seña. Yo dije que todo estaba bajo su voluntad. Respondió que en su poder estábamos, y dijo verdad. Cuando vi que entendían y creían en la Trinidad, comprendí que merecían leyes certeras".
Preguntaron al rústico cuáles habían sido sus ocurrencias: "Me dijo que con un dedo me quebraría el ojo: tuve gran pesar e ira. Le respondí con saña, con cólera y con indignación que yo le quebraría, ante toda la gente, los ojos con dos dedos y los dientes con el pulgar. Me dijo después que de esto que le prestara atención, que me daría tal palmada que los oídos me vibrarían. Yo le respondí que le daría tal puñetazo que en toda su vida no llegaría a vengarse. Cuando vio la pelea tan despareja dejó de amenazar a quien no le temía".
Por eso dice la fábula de la sabia vieja: "No hay mala palabra si no es tomada a mal. Verá que es bien dicha si fue bien entendida".

jueves, 31 de diciembre de 2009

¡Chist!

Anton Chejov
Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono de Laertes disponiéndose a vengar a su hermana: -¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a ésto se llama vida? ¿Por qué no ha descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso, pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!... Dice todo esto agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente... Luego entra en el dormitorio y despierta a su mujer. -Nadia-le dice-, voy a escribir... Te ruego que no me molesten, me es imposible escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan... Procura que tenga té y... un bistec, ¿eh?... Ya lo sabes, no puedo escribir sin té... El té es lo que me sostiene cuando trabajo. Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más insignificante, denota una madura reflexión y un programa estricto. Unos pequeños bustos y retratos de grandes escritores, una montaña de borradores, un volumen de Belinski con una página doblada, una página de periódico, plegada negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y al margen, con grandes letras, la palabra: "¡Vil!" También hay una docena de lápices con la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador... Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se abisma en la meditación del tema. Oye a su mujer que anda arrastrando las zapatillas y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire. -¡Dios mío, el óxido de carbono!-gime con una mueca de mártir-. ¡El óxido de carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones! Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies, una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos cerrados, abismado en su tema. está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer... Su rostro tiene la expresión de inocencia ultrajada de hace un momento. Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace carantoñas... Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como un gato tumbado sobre un sofá... Por último, y no sin vacilaciones, adelanta la mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el título... -¡Mamá, agua!-grita la voz de su hijo. -¡Chist!-dice la madre-. Papá escribe. Chist... Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores famosos contemplan el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: "¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué marcha!" -¡Chist!-rasguea la pluma. -¡Chist!-dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo tiempo que la mesa. Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma y aguza el oído... Oye un cuchicheo monótono... Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás Nicolaievich, que está rezando sus oraciones. -¡Oiga!-grita Krasnukin-. ¿Es que no puede rezar más bajo? No me deja escribir. -Perdóneme-responde tímidamente Nicolaievich. -¡Chist! Cuando ha escrito cinco páginas, Krasnukin se estira de piernas y brazos, bosteza y mira al reloj. -¡Dios mío, ya son las tres!-gime-. La gente duerme y yo... ¡sólo yo estoy obligado a trabajar! Roto, agotado, con la cabeza caída hacia a un lado, se va al dormitorio, despierta a su mujer y le dice con voz lánguida: -Nadia, dame más té. Estoy sin fuerzas... Escribe hasta las cuatro y escribiría gustosamente hasta las seis, si el asunto no se hubiese agotado. Coquetear, hacer zalamerías ante sí mismo, delante de los objetos inanimados, al abrigo de cualquier mirada indiscreta que le atisbe, ejercer su despotismo y su tiranía sobre el pequeño hormiguero que el destino ha puesto por azar bajo su autoridad, he ahí la sal y la miel de su existencia. ¡De qué manera este tirano doméstico se parece un poco al hombre insignificante, oscuro, mudo y sin talento que solemos ver en las salas de redacción! -Estoy tan agotado que me costará trabajo dormirme...-dijo al acostarse-. Nuestro trabajo, un trabajo maldito, ingrato, un trabajo de forzado, agota menos el cuerpo que el alma... Debería tomar bromuro... ¡Ay, Dios es testigo de que si no fuera por mi familia dejaría este trabajo!... ¡Escribir de encargo! ¡Esto es horrible! Duerme hasta las doce o la una, con un sueño profundo y tranquilo... ¡Ay, cuánto más dormiría aún, qué hermosos sueños tendría, cómo florecería si fuese un escritor o un editorialista famoso o al menos un editro conocido!... -¡Ha escrito toda la noche!-cuchichea su mujer con gesto apurado-. ¡Chist! Nadie se atreve a hablar ni andar, ni a hacer el menor ruido. Su sueño es una cosa sagrada que costaría caro profanar. -¡Chist!-se oye a través de la casa-. ¡Chist!

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Intermedio

Ray Bradbury
FEBRERO DE 2003 Trajeron cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregón para construir la décima ciudad, y veinticinco mil metros de abeto de California y levantaron a martillazos un pueblo limpio y claro, a orillas de los canales de piedra. En las noches de los domingos se iluminaban los vidrios rojos, azules y verdes de las iglesias, y desde la calle se oían los himnos numerados. «Cantaremos ahora el 79.» «Cantaremos ahora el 94». Y en ciertas casas se oía e duro repiqueteo de una máquina de escribir: el novelista estaba trabajando; o no se oía ningún ruido: el ex vagabundo estaba trabajando. Parecía a veces que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de lowa, y en un abrir y cerrar de ojos u ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, y la hubiera puesto allí sin una sacudida.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Esfinges suelen ser

Olga Orozco

Una mano, dos manos. Nada más.
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias.
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso,
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos.
Sí, demasiado próximas,
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí
o de apostar el resto a favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error.
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuento de mis días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
¡Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansioso,
de impasibles harpías con que asisten a su propio ritual!
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría.
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
¡Y esa brisa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos manos.
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Un cuento memorable


Alejandra Pizarnik

-Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort -dijo.
-No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
-Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
-Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
-Mme. Lamort -dijo-. ¨Y usted?
-Mme. Lamort.-Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
-Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
-Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
-No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.
-Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.