viernes, 3 de abril de 2009

Continuidad


Alejandra Pizarnik

No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.

miércoles, 1 de abril de 2009

Un alma en pena

Alejandro Tapia y Rivera
- I - Alfredo había cumplido los 33 años; edad que el Dante llamó il mezzo del cammin di nostra vita y en que el rey de los mártires apuró en el Gólgota, la copa envenenada, que ofrece el mundo a los que pretenden su bien. -Alfredo no era rico y esto es ya un desengaño en ciertos mundos. Es verdad que tenía lo que debiera ser una riqueza: un alma; pero este es valor que no se descuenta en muchos bancos. La tarde comienza a dejar su puesto a la noche. Es la hora las sombras. Mob, la ninfa del sepulcro, envuelta en blanco sudario, presenta a Alfredo la copa envenenada. Se oye el rumor de música agradable, pero en lontananza, como un eco perdido, como un dulce pasado que no volverá. SUSANA. -Yo fui tu primer amor, la azucena de tu infancia, la rosa de tu adolescencia. Grata y festiva, te di sueños deliciosos que no has podido olvidar-. La impresión de mi diestra juguetona conmueve aun los rizos de tu cabellera; alguna cana los matiza ya, es la ceniza del volcán que ardió y cuya lava era deliciosa. -Lo presente, lo porvenir para nosotros es... la nada ¡adiós, triste amigo, adiós! JULIA. -(Ataviada con la guirnalda de la fiesta, hermosa y brillante como en otro tiempo.) Yo fui el amor de tu vanidad. Te amaste en mí; era un tributo que debías rendirme. Yo sigo amando y amada como entonces. Cierto es que la decadencia comienza ya a alborear en mi hermosura, pero la verdadera hermosura tarda en marchitarse. ¡Ah! ¡Cuán gratas resuenan aun en mis oídos tus lisonjeras palabras! -En una fiesta al son de la bulliciosa [522] música, ceñidos en dulce abrazo nos deslizábamos por espacioso salón. La luz brillaba en nuestros ojos; nuestro ardiente hálito se confundía, tú, embriagado con mi belleza, aspirabas con ansia, con delicia, con el éxtasis de un paraíso, el jazmín de mi rubia cabellera... Desde entonces un rizo de la blonda beldad te transfigura y te muestra visiones inefables. -Amado Alfredo, yo poseo tu primera juventud. -Tu más hermosa y hechicera memoria te da un adiós eterno. Tal vez nos encontremos de nuevo por la vida, pero ya no seremos el uno para el otro lo que en aquellos días. -Vendrá la primavera, pero las flores del pasado año no vendrán a saludarla. ELVIRA. -Yo soy aquella que te inspiró el amor heroico; yo fui la Judith de tu Biblia, la Corday de tu fantasía, la Eleonora de tu corazón, la Eloísa que no sabe olvidar, la Julieta que sabe morir. Los huracanes de la vida doblegaron los robles de la selva... Sombras de mujeres que aparta el océano del mundo y que uno ve pasar desde la ribera. -Dejan en prenda una sonrisa melancólica, un suspiro abrasador. LA VOZ DE ULRICO. -Amigo mío, los bravos compañeros de la juventud te aguardan, ¡ay! De los que hayan envejecido y sean sordos a nuestro reclamo. La ambición de ofrece a nuestra vista. -Busquemos la gloria. LA VOZ DEL MUNDO. -No, el oro es mejor. La gloria es humo. ULRICO. -Es humo, pero es bella y embriaga nuestras almas, es más hermosa que el oro. - ¡Atrás! Mundo miserable. -Alfredo y Ulrico son jóvenes aún, viven de su alma, aun no es llegado el tiempo en que el mundo sea su Dios. LA VOZ DEL MUNDO. -Seguid y ya veréis. ULRICO. -Amamos el placer, las fiestas, las mujeres, es verdad, pero el manjar que hinche y apoltrono, preferimos el vino que bulle, emblema de nuestra sangre y que presta imágenes encantadoras; preferimos el festín del sibarita, el que finge mundo desconocidos; preferimos a la mujer positiva, la que nos hace soñar con paraísos [523] y con amores sin límites. -Hoy llamamos humo las ilusiones de los primeros años: pero nuestra mente no se aviene sin ilusiones, busquemos pues las menos frívolas: patria, gloria, humanidad. -Nosotros haremos de la tierra una mansión de hermanos. Surcaremos los mares en pos de regiones ignoradas, alzaremos templos al saber, predicaremos la virtud, combatiremos por ella, por el bien de todos los hombres. Si el martirio nos ataja, sucumbiremos, pero con gloria. LA VOZ DE UN ANCIANO. -Hermosos corazones engañados: ¡Viva nuestra fe! -Mi labio os bendice anegado en lágrimas... Si queréis el Gólgota... bien está... andad... andad... ya lo hallareis. UNO DE VUELTA. -Allá no hay nada. -El sacrificio será un escarnio de vuestra sangre. Las espinas de vuestras sienes os atormentarán demasiado, infructuosamente. ULRICO. -Aun soy tu amigo, aun hay amigos; sígueme. UN JOVEN DESENCANTADO. -La época es árida y espinosa; gocemos y vivamos. OTRO ÍDEM. -La eternidad es todo o es nada. -Si es nada, es descanso; si es todo, muramos. ALFREDO. -(Desfallecido.) ¡Dios mío! ¿qué hacer? MOB. -(En traje de tumba, presentándole una copa ornada de flores.) ¡Beber y morir! - II - En el horizonte se presenta la luz de la esperanza. No es sol, es pálido lucero. El rayo de esperanza tomó forma: Era Amelia. Era una mujer graciosa y modesta. -Derramaba su luz melancólica y vacilante como desconfiada, sobre un cielo de otoño. Parecía que el retraimiento a la que la había condenado un mundo que sólo aprecia lo que lo fascina, había concentrado en su corazón la llama suave de una ternura celestial. Flor un tanto marchita, pálido lirio privado de la rama que era su vida, emblema de un suspiro continuo y ahogado tal vez por el temor a un mundo burlón y desdeñoso, o acaso porque al ser para otro, rayo de esperanza, diese lo que no tenía. [524] El amor que inspiró a Alfredo no era coreado por la vanidad, nadie exclamaba al verla pasar ¡ahí va ella! Alfredo confió en que podía sentir, aunque por última vez, una afición que juzgó sincera cuanto desinteresada y perpetua cuanto pura. En ello no había otra vanidad para él que la de haber descubierto un tesoro hasta entonces ignorado. Amelia se presentaba a su corazón como la dulce y generosa, simpatía, pronta a llenar el vacío de su alma, como un ángel de redención, como la virgen del último suspiro. Ella tenía ojos que sabían llorar y que por tanto se hicieron para el amor. -Hela allí esbelta y solitaria como la palma en el desierto, con su dulce mirar de gacela, su voz de calandria herida. Su cabellera blonda recuerda los dorados días que no pueden olvidarse; el azul de sus ojos el risueño celaje de la infancia; su mirada, el sol de la patria para el corazón proscripto. ALFREDO. -Los hombres censuran lo que no comprenden. -Elevan hosannas a la virtud y la vilipendian cuando no lleva manto dorado. -El ángel en forma de mujer, se hizo mundano y no sabe apurar la copa de un hermoso martirio. LA VOZ DEL ALMA ELEVADA. -Viva el sentimiento, blasonemos de él, por él murió el Dios hombre. LA VOZ DEL MUNDO. -Locura, locura. ULRICO. -Ya, lo ves, Alfredo, esa es la voz del mundo. Venció Iscariote. Eloísa tiene razón: el amor empieza con sonrisas y termina con lágrimas. ULRICO. -Y tendrás que reír Alfredo, pues nada hay mas ridículo que un enamorado quejoso en este siglo. Pasó la época de los Amadeos; sólo Asmodeo reina, y es menester reír, cantar y darla de indiferente y endurecido. - III - Amelia no se sentía con fuerzas suficientes para sobreponerse al barro mundo. Estaba preparada para entrar en la alcoba nupcial como una estatua vendida. El aprecio hacia el esposo [525] que la razón de familia ordena, no cubre el pudor de una doncella. -El único cendal de este es el amor. Lo demás es una venta que sólo se diferencia de la almoneda pública, con una legalización que promete a la beldad en cambio de sus más preciosos favores, la duración vitalicia en el contrato y la promesa de algunos bienes materiales. Contrato draconiano en que ella entrega su fe, su ser y hasta sus pensamientos como una perdurable y eterna propiedad. Pero tal es el mundo y Judas tenía razón: seguir la voz de aquel es lo más cuerdo y conveniente. Llegábase Amelia al ara con su guirnalda de azucenas, quizá empapada en lágrimas; quizá se decía que puesto que así estaba establecido, ella hacía bien; acaso se felicitaba por su cordura, cuyo aplauso lisonjeaba su amor propio. ¿Qué mujer no quiere pasar por cuerda? ¡La aprobación ajena tiene tanto influjo sobre los espíritus débiles! Además, el matrimonio ha sido siempre para la mujer un santuario desconocido que aviva su curiosidad, un martirio agradable, un triunfo de la vanidad que produce envidia en las que se quedan al pie de la montaña! Era pues necesario que ella se resignase a ser feliz y aun se hiciese de rogar por lo que tanto quizás deseaba. Está para verificarse la ceremonia del himeneo. La capilla iluminada y suntuosa ha abierto sus puertas A numerosa concurrencia. -El sí decisivo que las humanas conveniencias trataban de arrancar, iba a ser pronunciado. La doncella trémula y radiante al mismo tiempo, sostenida y aun exaltada por el heroísmo de la abyección, hijo de la ciega obediencia, alzó sus ojos y vio en un rincón de la capilla, en medio de las sombras, un semblante conocido e inolvidable. -Aquel rostro estaba iluminado por unos ojos que en otro tiempo habían sido espejos de felicidad y que ahora eran dos lumbreras de ira, de desdén y de amargura; parecían decir: «no se casa quien puede morir». La doncella no pudo soportar aquella mirada indescriptible y ahogando un gemido en su garganta, cayó muda y desfallecida en los brazos del futuro esposo. [526] - IV - Aquella, noche en lugar de tálamo nupcial había un féretro; en él yacía la interesante, la simpática Amelia. La muerte venía a salvarla de la profanación de su amor y su himeneo. Su semblante parecía conservar el rastro de la vida, de aquella vida melancólica y de víctima. La muerte la rehabilitaba. El ángel había bajado, como en otro tiempo, a remover y purificar las aguas de la piscina Bethsaida, la de los cinco pórticos, y la leprosa sanaba entrando la primera en la, Bethsaida de su alma. -Ella precedía a Alfredo en un cielo en donde debía encontrarla y reconocerla... purificada. Con la toca de virgen, parecía más bella a la luz de los blandones que a la de las antorchas nupciales. La iglesia estaba sombría. -El túmulo enlutado, las negras colgaduras prestaban al rostro de los circunstantes un aspecto triste y fúnebre. Resonaba en las bóvedas del templo el doliente eco de las preces y salmodias funerales. -Aquel terrible Dies irae nada tenía de espantoso para el ser que, abandonando el desdichado limo, tornaba a su mansión primitiva. -Bien podían en un día terrífico y funesto, en el día de la ira y de la justicia, quedar convertidos en pavesas el mundo y los siglos. La voz profética de la sibila de que hablan los divinos salmos, no turbaba aquel espíritu que, si había pagado tributo al mundo, había sin duda lavado con lágrimas una complicidad hija puramente de la materia. El día de ira sería pues para ella un día de justicia y de esplendor. Es verdad que había emponzoñado una existencia; había sido un veneno moral; había impulsado tal vez hacia las tinieblas del escepticismo una moribunda fe que hubiera podido salvar; pero el Señor la perdonaría sin duda, porque ella no sabía lo que había hecho. [527] Fue conducida la muerta al panteón de su nueva familia. Alfredo siguió al féretro en compañía de su afectuoso Ulrico, confundidos ambos entre el concurso. -Arrojó un puñado de tierra y un pedazo de su corazón sobre aquella tumba y retirose silencioso al mundo, medio muerto en vida. - V - Era una noche tenebrosa y triste. Las estrellas no presentaban su faz a los pobres habitantes del valle de lágrimas. Paseábase Alfredo solitario bajo los árboles que rodeaban la que en otro tiempo fue morada de su Amelia. ¡Aquellas paredes silenciosas eran testigos tan elocuentes de algunos días de felicidad! Cerraba sus ojos para recrear los de su alma en la región de los espíritus. Dieron las doce en la vecina parroquia; de allí había partido aquel día, envuelto en yerto sudario, el tesoro de su existencia. Parecíale continuamente oír aquellos cantos de muerte que helaban todo su ser y apretaban su corazón con un dogal de amargura. -Creía ver salir de aquella puerta cirios funerales, un féretro, luctuosa comitiva; oía dolientes gemidos mezclados al canto de los clérigos. -La puerta permanecía cerrada y muda como el cadáver que había atravesado sus dinteles algunas horas antes. ¡Amelia! exclamaba el doliente joven. -¡Pobre de mí! ¿Por qué has desaparecido de la tierra? ¿Por qué me has abandonado en este Calvario de mi soledad, en esta cruz de mi martirio? Era demasiado dulce la felicidad que lo futuro podía brindarme; la muerte burlona, pero ¿qué digo? ¿no se había convertido aquella gloria en cáliz de amargura? De pronto rechinó la puerta del templo. La calle continuaba silenciosa. El sereno lejano cantó las doce que acababan de resonar con lento, grave y sonoro campaneo. -Era la voz quo recordaba a los que tuviesen oídos, que el tiempo [528] marcha mientras duermen descansando los peregrinos de la tierra y se acorta su camino hacia el descanso eterno. Abriose la puerta del templo. -Su interior yacía en tenebroso crepúsculo... Un bulto sombrío atravesó los umbrales, deslizándose como un fantasma... Venía caminando hacia Alfredo. -Su figura parecía la de un monje cubierto con negra capucha... acercábase lentamente sin ruido, sin rumor alguno, sin agitar el ambiente que le circundaba, como un verdadero fantasma... Acercose a Alfredo... mudo como un espectro. Por debajo de la capucha vislumbró aquel un semblante blanquecino como el ampo de la nieve. Su frente y sus ojos permanecían cubiertos bajo aquella aparente mortaja. -Alfredo sintió que le circulaba el frío que produce la proximidad de una masa de hielo. -El monje le tendió la mano amarilla como la cera, descarnada como la de un esqueleto, contenía un papel a manera de carta. -Alfredo se sentía sobrecogido a pesar de la entereza que debía darle su indiferencia, por todo lo que no fuese ya seguir al sepulcro a la que lo acababa de dejar solo en el mundo. -Tomó maquinalmente la carta. El fantasma desapareció. El joven sintió el frío de la tumba brotar de aquel billete enlutado. -Su contacto hizo correr por todo su cuerpo un temblor convulsivo; acudió a su casa, medio transtornado, abrió aquel billete que parecía venir desde muy lejos... leyó: «Basta de lágrimas, Alfredo. -La muerte me ha hecho tuya para siempre. »El monje portador de esta carta, es un espíritu amigo; tiene una obra que llenar en el mundo y podría servirnos de mensajero en nuestros póstumos amores. -Esta carta encierra un rizo de mis cabellos, de aquellos cabellos que hacían el encanto y que tanto apreciabas. Renueven o finjan ellos en tus manos la perspectiva de algunas horas felices, personifiquen en tu alma la imagen de la pobre mujer cuya presencia has perdido. -También va una azucena de mi corona fúnebre, ella es una flor de mi sepulcro; no temas se marchite: el Señor de las misericordias la ha bendito con su eterno soplo [529] y ya es una flor de la vida. Su perfume, te dará dulces ensueños y generosos impulsos, grato a la eternidad 'No se casa quien puede morir', me dijeron tus ojos: El espíritu piadoso me oyó y me ha enviado el benéfico tránsito de una muerte libertadora. -¡Ay! en el mundo me enseñaron que era modestia y virtud el disimulo y yo cifré en este mi vanagloria; pero esta es la morada de la luz y la sinceridad. No creas, sin embargo que todo es bienandanza. Este no es infierno no es el cielo y se padece porque se suspira por los que se ama, por lo que se ha dejado en el mundo. -El Señor ha dicho por boca del hijo «Donde está tu tesoro allí está tu corazón.» Y como mi tesoro quedaba en la tierra, mi corazón no podía entrar en la morada de los bienhadados; sufro pues, estoy en un doliente purgatorio; sufro y peno por ti, mi bien amado, pero cuán dulce es penar por ti. -Aquí puedo amarte con todo el cariño de que siempre fue capaz mi alma, te amo en espíritu, y en verdad; padezco por ti, temo por ti y solo tú podrás sacarme de esta misteriosa mansión. Pero ¡ay de ti, si una resolución criminal te cierra estas puertas y después las de una perenne bienandanza! ¡Amor y esperanza pueden libertarme, amor y esperanza pueden salvarnos! Adorado Alfredo en el mundo quedó mi tesoro, allá quedó también mi corazón. Alfredo cuida de él, no avives las llamas de este purgatorio... -Adiós. - VI - La luz de una bujía estaba para apagarse. -La habitación de Alfredo iba entrando en la región de las tinieblas... Alfredo contemplaba el rizo que su amada lo había enviado desde la eternidad. -Su alma evocaba otra alma. Sus ojos fueron dilatándose en la viva contemplación; parecía alucinado. Sobre su pupitre estaban abiertos varios libros; era cuanto se ha escrito sobre las manifestaciones del mundo invisible. [530] Alfredo había buscado la verdad, la luz en el caos; quería convencerse de la existencia de lo invisible y su contacto con las pobres formas de la materia. Tenía pruebas en su mano, carta y prendas de su espíritu querido, buscaba sin embargo una fórmula de evocación ¡ah! hubiera dado toda su existencia por percibir la benéfica visión de la que adoraba; recordaba la posibilidad de la transfiguración descrita por los sabios como un fenómeno positivo. - «Sobrenatural» murmuraba, he aquí una palabra, que no debe existir en absoluto; ¿qué podrá vislumbrar el hombre que no quepa dentro de su naturaleza? ¡La realidad infinita! Ese mismo infinito ¿no es también concepción humana? Esa realidad ¿qué es sino un espacio que llama al espíritu a ser ocupado por él? La materia, lo denso, siendo infinito, cabe en la naturaleza, ¿por qué no, lo espiritual, lo sutil? ¡Ah! cuando mi mente la ve en sueños ¿qué es sino lo sobrenatural en lo natural, qué es sino la realidad de un ciclo que cabe y llevo dentro de mi corazón? «Lo que está en lo alto es como lo que está en lo bajo; lo que está encima es como lo que está debajo». -La síntesis egipcia, la serpiente que muerde su cola. La antigüedad de este misterioso jeroglífico es su mejor testimonio. -El sólido enlazado al líquido, el líquido al vapor, el vapor al éter, el éter a los mundos diáfanos e invisibles, he ahí la cadena. ¡Dios mío! Que yo la vea, como te veo Señor infinito, ya que has permitido que mi mente te alcance, ya que has querido que te vea en ella, como en tu obra. -Que venga a mí atraída a estos ojos de mi cuerpo, por esa cadena impalpable que me une contigo y a ella por los de mi alma. -Que pase su ser desde los misterios en que encubres lo eterno, hasta esta realidad tangible, unida a tu realidad por tu esencia interminable. ¿Qué habrá de milagroso en mi demanda si todas tus obras son un perpetuo milagro? -Que la vea, Dios mío, o mi locura es inevitable. -La he amado mucho y el Cristo tuvo piedad de los que amaron mucho. -Este amor fue una ley tuya. -Aun cuando ella hubiese sumido su rostro en el fango de la tierra, aun cuando todos los elementos se hubiesen conjurado contra ella, yo la hubiera siempre [531] levantado en mi corazón, porque la amaba y la amo mucho, ¿por qué no; siendo ella una de vuestras elegidas, purificándose y purificándome en el fuego de su alma? De pronto los ojos de Alfredo aparecieron como si quisiesen salirse de sus órbitas; sus cabellos se erizaron, su rostro se puso pálido como la azucena que tenía en sus manos. -La lámpara mortecina dio a su semblante el brillo fantástico que presta el fuego del azufre. -Un perfume de muerte, el ambiente que dejan los cirios al quemarse en la cerrada bóveda de un templo, inundó la habitación. -Parecía que iba a suceder algo extraño allí... Sin duda se acercaba la presencia de lo invisible!... ¡Alfredo! exclamó una voz... Alfredo repitió acercándose... El templo de esta voz era varonil y conocido... Era la de Ulrico que entraba en la habitación. -Vas a volverte loco. Alfredo se puso sorprendido. -Todo tornó a su ser acostumbrado. -La lámpara volvió a luchar con la oscuridad que casi la absorbía. Ulrico entró buscando a su amigo. -Éste ocultó con presteza su carta y las prendas que no quería mostrar a los vivientes. Su comercio con el espíritu, hubiera sido llamado locura, y los hombres, aun cuando su opinión tornase para expresarse los labios de un amigo tan sincero como Ulrico, hubiesen profanado un amor que sobrevivía a la muerte. Alfredo sintió sin embargo junto a sí el rastro de una entidad aérea y simpática, acaso tomó por tal lo que sólo sería efecto de sus nervios susceptibles y excitados por aquel estado visionario en que se hallaba. Ulrico sintió alguna cosa extraña en el vaho de la habitación, pero atribuyolo a vicio del aire allí encerrado. ULRICO. -Vas a volverte loco, amigo mío; la juventud, el mundo te llaman. Fuerza es salir de ese estado miserable, umbral del infortunio perpetuo y acaso del suicidio. -No la olvides, puesto que su recuerdo te es tan grato, pero el mal es irremediable. -¿Quién sabe, además? El mundo tiene grandes recursos para la juventud, [532] y el olvido no es extraño al hombre. -Quizás encuentres otra más amable. -¡Oh! es preciso olvidar amigo mío ya que es forzoso vivir Es preciso consolarse. LA VOZ DEL MUNDO. -Necio del que muere viviendo tras un fantasma. ULRICO. -Ven pues, amigo mío; para sentir no es necesario volverse loco. -Cierra pues esos libros en donde han consignado sus sueños y sus embustes mil cerebros delirantes y ven al valle de vida que nos espera. Se oye a lo lejos la música y algazara de una fiesta. -Ulrico arrastra a Alfredo que lo sigue automáticamente. Alfredo sintió a su oído y en su corazón el eco de un suspiro tan tenue que Ulrico, menos excitado, no pudo percibirlo. -¡Ya se ve, venía aquel de tan lejos! - VII - (1) Hierve el champaña en las copas. ULRICO. -Jacobo, una canción. JACOBO. -Comience Carlos, cuyo vino es más alegre. ULRICO. -Vamos, aquí tenemos en Jacobo otro romántico. EDUARDO. -Yo creía que el spleen era exclusivo de Alfredo. Este guarda silencio. -Su palidez no cede ni ante el calor que esparce en sus venas el bullente líquido. Sus ojos se fijan de vez en cuando con distracción, sus labios quieren sonreír en vano; su alma no está allí. ULRICO. -Jacobo llora también ausencias, Elena, Elvira, Matilde... ¡qué sé yo! Su corazón parece haberse convertido en colmena; cada una tiene allí su celdilla. EDUARDO. -Vamos, Carlos, olvidemos nuestro desencanto al rumor de las botellas. -Siempre fuiste un buen camarada para destapar algunas flacas. [533] -Estoy por las flacas, suelen ser más espirituales, las botellas, se entiende. (Cantando.) Bella es la vida; en la abundante mesa se ensancha el corazón, el alma goza. No quiero mas penar; ¡vino, Teresa! Esta es la vida... lo demás es broza. CARLOS. -(Recitando.) Topé yo una mujer con uña y rabo, de estrepitoso y brusco desenfreno, de esas que tienen el hocico ameno y que todo lo toman por el cabo. [534] ULRICO. -Bravo, bien. JACOBO. -Adelante. EDUARDO. -Que glose. JACOBO. -Silencio. CARLOS. - «Y que todo lo toman por el cabo». JACOBO. -Que glose, que glose. CARLOS. - Al salir de mi casa cierto día pasé de Finisterre por el cabo, EDUARDO. -¡Sopla! JACOBO. -Silencio, adelante. CARLOS. - Ninguno de vosotros lo creería topé yo una mujer con uña y rabo, Y con cuernos también, que es muy forzoso la chaveta cubrir cuando hay sereno, y más si la mujer es un coloso de estrepitoso y brusco desenfreno. Era la dama de gentil quilate de las que pastan la cebada y heno, que tienen por nariz un disparate, de esas que tienen el hocico ameno. Espantéme al mirar sus cucamonas, y no penséis de esquivez me alabo, porque era de esas damas retozonas y que todo lo toman por el cabo. EDUARDO. -Bravísimo. ULRICO. -«Y que todo lo toman por el cabo». Soberbio, soberbio. EDUARDO. -A la salud de Carlos. (Beben.) D. CELIO ALMODÓVAR. -(Viniendo de la mesa vecina en que se juega.) ¡Acabo de perder mi reserva! EDUARDO. -¡Qué lástima! JACOBO. -La célebre onza que nunca se perdía. EDUARDO. -La que siempre desquitaba. ALMODÓVAR. -Para rescatarla, jugaría hasta mi puesto en la otra vida. CARLOS. -¡Picaron! como estás seguro de que acaso no sea muy bueno. ALMODÓVAR. -Aunque lo fuese. CARLOS. -(Con sorna.) ¡Blasfemo! ALMODÓVAR. -¿Qué queréis? Estoy loco. -¡Acabar por perder aquella onza! ULRICO. -¡Que era la de Almodóvar! ALMODÓVAR. -¡Y que me prometía con ella labrar algún día esa fortuna cuantiosa con que siempre he soñado! EDUARDO. -Vamos a ver D. Celio, siéntese V. y tome un trago de lo hermoso... Ahora platiquemos. -Aquí viene V. otros que desean lo que V. -Supóngase el Sr. Almodóvar que el abate Faria resucitase para sólo darle una fortuna rival de la que dio a Dantés. Supóngase que la sombra del bucanero Morgan le llevase a su caverna en la isla de la Mona, para mostrarle lo que todos dicen que guardó allí- ¿Qué haría V. con tanto? Todos lo imaginamos, pero queremos probarle que todo es poco cuando se trata de distribuirlo por gentes como nosotros. ALMODÓVAR. -En primer lugar mandaría construir un lujoso palacio digno de un Encantador, fantástico, excéntrico a mi modo. JACOBO. -¡Para V. solo! ALMODÓVAR. -Para vosotros también, amigos míos; con vosotros quisiera compartir los tesoros de la fábula. EDUARDO. -Traeríamos cocineros franceses por supuesto. [535] ANELLO. -El fondista (Metiendo su cuarto a espadas.) Scordasti i macarroni. EDUARDO. -Sí, sí, cocineros italianos también; Anello es hombre de gusto. ULRICO. -Olvidábamos que la patria de la poesía y las bellas artes, lo es también de i manggiatori. EDUARDO. -Y bien visto, la buena cocina es también una de las bellas artes. ANELLO. -(Sobándose la panza.) Por supuesto; un bel arte, sicurissimo, un bel arte miei signori. EDUARDO. -Pero volvamos a lo del Palacio; tendríamos cocheros ingleses, mayordomos alemanes, caballos de todas razas. JACOBO. -Mujeres francesas. ULRICO. -Ya pareció aquello. CARLOS. -Circasianas, georgianas, estoy por las bellas esculturas. EDUARDO. -No señor; ¿a qué tener que entenderse con mujeres que hablan ruso o turco...? ALMODÓVAR. -No le hace; me agrada la mímica y ya nos entenderíamos. EDUARDO. -Disparate, estoy mejor por las francesas. ULRICO. -¿Hay algo más apasionado que una española, que una italiana? CARLOS. -¿Y a dónde me dejáis los poéticos rostros del Norte, las novelescas britanas, las excéntricas hijas de Washington? ¿Y qué decís de las incomparables sucesoras de los Incas? ALMODÓVAR. -Vamos, vamos; para que todos estuviesen contentos, traeríamos una de cada nación. JACOBO. -Bravo, magnífico. ULRICO. -¿Y qué pensáis del pobre Alfredo? Necesita consuelos; nosotros debemos hacer por él todo lo posible, nuestro querido y triste amigo. CARLOS. -Le buscaremos algún pálido fantasma de ojos azules que le haga olvidar la pena que le abruma; evocaremos la sombra de Eloísa o iremos a Teruel a buscar los huesos de Isabel de Segura; solo así estará contento este nuevo Marsilla. ULRICO. -Dejemos esta broma, amigos míos; Alfredo [536] lo que ha menester es la cariñosa, solicitud de sus amigos y sobre todo nada de burla sobre su estado. JACOBO. -Nada de eso; a Alfredo se las daremos todas y a más nuestros brazos y nuestro corazón. Todos le abrazan. EDUARDO. -Un brindis por Alfredo. CARLOS. -Por que torne a su estado la alegría que en él tenía su más vivo espejo. TODOS. -(Beben.) Bien, bien. ALMODÓVAR. -Por lo visto, a pesar de ser yo el dueño de la fortuna, me dejaríais sin dama si quedase a vuestra elección. LETARGO. -(Despertando.) Vamos, para V. amigo Almodóvar, se queda la mujer con uña y rabo de que habló Carlos hace poco. -Vamos no os hagáis el niño, el caso José, pues estamos seguros de que si ella os echara los brazos, no la dejaríais en ellos vuestra capa, como hizo aquel con la mujer de Putifar. ULRICO. -Caballeros, habló De profundis. -D. Letargo, por lo visto, comprendió que si continuaba dormido, se quedaría sin parte del botín. LETARGO. -Claro está. -Con sólo hablar de ellas se volvió esto el puerto de arreba-capas y no quiero que cual camarón dormido me arrastre la corriente. -Para Almodóvar tengo yo una trigueña de los trópicos que ya... CARLOS. -Bien, caballero; basta por lo que respecta al harem. JACOBO.- Tendríamos allí jardines que envidiaría Lenôtre, lagos y chalupas, bosques poblados de canoras aves. EDUARDO. -Ya tenemos los idilios -sólo nos falta Leandra vestida de pastora. ULRICO. -Invitaríamos a Alejandro Dumas, padre, que es todo un buen tercio, a qué pasara un verano con nosotros. Él daría celebridad y realce a nuestro fausto. EDUARDO. -Sí, porque el aplauso es la corona de los goces. Veríais que romances haría sobre loa Adanes y las Evas de este nuevo Edén. ULRICO. -Y bien, amigos míos; ¿cuándo esa fortuna tocase a su término? CARLOS. -Un festín de despedida nos apartaría [537] de este mundo llevando a cuenta bastante cantidad sobre los tesoros del otro. JACOBO. -¿Y habéis olvidado que aquí había muchos para quienes la vida no es un Edén de riquezas, sino un valle de lágrimas y cuyas quejas y maldiciones podrían atormentarnos en la tumba? ALMODÓVAR. -Es verdad. -Pero todos estos son por desgracia sueños. EDUARDO. -De locos. JACOBO. -Es decir, de hombres. ULRICO. -Por fortuna tenemos algunas perlas de piedad en el alma y esto no deshonra nuestros sueños de riqueza. ALMODÓVAR. -Esto es tan cierto como que trato de ir a rescatar la imponderable. -De lo contrario, me suicido con el guijarro que ya sabéis. ALFREDO. -¡No puedo sufrir más! Ulrico déjame, dejadme amigos míos; quiero estar solo, si no, voy morir... dejadme! Algunos siguen a Alfredo, a poco vuelven todos... se sientan. ULRICO. -¡Pobre amigo! CARLOS. -Es verdad (Llamando.) ¡Jaime, champaña! Continúa el ruido de las copas, las imprecaciones de los jugadores, los cantos de alegría... o de amargura y despecho disfrazados. Cae el telón, una de las muchas cortinas de este mundo. - VIII - Vagaba Alfredo alrededor de la Iglesia que ya conoce el lector; la puerta no se abría; el monje-sombra no se presentaba. ¡Me ha olvidado ya! exclamaba. ¡Ah! ¿por qué no la he seguido? Es imposible que sea una vana alucinación. -Aquí, sobre mi corazón está su carta, siento en él la impresión extraña que su contacto produce en mi ser. ¡Ah! indudablemente estoy loco... ¡No se mata quien debe vivir! Y sin embargo, morir sería para mí un consuelo tan grande! [538] Ahí he dejado a esos amigos que creen vivir pretendiendo embotar en burlas y en sátiras amarguísimas o en sueños de una suspirada ventura, la espina fiera que todo nacido lleva en sus entrañas. -¿Quién no ha visto burlada una esperanza? ¿quién ha podido matar en su alma y para siempre un deseo atormentador? ¡Ah! ¡tu copa, Mob! Al decir esto sentía hervir su cabeza comprimiéndola entre sus manos como si tratase de ahogar el bullente fuego que devoraba su cerebro. -Paseábase agitado por su habitación, en que acababa de entrar presa de un violento frenesí. -¡Me ha olvidado ya! -Hace tres, siete, nueve días, que acudo en vano al lugar de sus citas, a su sepulcro, al templo, a las cercanías de la que fue su morada; el sombrío mensajero no se ofrece a mi anhelante afán. Desde el día en que aquí mismo estuve a punto de ver su imagen querida, evocada en nombre del cielo y de mis dolores, desde entonces está sorda a mi voz; aquel suspiro desgarra aun mi alma. -Ulrico, celoso de lo que llama mi tranquilidad, vino a buscarme entonces para llevarme a ese mundo que detesto y que es ya para mí un desierto sin límites. -Ella se ha olvidado del que sin ella no puede vivir. -¡Amelia, querida Amelia!... Pues bien, yo también la olvidaré, quiero vivir, viviré, haré lo que tantos otros. -Aquí, su carta, su rizo... Me dijo que sus cabellos serían en mi mano un talismán poderoso, un verdadero resorte mágico para evocar su sombra. -¡Ah! ¡cuántas veces la he invocado infructuosamente! Destruya el fuego de una vez tan atormentador hechizo. Aplica la guedeja a la bujía, comienza a quemarse. El eco de un doliente suspiro hiere su corazón. Ilumínase la estancia con resplandor siniestro; crece el espacio de aquella ante sus ojos. Aparecen allá en lontananza los objetos antes cercanos; a lo lejos se levanta un túmulo, luces funerales iluminan un féretro... ábrese éste... álzase de él con solemne y medrosa lentitud una sombra, el cadáver de una virgen; su blanco sudario forma un contraste con lo enlutado de las paredes y del túmulo. Es la sombra de Amelia... pálida como [539] su túnica, demacrada como la muerte. -Sus ojos están fijos como los de una estática- ¡cuán hermosos, sin embargo! El ligero vidriado que les presta la muerte, sólo ha empañado un poco, aquel diáfano espejo de un alma expresiva y bella; ¡ay! aquellos ojos cuya mirada era una sonrisa o una queja, que tenían todo el brillo vago de un hermoso pensamiento, toda la elocuencia de un tierno corazón; aquellos ojos que sabían llorar y se hicieron para el amor. -Su semblante descarnado conservaba aún la dulzura y suavidad de aquellas facciones como el diseño medio borrado, como el iris que va a desaparecer, como el disco de un astro al través de una nube blanquecina. -Estaba triste, ¡ah! traía sobre su ser el padecimiento de la indefinida ausencia, el encanto de una piadosa resignación. Era el rostro de una mártir al subir a la mansión del premio. La corona de azucenas con que se acostó en la tumba, aderezo de sus nupcias funerales estaba cuasi lozana todavía, solo que la incuria del sepulcro había deshojado alguna de sus flores. Llegose a Alfredo, inmóvil, deslizándose como el ave que se cierne sobre los aires, impulsada por el blando céfiro de regiones ignotas, con la vaguedad de un espíritu... acercose... Alfredo yacía mudo, doloroso, lleno de pasmo y dominado por terror indescriptible... Quiso hablarla... pero su voz murió antes de ser articulada; sus labios y su seno parecían oprimidos por una masa de hierro. Acercose más el fantasma; levantó una mano que Alfredo había acariciado tantas veces en dulce arrobamiento, una mano que la muerte había descarnado prestándole el color de amarillenta cera, pero graciosa todavía... Púsola sobre el corazón del joven. -Sintiose éste morir a la impresión de aquel yerto y levísimo contacto; sintió en su frente una impresión más yerta todavía, eran los labios de Amelia, su sensación fue indefinible; sintió el eco en su corazón y cayó desmayado. [540] - IX - Las antorchas brillan, la música resuena; cien bellas danzan adormecidas en brazos de sus alegres amadores. Reina la fiesta, reina la alegría. ALFREDO. -¡Oh! ¡carga pesada! ¡Por piedad, por piedad, espíritus que me rodeáis, ayudadme a llevar esta pesada cruz de la vida! ¿Por qué, dulce visión mía, al tocar mi corazón con tu mano helada, no me comunicaste, la venturosa muerte? -¿A qué vedarme el morir, ese tránsito que miro como un bien suspirado? ¡Ah! ¡tantos otros que tienen en este mundo lauros y sonrisas, que suspiran de gozo cuando el sol nace y lloran temerosos de que al ponerse no les deje allí! -¡Tanta madre que gemirá a la cabecera del hijo amado, pidiendo al cielo con dolientes quejas la vida que se extingue! ¡Cuánto anciano temeroso, cuánto joven moribundo no podrían saborear esta vida que es para mí un estorbo y que yo les daría en cambio del sepulcro que les amenaza! UN MÁSCARA. -Alfredo, estás esperando una resurrección que no llegará... todavía. ¿A qué apurarte? La trompeta del Juicio tiene su día marcado y en Josafat hay sitio para todos: Allá nos encontraremos. -Entre tanto escucha resonar con gozo estas trompetas de la locura, y danza alegre en este torbellino. -En él bullen ocultas todas las pasiones que habrá que condenar en Josafat, y hay caras más ridículas que las que allí se verán en aquel día sin sol y sin sombra. Esto por lo menos, como no es el valle del Juicio, en lo menos que se piensa es en tenerlo o en hacerse justicia. -A la danza pues y hasta entonces, ¡viva la injusticia! Su bondadosa antagonista ha hecho bien en reservarse para otro mundo cuando porque en este la apedrearían. OTRO MÁSCARA. -Lástima es que no haya otro diluvio universal para ver como nadaban ciertos ánades. OTRO. -Alfredo ¿estás triste? Este no es sitio de duelo. A llorar a los cementerios; este es un jardín en que hay bellas flores que dan alegría. -Dime, si al bailar con una hermosa como aquella (Indicando a Julia [541] que pasa danzando junto a él.) ¿echarías de menos el paraíso? ¡Oh! que me lo den aquí en la tierra; de seguro que no será tan necio que lo pierda por comer de una manzana... sobre todo cuando hay otras tantas frutas deliciosas. Alfredo llevaba a su labio la azucena de su amada aquel talismán de los gratos ensueños y de los generosos impulsos. De pronto oyó pronunciar su nombre. La voz que lo articulaba era una melodía dulce y melancólica, era tenue y grato acento, un eco adorado que penetró en su corazón y sacó de allí dos lágrimas de ternura, de aquellas tanto tiempo detenidas y que en vano había llamado a sus ojos para desahogar la amargura de sus penas. Volvió la vista; halló junto a sí una misteriosa enmascarada. El corazón lo decía que aquel era su soñado Espíritu. ¡Tenía tantas cosas que decirle! ¡Era tan inesperada su aparición! En esto resonó un vals, uno de aquellos torrentes armoniosos de Strauss que vierten en la fantasía encantos inefables, cuyas transiciones de lo armonioso a lo melódico semejan ora un despeñado raudal estrepitoso, ora un río apacible y lleno de plácidos rumores; festivos y melancólicos a la vez, invitan ya a la exclamación del contento ya a la queja del dolor. Notas suspiros tan vagos para describirse, cuanto lo son las emociones que ocasionan, encanto del éxtasis, vaguedad del éter. -Strauss es el bardo eufónico de la juventud de nuestros tiempos, entusiasta como las ideas que la inspiran, quejumbrosa al estrellarse contra la roca levantada por el duro y árido positivismo de nuestra época; vagarosa como ese océano de poesía incierta y desconsolada, peculiar de nuestro dudoso siglo; rechazada por do quiera, solo encuentra un cauce en el desierto sin horizontes de su infinito. A la ruidosa invitación de la orquesta, correspondió un enjambre de parejas que comenzaron a deslizarse como otros tantos torbellinos arrobadores. La máscara silenciosa apoyó su brazo en el de Alfredo, [542] dejose ceñir por éste la aérea cintura como en ademán de aceptar aquella invitación a la danza, lo que él hizo dejándose llevar maquinalmente. Un extraño estremecimiento de felicidad desconocida, incalificable, se comunicó a todo su ser; aquel contacto levísimo, imperceptible como un placentero hálito, helaba y enardecía su alma a un mismo tiempo. -Su vista se desvanecía cual si le acometiese un deliquio, un vértigo extraordinario, asediábanle la pena y el contento; en vez de pensamientos, solo tenía imágenes, pero vagas, imperfectas y deliciosas, esquivas a la forma como una emoción, como el sueño de una existencia desconocida, llorosas y risueñas, placenteras y colmadas como la felicidad. Dejáronse llevar mutuamente en aquel torbellino fugaz, eléctrico, más poderoso que sus fuerzas, más poderoso que su voluntad. Alfredo sentía escaparse de sus brazos aquel espíritu consolador, impulsábase a asirlo. -¿mas quién podría asegurar entre sus brazos la fantástica sombra de una imagen, de un sueño? Las espléndidas notas del gran músico alemán, hacían correr por sus venas una lava tibia y grata. -Sus nervios vibraban como las cuerdas de una lira, su cerebro era un panorama en que iban pasando fugaces, al compás de aquella encantadora música, cien y cien visiones celestiales. -Aquellas vagas cadencias retrataban el delicioso extravío de su ser, cada una de ellas era para el alma una ondulación, una vibración divina. Perdíase su alma en los espacios, vela lo invisible, palpaba el éter; en aquella transfiguración hechicera sentía la realidad infinita. -Allí estaba Amelia, la veía, la palpaba, iba con él por aquellos espacios del espíritu en pasmo del alma, en éxtasis beatísimo. -Parecíale ir camino de los cielos, vislumbrando allí su encanto, percibiendo sus coros angélicos, al suave impulso, mecido sobre las alas de un arcángel. Cuanto hayan imaginado los poetas en su embriaguez de hermosa inspiración, cuanto hayan soñado los elegidos, allí estaba en su alma, en aquel huracán sin estruendo [543] ni rumores. -El salón huía de su vista, los circunstantes eran otros tantos mandos luminosos que le salían al encuentro, que se deslizaban por su lado, que le amagaban sin tocarle, con sus luminosas cabelleras, ¡aquello era morir, pero morir en brazos de los ángeles en las puertas de un amado cielo!... - X - Al volver Alfredo en sí, se encontró en su habitación; los cuidados de Ulrico y demás amigos le mostraban que su accidente había sido harto grave. -No le quedaba duda de que había sido víctima de una terrible alucinación; sin embargo creía recordar que el Espíritu, al deslizarse de sus brazos, dejó en su crispada mano un girón de su sudario; al volver, había hallado aquella prueba de que su sueño había sido una incomprensible realidad; al comprimir aquel despojo de la tumba, trocose en polvo y luego... en nada; lo que ya era su Amelia para este mundo. El espíritu había murmurado a su oído o mejor, había escrito en su mente estas palabras: ¡Morir por el bien del hombre no cierra el cielo; todo hombre puede encontrar un glorioso Calvario y después un paraíso! Estuvo Alfredo gravemente enfermo, no le dejaron sin embargo morir. -El espíritu no vino a verle sin duda por piedad: no era caridad traer al pobre viviente imágenes de un cielo que debía ver escapar. -Ella padece por mí, murmuraba, me aguarda; ¡vivir aquí teniendo mi tesoro en la eternidad! ¡Estar ella en la eternidad teniendo su tesoro en este mundo! ¡La hora es ya llegada! - XI - La voz de un héroe llama a un pueblo que se agrupa en torno de su bandera. -Aquella bandera está bendita y es el lábaro de la humanidad. El campamento se agita con los preparativos de la batalla. -El resonar de los clarines y las bélicas músicas [544] enardece la sangre y los espíritus; el entusiasmo de una noble causa se siente bajo aquellos pendones que flamean al matutino soplo; las armas resplandecen y resuenan. -Al acento de los caudillos sucede el silencio momentáneo y solemne de expectación que precede al combate. -En ese momento de incertidumbre y acaso de ansiedad, cada cual trata de justificar en su conciencia la causa por qué va a derramar su sangre y la de sus contrarios, sangre humana y de hermanos; ninguno espera que caiga sobre su cabeza. -Estos son los momentos del examen de conciencia, del testamento moral; recuerdo de cariño por lo que se deja en el mundo, gemido del alma al ver segada en flor alguna ilusión que aun podía realizarse en la vida... Trábase la lucha; retumba el cañón, el humo y el tumulto cubren el aspecto y la voz de los combatientes. -La lucha es encarnizada, aquellos dejaron de ser hombres para ser tigres, es la sublimidad del león, de la fiera que satisface un brutal instinto, pero ¡ay! desgraciadamente los hombres tienen con frecuencia que reñir para obtener la paz y el bien; toda idea nueva, aun la más generosa, es casi siempre bautizada con sangre. Así está escrito. Allí estaba Alfredo, allí estaba Ulrico cuyo corazón era el de un soldado de la humanidad, esa hasta hoy madrastra descreída que sus hijos tienen que obligar a ser madre a fuerza de lutos y de lágrimas; allí estaban otros jóvenes gastando gustosos la savia de su alma en un combate desinteresado. LA VOZ DEL MUNDO. -Allí están algunos jóvenes ilusos que pelean por una palabra, sin más recompensa que la vanidad de un aplauso. -¡Pobres mozos! Olvidan que los redentores son siempre crucificados. -¿Qué sacarán de tanto estruendo? Nada para ellos o lo que es lo mismo un pobre laurel y la necia satisfacción de haber defendido lo que ellos en su juvenil ilusión apellidan «una buena y noble causa». Terminó el combate. [545] - XII - Tornaron las fuerzas a su campo; es decir, que habían sido rechazados hasta mejor ocasión. En el combate había recibido Alfredo un balazo en el pecho, sin embargo, aun vivía. Ulrico estaba junto a su lecho de campaña. El dolor físico no era bastante a desvanecer el gozoso encanto que expresaba el semblante del herido. Las sombras eran cada vez más intensas. El quién vive de un centinela, no correspondido, fue secundado por un disparo y otra serie de ellos que no lograron detener en su impasible marcha, una aparición de figura humana que se introducía en el campamento y que llegaba a la tienda de Alfredo... Era un enlutado monje que venía a escuchar su confesión... Alfredo reconoció en él a su fantasma amigo, a su sombrío mensajero. Levantose Alfredo, Ulrico dormitaba rendido de fatiga... Siguió aquel al monje. Salieron ambos del campamento. El silencio mortal les servía de compañero. Alfredo y el monje entraron en una región desconocida. Abriose una tumba; un cadáver, mejor dicho, una amada sombra recibió a aquel en sus brazos. La mano descarnada del clérigo-fantasma bendijo su unión en nombre del cielo. Apareció en los aires la escala luminosa de Jacob que fue extendiéndose con ellos hasta perderse en las nubes. El manto o la mortaja de Amelia cubría la sombra de Alfredo. Ulrico vio en sueño los dinteles de un mundo celestial; percibió allí a su amigo y a su amada que entraban gozosos. -Al son del arpa gloriosa del rey-profeta, cantaban los querubes el salmo de la bienaventuranza. El Cristo escribía con sangre de su costado sobre aquellas [546] almas: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». Aquella música agradable despertó a Ulrico. Las bandas del campamento hacían resonar la alegre diana. Tendió Ulrico la vista sobre el lecho de Alfredo; tan solo halló un cadáver querido que abrazó y anegó en amistosas lágrimas. Que Alfredo murió en aquella batalla es cierto. -Lo demás será un sueño de Ulrico, él es quien todo me lo ha contado.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Fragmentos para dominar el silencio


Alejandra Pizarnik

I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.

III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

domingo, 15 de marzo de 2009

Un asesinato

Anton Chejov
Es de noche. La criadita Varka, una muchacha de trece años, mece en la cuna al nene y le canturrea: «Duerme niño bonito, que viene el coco»… Una lamparilla verde encendida ante el icono alumbra con luz débil e incierta. Colgados a una cuerda que atraviesa la habitación se ven unos pañales y un pantalón negro. La lamparilla proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidas por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka. La atmósfera es densa. Huele a piel y a sopa de col. El niño llora. Está hace tiempo afónico de tanto llorar; pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Parece que su llanto no va a acabar nunca. Varka tiene un sueño terrible. Sus ojos, a pesar de todos sus esfuerzos, se cierran, y, por más que intenta evitarlo, da cabezadas. Apenas puede mover los labios, y se siente la cara como de madera y la cabeza pequeñita cual la de un alfiler. «Duerme niño bonito…», balbucea. Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanasy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosa. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la musiquita la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir; si se durmiese, los amos le pegarían. La lamparilla verde está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos medio cerrados de Varka, en cuyo cerebro semidormido nacen vagos ensueños. La muchacha ve en ellos correr por el cielo nubes negras que lloran a gritos, como niños de teta. Pero el viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la niebla, hay bosques. De pronto, las sombras y los caminantes de los talegos se tienden en el lodo. -¿Para qué hacéis eso? -les pregunta Varka. -¡Para dormir! -contestan-. Queremos dormir. Y se duermen como lirones. Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, ponen gran empeño en despertarlos. «Duerme niño bonito…», canturrea entre sueños Varka. Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y obscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo. Ella no le ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre tanto -atacado de no se sabe qué dolencia-, que no puede hablar. Jadea y rechina los dientes. -Bu-bu-bu-bu... La madre de Varka corre a la casa señorial a decir que su marido está muriéndose. Pero ¿por qué tarda tanto en volver? Hace largo rato que se ha ido y debía haber vuelto ya. Varka sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar los dientes a su padre, acostada en la estufa. Mas he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye trotar de caballos. Los señores han enviado al joven médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la obscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta. -¡Encended luz! -dice. -¡Bu-bu-bu! -responde Efim, rechinando los dientes. La madre de Varka va y viene por el cuarto buscando cerillas. Unos momentos de silencio. El doctor saca del bolsillo una cerilla y la enciende. -¡Espere un instante, señor doctor! -dice la madre. Sale corriendo y vuelve a poco con un cabo de vela. Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el doctor, en las paredes. -¿Qué es eso, muchacho? -le pregunta el médico, inclinándose sobre él-. ¿Hace mucho que estás enfermo? ¡Me ha llegado la hora, excelencia! -contesta, con mucho trabajo, Efim-. No me hago ilusiones... -¡Vamos, no digas tonterías! Verás cómo te curas... -Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay remedio... Cuando la muerte dice aquí estoy, es inútil luchar contra ella... El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara: -Yo no puedo hacer nada. Hay que llevarle al hospital para que le operen. Pero sin pérdida de tiempo. Aunque es ya muy tarde, no importa; te daré cuatro letras para el doctor y te recibirá. ¡Pero en seguida, en seguida! -Señor doctor, ¿y cómo va a ir? -dice la madre-. No tenemos caballo. -No importa; les hablaré a los señores y os dejarán uno. El médico se va, la vela se apaga y de nuevo se oye el rechinar de dientes del moribundo. -Bu-bu-bu-bu... Media hora después se detiene un coche ante la casa; lo envían los señores para llevar a Efim al hospital. A los pocos momentos el coche se aleja, conduciendo al enfermo. Pasa, al cabo, la noche y sale el Sol. La mañana es hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido. Se oye llorar a un niño. Se oye también una canción: «Duerme niño bonito…» A Varka le parece su propia voz la voz que canta. Su madre no tarda en volver. Se persigna y dice: -¡Acaban de operarle, pero ha muerto! ¡Santa gloria haya!... El doctor dice que se le ha operado demasiado tarde; que debía habérsele operado hace mucho tiempo. Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero siente de pronto un tremendo manotazo en la nuca. Se despierta y ve con horror a su amo, que le grita: -¡Mala pécora! ¡El nene llorando y tú durmiendo! Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza, como para ahuyentar el sueño irresistible y empieza de nuevo a balancear la cuna, canturreando con voz ahogada. El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto letal sobre Varka, que, cuando su amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar. De nuevo ve el camino enlodado. Infinidad de gente, cargada con talegos, yace dormida en tierra. Vorka quiere acostarse también; pero su madre, que camina a su lado, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en busca de trabajo. -¡Una limosnita, por el amor de Dios! -implora la madre a los caminantes-. ¡Compadeceos de nosotros, buenos cristianos! -¡Dame el niño! -grita de pronto una voz que le es muy conocida a Varka-. ¡Otra vez dormida, mala pécora! Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y se da cuenta de la realidad: no hay camino, ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama, que ha venido a darle teta al niño. Mientras el niño mama, Varka, de pie, espera que acabe. El aire empieza a azulear tras los cristales; el círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche le cede su puesto a la mañana. -¡Toma al niño! -ordena a los pocos minutos el ama, abotonándose la camisa-. Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa! Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y empieza otra vez a mecerle. El círculo verde y las sombras, menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya influjo sobre su cerebro. Pero, sin embargo, tiene sueño; su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el borde de la cuna, y balancea el cuerpo al par que el mueble, para despabilarse; pero los ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmbeo. -¡Varka, enciende la estufa! -grita el ama, al otro lado de la puerta. Es de día. Hay que comenzar el trabajo. Varka deja la cuna y corre por leña a la porchada. Se anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando que sentado. Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando. -¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama. Varka empieza a encender astillas, mas su ama la interrumpe con una nueva orden: -¡Varka, límpiale los chanclos al amo! Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se infla, llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la cabeza y abre los ojos cuanto puede, en evitación de que los chismes que hay a su alrededor sigan moviéndose y creciendo. -¡Varka, ve a lavar la escalera! -ordena el ama, a voces-. ¡Está tan cochina, que cuando sube un parroquiano me avergüenzo! Varka lava la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, va varias veces a la tienda. Son tantos sus quehaceres, que no tiene un momento libre. Lo que más trabajo le cuesta es estar de pie, inmóvil, ante la mesa de la cocina, mondando patatas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las patatas toman formas fantásticas; su mano no puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es preciso no dejarse vencer por el sueño: está allí el ama, gorda, malévola, chillona. Hay momentos en que le acomete a la pobre muchacha una violenta tentación de tenderse en el suelo y dormir, dormir, dormir... Transcurre así el día. Llega la noche. Varka, mirando las tinieblas enlutar las ventanas, se aprieta las sienes, que se siente como de madera, y sonríe de un modo estúpido, completamente inmotivado. Las tinieblas halagan sus ojos y hacen renacer en su alma la esperanza de poder dormir. Hay aquella noche una visita. -¡Varka, enciende el samovar! -grita el ama. El samovar es muy pequeño, y para que todos puedan tomar té hay que encenderlo cinco veces. Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos en los visitantes. -¡Varka, ve por vodka! Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque! Por fin la visita se va. Se apagan las luces. Se acuestan los amos. -¡Varka, abraza al niño! -es la última orden que oye. Canta el grillo en la estufa. El círculo verde del techo y las sombras vuelven a agitarse arte los ojos medio cerrados de Varka y a envolverle el cerebro en una niebla. «Duerme niño bonito…», canturrea la pobre muchacha con voz soñolienta. El niño grita como un condenado. Está a dos dedos de encanarse. Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino enlodado, con los caminantes del talego, con su madre, con su padre moribundo. No puedo darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Sólo sabe que algo la paraliza, pesa sobre ella, la impide vivir. Abre los ojos, tratando de inquirir qué fuerza, qué potencia es ésa, y no saca nada en limpio. Sin alientos ya, mira el círculo verde, las sombras... En este momento oye gritar al niño y se dice: «Ese es el enemigo que me impide vivir.» El enemigo es el niño. Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le ha ocurrido hasta ahora una idea tan sencilla? Completamente absorbida por tal idea se levanta, y, sonriendo, da algunos pasos por la estancia. La llena de alegría el pensar que va a librarse al punto del niño enemigo. Le matará y podrá dormir lo que quiera. Riéndose, guiñando los ojos con malicia, se acerca con tácitos pasos a la cuna y se inclina sobre el niño. Le atenaza con entrambas manos el cuello. El niño se pone azul, y a los pocos instantes muere. Varka entonces, alegre, dichosa, se tiende en el suelo y se queda al punto dormida con un sueño profundo.

sábado, 7 de marzo de 2009

El cerdito


Juan Carlos Onetti

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.

Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.

Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

-Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.

sábado, 28 de febrero de 2009

El ángel bueno


Rafael Alberti

Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.

viernes, 27 de febrero de 2009

El gato y el rey


Ambrose Bierce

Un Gato estaba mirando a un Rey, como lo permite el proverbio.
-Bien -dijo el monarca, advirtiendo
su inspección-, ¿cómo me ves?
-Puedo imaginar un Rey -dijo el Gato-, que me gustaría más.
-¿Por ejemplo?
-El Rey de los Ratones.
Tanto complació al Rey el ingenio de esta respuesta, que le dio permiso para
arrancar los ojos de su Primer Ministro.

jueves, 26 de febrero de 2009

Los habitantes del pozo

Abraham Merritt
Hacia nuestro norte, un dardo de luz se alzaba hasta casi llegar el cenit. Surgía por detrás de la áspera montaña hacia la que nos habíamos estado dirigiendo durante todo el día. El dardo atravesaba una columna de niebla azul cuyos costados estaban tan bien delimitados como la lluvia que cae de los bordes de una nube tormentosa. Era como el haz de un proyector que atravesase una nube azul, y no creaba sombras. Mientras subía a lo alto recortaba con aristas duras y fijas las cinco cimas, y vimos que la montaña, en su conjunto, estaba modelada en forma de mano. Y, mientras la luz los silueteaba, los gigantescos picos que eran los dedos parecían extenderse, y la tremenda masa que formaba la palma empujar. Era como si se moviese para rechazar algo. El haz brillante permaneció así durante unos momentos, luego se dispersó en una multitud de pequeños globos luminosos que se movían de uno a otro lado y caían suavemente. Parecían estar buscando algo. El bosque se había quedado muy silencioso. Cada uno de los ruidos que antes lo llenaban contenía la respiración. Noté como los perros se apretaban contra mis piernas. También ellos estaban silenciosos, pero cada uno de los músculos de sus cuerpos temblaba; tenían el pelo de los lomos erizado, y sus ojos, clavados fijamente en las chispas fosforescentes que caían, estaban cubiertos por una fina película de terror. Me volví hacia Starr Anderson. Estaba mirando al Norte, por donde, una vez más, había aparecido el rayo de luz, subiendo a lo alto. - ¡La montaña con forma de mano! - hablé sin mover los labios. Mi garganta estaba tan seca como sí Lao T'zai la hubiera llenado con su polvo de terror. - Es la montaña que hemos estado buscando - me contestó en el mismo tono. - Pero... ¿qué es esa luz? Seguro que no es la aurora boreal - dije. - ¿Quién ha oído hablar de una aurora boreal en esta época del año? Había expresado el pensamiento que yo tenía en mente. - Algo me hace pensar que ahí arriba están persiguiendo a alguien – prosiguió -. Esas luces están buscando... llevan a cabo alguna terrible persecución... es bueno que estemos fuera de su alcance. - La montaña parece moverse cada vez que ese haz se alza – comenté -. ¿Qué es lo que trata de mantener alejado, Starr? Me hace recordar la mano de nubes heladas que Shan Nadour colocó frente a la Puerta de los Ogros para mantenerlos en las madrigueras que les había excavado Eblis. Alzó una mano, mientras escuchaba algo. De lo alto, desde el Norte, llegó un susurro. No era el roce de la aurora boreal, ese sonido, crujiente y quebradizo, que parece hecho por los fantasmas de los vientos que soplaron durante la Creación mientras corren por entre las hojas que dieron cobijo a Lilith. No, este susurro contenía una orden. Era autoritario. Nos llamaba para que fuéramos hacia donde brillaba la luz. ¡Nos... atraía! Había en él una nota de inexorable insistencia. Aferraba mi corazón con un millar de minúsculos dedos con uñas de miedo, y me llenaba de una tremenda ansia por correr hasta fundirme en la luz. Era algo similar a lo que debió sentir Ulises cuando se debatía contra el mástil para tratar de obedecer al canto de cristal de las sirenas. El susurro se hizo más fuerte. - ¿Qué demonios les pasa a los perros? - gritó salvajemente Starr Anderson -. ¡Míralos! Los perros esquimales, aullando lastimeramente, estaban corriendo hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los árboles. Hasta nosotros llegó un gemido lleno de tristeza. Luego esto también murió, y solo dejó tras de sí el insistente murmullo en lo alto. El claro en el que acampamos miraba directamente al Norte. Supongo que habíamos llegado al primer gran meandro del río Kuskokwim, a unos quinientos kilómetros en dirección al Yukon. Lo que era seguro es que nos hallábamos en una parte inexplorada de los bosques. Habíamos partido de Dawson al iniciarse la primavera, siguiendo una pista bastante convincente que prometía llevarnos a una montaña perdida entre cuyos cinco picos - al menos eso nos había asegurado aquel hechicero de la tribu Athabascana - el oro corre como el agua por entre una mano extendida. No conseguimos que ningún indio aceptase venir con nosotros. Decían que la tierra de la Montaña con forma de Mano estaba maldita. Habíamos visto la montaña por primera vez la noche anterior, con su recortada cima dibujada sobre un resplandor pulsante. Y ahora, iluminados por la luz que nos había guiado, veíamos que realmente era el lugar que andábamos buscando. Anderson se puso rígido. Por entre el susurro se dejaba oír un curioso sonido apagado y un roce. Sonaba como si un oso pequeño se estuviera acercando a nosotros. Eché una brazada de leña al fuego y, mientras la llama se alzaba, vi como algo aparecía entre los matorrales. Caminaba a cuatro patas, pero no parecía ser un oso. De repente, una imagen se formó en mi mente: era como un niño subiendo unas escaleras a gatas. Las extremidades delanteras se alzaban en un movimiento grotescamente infantil. Era grotesco, pero también era... horrible. Se acercó. Tomamos nuestras armas... y las dejamos caer. ¡Súbitamente, supimos que aquella cosa que gateaba era un hombre! Era un hombre. Se acercó al fuego con aquel mismo apagado forcejeo. Se detuvo. - A salvo - susurró el hombre, con una voz que era un eco del susurro que se oía por sobre nuestras cabezas -. Estoy bastante a salvo aquí. No pueden salir del azul ¿saben? No pueden cogerle a uno... a menos que uno les responda... - Está loco - dijo Anderson; y luego, con suavidad, dirigiéndose a aquella piltrafa de lo que había sido un hombre -: - Tiene razón... nadie le persigue. - No les respondan - repitió el hombre -. Me refiero a las luces. - Las luces - grité, olvidándome hasta de mi compasión -. ¿ Qué son esas luces? - ¡Los habitantes del pozo! - murmuró. Luego se desplomó sobre un costado. Corrimos a atenderle. Anderson se arrodilló a su lado. - ¡Dios mío! – gritó - ¡Mira esto, Frank! Señaló a las manos del desconocido. Las muñecas estaban cubiertas por jirones desgarrados de su gruesa camisa. Sus manos... ¡solo eran unos muñones! Los dedos se habían pegado a las palmas, y la carne se había desgastado hasta que el hueso sobresalía. ¡Parecían las patas de un diminuto elefante! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura llevaba una pesada banda de metal dorado de la que colgaba una anilla y una docena de eslabones de una brillante cadena blanca. - ¿Quién puede ser? ¿De dónde vendrá? - preguntó Anderson -. Mira, está profundamente dormido... y, aún en sueños, sus brazos tratan de escalar y sus piernas se alzan una tras la otra. Y sus rodillas... ¿Cómo, en el nombre de Dios, ha podido moverse sobre ellas? Era como él decía. Hasta en el profundo sueño en que había caído el desconocido, sus brazos y piernas continuaban alzándose en un deliberado y aterrador movimiento de escalada. Era como si tuvieran vida propia... realizaban sus movimientos con independencia del cuerpo inerte. Eran unos movimientos de semáforo. Si ustedes han ido en alguna ocasión en la cola de un tren y mirado como suben y bajan los brazos de los semáforos sabrán a lo que me refiero. De pronto, el susurro en lo alto cesó. El chorro de luz cayó y no volvió a alzarse. El hombre que gateaba se quedó quieto. A nuestro alrededor comenzó a aparecer un suave resplandor: la corta noche del verano de Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y volvió hacia mi un rostro trasnochado. - ¡Chico! – exclamó -. Parece que hayas estado enfermo. - ¡Pues si te vieras tu mismo, Starr! – repliqué - ¡Ha sido algo realmente horroroso! ¿Qué sacas en claro de todo ello? - Estoy creyendo que la única respuesta la tiene ese individuo - me contestó, señalando a la figura que yacía, completamente inmóvil, bajo las mantas con que la habíamos arropado -. Sea lo que fuese eso... lo perseguía a él. Esas luces no eran una aurora boreal, Frank. Eran como la abertura a algún infierno del que nunca nos hablaron los predicadores. - Ya no seguiremos adelante hoy – dije -. No lo despertaría ni por todo el oro que corre por entre los dedos de los cinco picos... ni por todos los demonios que puedan estar persiguiéndolo. El hombre yacía en un sueño tan profundo como la laguna Estigia. Le lavamos y vendamos los muñones que antes habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que más parecían muletas. No se movió mientras hacíamos esto. Yacía tal como se había desplomado, con los brazos algo alzados y las rodillas dobladas. Comencé a limar la banda que rodeaba la cintura del durmiente. Era de oro, pero de un oro distinto a todo otro oro que yo jamás hubiera visto. El oro puro es blando. Este también lo era... pero tenía una vida sucia y viscosa que le era propia. Embotaba la lima y hubiera podido jurar que se retorcía como un ser vivo cuando lo cortaba. Lo hendí, lo doblé arrancándolo del cuerpo, y lo lancé a lo lejos. Era... ¡repugnante! Durante todo el día, el hombre durmió. Llegó la obscuridad, y seguía durmiendo. Pero aquella noche no hubo ninguna columna de luz azulada detrás de los picos, ni escudriñantes globos luminosos, ni susurros. Parecía que aquella horrible maldición se hubiera retirado... aunque no muy lejos. Tanto a Anderson como a mí nos parecía que la amenaza estaba allí, tal vez oculta, pero acechante. Ya era mediodía de la jornada siguiente cuando el hombre se despertó. Di un salto cuando oí sonar su placentera pero insegura voz. - ¿Cuánto tiempo he dormido? - preguntó. Sus pálidos ojos azules se poblaron de ansiedad mientras yo lo contemplaba. - Una noche... y casi dos días - le respondí. - ¿Hubo luces allá arriba la pasada noche? - señaló con la cabeza, ansiosamente, hacia el Norte - ¿ Se oyeron susurros? - Ninguna de las dos cosas - le contesté. Su cabeza cayó hacia atrás y se quedó mirando al cielo. - Entonces, ¿han abandonado la persecución? - preguntó al fin. - ¿Quién le perseguía? - preguntó Anderson. Y, una vez más, nos contestó: - ¡Los habitantes del pozo! Nos quedamos mirándole y de nuevo, débilmente, sentí aquel deseo enloquecedor que había parecido acompañar a las luces. - Los habitantes del pozo – repitió -. Unas cosas que algún dios malvado creó antes del Diluvio y que, en alguna forma, escaparon a la venganza del Dios del Bien. ¡Me estaban llamando! - añadió simplemente. Anderson y yo cruzamos las miradas, con el mismo pensamiento en nuestras mentes. - No - intervino el hombre, adivinando cual era -, no estoy loco. Denme algo de beber. Pronto moriré. ¿Me llevarán tan al Sur como puedan antes de que esto suceda? Y después, ¿elevarán una pira y me quemarán en ella? Quiero quedar en una forma en la que ninguna infernal vileza que intenten pueda arrastrar a mi cuerpo de vuelta hasta ellos. Estoy seguro que lo harán cuando les haya hablado de ellos - finalizó, cuando vio que dudábamos. Bebió el coñac y el agua que le llevamos a los labios. - Tengo los brazos y las piernas muertos – comentó -, tan muertos como yo mismo lo estaré pronto. Bueno, cumplieron bien con su misión. Ahora les diré lo que hay allá arriba, detrás de aquella mano: ¡Un infierno! «Escuchen. Mi nombre es Stanton...- Sinclair Stanton, de la promoción de 1900 en Yale. Explorador. Salí de Dawson el año pasado para buscar cinco picos que formaban una mano en una tierra embrujada y por entre los cuales corría el oro puro. ¿Es lo mismo que ustedes andan buscando? Ya me lo pensé. A finales del pasado otoño, mi compañero se puso enfermo, y lo mandé de vuelta con unos indios. Poco después, los que seguían conmigo averiguaron lo que perseguía. Huyeron, abandonándome. Decidí proseguir. Me construí un refugio, lo llené de provisiones y me dispuse a pasar el invierno. No me fue muy mal... recordarán que fue un invierno poco riguroso. Al llegar la primavera, empecé de nuevo la búsqueda. Hace unas dos semanas divisé los cinco picos. Pero no desde este lado, sino del otro. Denme algo más de coñac. »Había dado una vuelta demasiado grande – prosiguió -. Había llegado demasiado al Norte: tuve que regresar. Desde este lado no ven más que bosques hasta la base de la mano. Por el otro lado...» Estuvo callado un momento. - Allí también hay bosques, pero no llegan muy lejos. ¡No! Salí de ellos. Ante mí se extendía, por muchos kilómetros, una llanura. Se veía tan rota y gastada como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. En su extremo más lejano se alzaban los picos. Entre ellos y el lugar en que me hallaba se alzaba, muy a lo lejos, lo que parecía ser un farallón de rocas de poca altura. Y entonces... me encontré con el sendero. - ¡El sendero! - gritó asombrado Anderson. - El sendero - afirmó el hombre -. Un buen sendero, liso, que se dirigía recto hacia la montaña. Oh, seguro que era un sendero... y se veía gastado como si por él hubieran pasado millones de pies durante millares de años. A cada uno de sus lados se veía arena y montones de piedras. Al cabo de un tiempo comencé a fijarme en esas piedras. Estaban talladas, y la forma de los montones me hizo venir la idea de que, tal vez, hacía un centenar de millares de años, hubieran sido casas. Parecían así de antiguas. Notaba que eran obra del hombre, y al mismo tiempo las veía de una inmemorable antigüedad. »Los picos se fueron acercando. Los montones de ruinas se hicieron más frecuentes. Algo inexplicablemente desolador planeaba sobre ellas, algo siniestro; algo que me llegaba desde las mismas y golpeaba mi corazón como si fuera el paso de unos fantasmas tan viejos que solo podían ser fantasmas de fantasmas. Seguí adelante. »Vi entonces que lo que había tomado por unas colinas bajas situadas al pie de los picos era en realidad un amontonamiento más grande de ruinas. La Montaña de la Mano estaba, en realidad, mucho más lejos. El sendero pasaba por entre esas ruinas, enmarcado por dos rocas altas que se alzaban como un arco. - El hombre hizo una pausa. Sus manos comenzaron a golpear rítmicamente de nuevo. En su frente se formaron pequeñas gotitas de sudor sangriento. Tras unos momentos, se quedó tranquilo de nuevo. Sonrió. - Formaban una entrada. – continuó -. Llegué hasta ella. La atravesé. Me tiré al suelo, aferrándome a la tierra con pánico y asombro, pues me hallaba en una amplia plataforma de piedra. Ante mí se extendía... ¡el vacío! Imagínense el Gran Cañón del Colorado, pero tres veces más ancho, más o menos circular y con el fondo hundido. Así tendrán una idea de lo que yo estaba contemplando. «Era como mirar hacia abajo, por el borde de un mundo hendido, allí a la infinidad en donde ruedan los planetas. En el extremo más alejado se alzaban los cinco picos. Se veían como una gigantesca mano irguiéndose hacia el cielo en un signo de advertencia. La boca del abismo se apartaba en curva a ambos lados de donde yo estaba. »Podía ver hasta unos trescientos metros más abajo. Entonces comenzaba una espesa niebla azul que cortaba la visión. Era como el azul que se acumula en las altas colinas al atardecer. Pero el pozo... ¡era aterrador! Aterrador como el Golfo de Ranalak de los maories, que se alza entre los vivos y los muertos y que tan solo un alma recién salida del cuerpo puede cruzar de un salto... aunque ya no le queden fuerzas para volverlo a saltar hacia atrás. »Me arrastré, alejándome del borde, y me puse en pie, débil y estremeciéndome. Mi mano descansaba sobre una de las rocas de la entrada. Había en ella una talla. En un bajorrelieve profundo se veía la silueta heroica de un hombre. Estaba vuelto de espaldas y tenía los brazos extendidos sobre la cabeza, llevando entre ellos algo que parecía el disco del sol, del que irradiaban líneas de luz. En el disco estaban grabados unos símbolos que me recordaban el antiguo lenguaje chino. Pero no era chino. ¡No! Habían sido realizados por manos convertidas en polvo eones antes de que los chinos se agitasen en el seno del tiempo. »Miré a la roca opuesta. Tenía una figura similar. Ambas llevaban un extraño sombrero aguzado. En cuanto a las rocas, eran triangulares, y las tallas se encontraban en los lados más próximos al pozo. El gesto de los hombres parecía ser el de estar echando hacia atrás algo, el de estar impidiendo el paso. Miré las figuras de más cerca. Tras las manos extendidas y el disco, me parecía entrever una multitud de figuras informes y, claramente, una hueste de globos. »Los resegui vagamente con los dedos. Y, al pronto, me sentí inexplicablemente descompuesto. Me había venido la impresión, no puedo decir que lo viese, la impresión de que eran enormes babosas puestas en pie. Sus henchidos cuerpos parecían disolverse, luego aparecer a la vista, y disolverse de nuevo... excepto por los globos que formaban sus cabezas y que siempre permanecían visibles. Eran... inenarrablemente repugnantes. Atacado por una inexplicable y avasalladora náusea, me recosté contra el pilar y, entonces... ¡Vi la escalera que descendía al pozo! - ¿Una escalera? - coreamos. - Una escalera - repitió el hombre con la paciencia de antes -. No parecía tallada en la roca, sino más bien construida sobre ella. Cada escalón tendría aproximadamente siete metros de largo y dos de ancho. Surgían de la plataforma y desaparecían en la niebla azul. - Una escalera - dijo incrédulo Anderson - construida en la pared de un precipicio y que lleva hacia las profundidades de un pozo sin fondo... - No es sin fondo - interrumpió el hombre -. Hay un fondo. Sí. Yo lo alcancé - prosiguió desmayadamente -. Bajando las escaleras... bajando las escaleras. Pareció aferrar su mente, que se le escapaba. - Sí - continuó con más firmeza -. Descendí por la escalera, pero no aquel día. Acampé junto a la entrada. Al amanecer llené mi mochila de comida, mis dos cantimploras con agua de una fuente que brota cerca de las ruinas, atravesé los monolitos tallados y crucé el borde del pozo. «Los escalones bajan a lo largo de las paredes del pozo con un declive de unos cuarenta grados. Mientras bajaba, los estudié. Estaban tallados en una roca verdosa bastante diferente al granito porfírico que formaban las paredes del pozo. Al principio pensé que sus constructores habrían aprovechado un estrato que sobresaliese, tallando la colosal escalinata en él, pero la regularidad del ángulo con que descendía me hizo dudar de esta teoría. »Después de haber bajado tal vez un kilómetro, me hallé en un descansillo. Desde él, las escaleras formaban un ángulo en V y descendían de nuevo, aferrándose al despeñadero con el mismo ángulo que las anteriores. Después de haber hallado tres de esos ángulos, me di cuenta de que la escalera caía recta hacia abajo, fuera cual fuese su destino, en una sucesión de ángulos. Ningún estrato podía ser tan regular. ¡No, la escalera había sido erigida totalmente a mano! Pero, ¿por quién? ¿Y para qué? La respuesta está en esas ruinas que rodean el borde del pozo... aunque no creo que jamás sea hallada. »Hacia el mediodía ya había perdido de vista el borde del abismo. Por encima de mi, por debajo de mi> no había sino la niebla azul. No sentía mareos, ni miedo, tan solo una tremenda curiosidad. ¿Qué era lo que iba a descubrir? ¿Alguna antigua y maravillosa civilización que había florecido cuando los polos eran jardines tropicales? ¿Un nuevo mundo? ¿La clave de los misterios del Hombre mismo? No hallaría nada viviente, de eso estaba seguro... todo era demasiado antiguo para que quedase nada con vida. Y, sin embargo, sabía que una obra tan maravillosa debía de llevar a un lugar igualmente maravilloso. ¿Cómo sería? Continué. »A intervalos regulares había cruzado las bocas de unas pequeñas cavernas. Debían de haber unos tres mil escalones y luego una entrada, otros tres mil escalones y otra entrada... así continuamente. Avanzada ya la tarde, me detuve frente a uno de esos huecos. Supongo que habría bajado entonces a unos cinco kilómetros de la superficie, aunque, debido a los ángulos, habría caminado unos quince kilómetros. Examiné la entrada. A cada uno de sus lados estaban talladas las mismas figuras que en la entrada del borde del pozo, pero esta vez se hallaban de frente, con los brazos extendidos con sus discos, como reteniendo algo que viniese del pozo mismo. Sus rostros estaban cubiertos con velos y no se veían figuras repugnantes tras ellos. »Me introduje en la caverna. Se extendía unos veinte metros, como una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Podía ver, fuera, la niebla azul alzándose como una columna. Noté una extraordinaria sensación de seguridad, aunque anteriormente no había experimentado, conscientemente, miedo alguno. Notaba que las figuras de la entrada eran guardianes, pero... ¿contra qué me guardaban? Me sentía tan seguro que hasta perdí la curiosidad sobre este punto. »La niebla azul se hizo más espesa y algo luminescente. Supuse que allá arriba seria la hora del crepúsculo. Comí y bebí algo y me eché a dormir. Cuando me desperté, el azul se había aclarado de nuevo, e imaginé que arriba habría despuntado el alba. Continué. Me olvidé del golfo que bostezaba a mi costado. No sentía fatiga alguna y casi no notaba el hambre ni la sed, aunque había comido y bebido bien poco. Esa noche la pasé en otra de las cavernas y, al amanecer, descendí de nuevo. »Fue cuando ya terminaba aquel día cuando vi la ciudad por primera vez... Se quedó silencioso durante un rato. - La ciudad - dijo al fin - ¡La ciudad del pozo! No una ciudad como las que ustedes han visto habitualmente... ni como la haya visto ningún otro hombre que haya podido vivir para contarlo. Creo que el pozo debe de tener la forma de una botella: la abertura que se encuentra frente a los cinco picos es el cuello de la misma. Pero no sé lo amplia que es su base... puede que tenga millares de kilómetros. Y tampoco conozco lo que pueda haber más allá de la ciudad. »Allá abajo, entre lo azul, se habían empezado a ver ligeros destellos de luz. Luego contemplé las copas de los... árboles, pues supongo que eso es lo que eran. Aunque no eran como nuestros árboles, estos eran repugnantes, reptiloides. Se erguían sobre altos troncos delgados y sus copas nidos de gruesos tentáculos con feas hojuelas parecidas a cabezas estrechas... cabezas de serpientes. »Los árboles eran rojos, de un brillante rojo airado. Aquí y allá comencé a entrever manchas de amarillo intenso. Sabía que eran agua porque podía ver cosas surgiendo en su superficie, o al menos podía ver los chapoteos y salpicones, aunque nunca logré ver lo que los producía. »Justamente debajo mío se hallaba la ciudad. Kilómetro tras kilómetro de cilindros apretujados que yacían sobre sus costados, apilados en pirámides de tres, de cinco o de docenas de ellos. Es difícil lograrles explicar a ustedes cómo se veía la ciudad. Miren, imagínense que tienen cañerías de una cierta longitud y que colocan tres sobre sus costados y sobre esas colocan otras dos, y sobre estas otra; o supongan que toman como base cinco y sobre esas colocan cuatro y luego tres, dos y una. ¿Lo imaginan? Así es como se veía. »Y estaban rematadas por torres, minaretes, ensanchamientos, voladizos y monstruosidades retorcidas. Brillaban como si estuviesen recubiertas con pálidas llamas rosas. A su costado se alzaban los árboles rojos como si fueran las cabezas de hidras guardando manadas de gigantescos gusanos enjoyados. »Unos metros más abajo de donde me hallaba, la escalera llegaba a un titánico arco, irreal como el puente que sobrevuela el Infierno y lleva a Asgard. Se curvaba por encima de la cumbre del montón más alto de cilindros tallados y desaparecía en él. Era anonadador... era demoniaco... El hombre se detuvo. Sus ojos se pusieron en blanco. Tembló, y de nuevo sus brazos y piernas comenzaron aquel horrible movimiento de arrastre. De sus labios surgió un susurro que era un eco del murmullo que habíamos oído en lo alto la noche en que llegó hasta nosotros. Puse mi mano sobre sus ojos. Se calmó. - ¡Execrables cosas! – dijo - ¡Los habitantes del pozo! ¿He susurrado? Si... ¡pero ya no pueden cogerme ahora... ya no! Al cabo de un tiempo continuó, tan tranquilo como antes: - Crucé aquel arco. Me introduje por el techo de aquel... edificio. La oscuridad azul me cegó por un momento, y noté cómo los escalones se curvaban en una espiral. Bajé girando y me hallé en lo alto de... no sé como decírselo. Tendré que llamarle habitación. No tenemos imágenes para reflejar lo que hay en el pozo. A unos treinta metros por debajo mío se hallaba el suelo. Las paredes bajaban, apartándose de donde yo me hallaba en una serie de medias lunas crecientes. El lugar era colosal... y estaba iluminado por una curiosa luz roja moteada. Era como la luz del interior de un ópalo punteado de oro y verde. »Las escaleras en espiral seguían por debajo. Llegué hasta el último escalón. A lo lejos, frente a mí, se alzaba un altar sostenido por altas columnas. Sus pilares estaban tallados en monstruosas volutas, cual si fuesen pulpos locos con un millar invisible que se hallaba sobre el altar, y me arrastré por el suelo, al lado de los pilares. Imagínense la escena: solo en aquel lugar extrañamente iluminado y con el horror arcaico acechando encima mío... una Cosa monstruosa, una Cosa inimaginable... una Cosa invisible que emanaba terror... »AI cabo de algún tiempo recuperé el control de mí mismo. Entonces vi, al costado de uno de los pilares, un cuenco amarillo lleno con un líquido blanco y espeso. Lo bebí. No me importaba si era venenoso; pero mientras lo estaba tragando noté un sabor agradable, y al acabarlo me volvieron instantáneamente las fuerzas. Veía a las claras que no me iban a matar de hambre. Fueran lo que fuesen aquellos habitantes del pozo, sabían bien cuales eran las necesidades humanas. »Y otra vez comenzó a espesarse el rojizo brillo moteado. Y de nuevo se alzó allá afuera el zumbido, y por el círculo que era la puerta entró un torrente de globos. Se fueron colocando en hileras hasta llenar totalmente el templo. Su murmullo creció hasta transformarse en un canto, un susurrante canto cadencioso que se alzaba y caía, mientras los globos se alzaban y caían al mismo ritmo, se alzaban y caían. »Las luces fueron y vinieron toda la noche, y toda la noche sonaron los cantos mientras ellas se alzaban y caían. Al final, me noté como un solitario átomo de conocimiento en aquel océano de susurros, un átomo que se alzaba y caía con los globos de luz. »¡Les aseguro que hasta mi corazón latía a ese mismo ritmo! Pero por fin se aclaró el brillo rojo, y las luces salieron; murieron los murmullos. De nuevo estaba solo, y supe que, en mi mundo, se había iniciado un nuevo día. »Dormí. Cuando me desperté, hallé junto al pilar otro cuenco del líquido blanquecino. Volví a estudiar la cadena que me ataba al altar. Comencé a frotar dos de los eslabones entre sí. Lo hice durante horas. Cuando comenzó a espesarse el rojo, se veía una muesca desgastada en los eslabones. Comencé a sentir una cierta esperanza. Existía una posibilidad de escapar. »Con el espesamiento regresaron las luces. Durante toda aquella noche sonó el canto susurrado, y los globos se alzaron y cayeron. El canto se apoderó de mí. Pulsó a través de mi cuerpo hasta que cada músculo y cada nervio vibraban con él. Se comenzaron a agitar mis labios. Palpitaban como los de un hombre tratando de gritar en medio de una pesadilla. Y por último, también ellos estuvieron murmurando... susurrando el infernal canto de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unísono con las luces. »Me había identificado, ¡Dios me perdone!, en el sonido y el movimiento, con aquellas cosas innombrables, mientras mi alma retrocedía, enferma de horror, pero impotente. Y, en tanto susurraba... ¡los vi! »Vi las cosas que había bajo las luces: Grandes cuerpos transparentes parecidos a los de caracoles sin caparazón, de los que crecían docenas de agitados tentáculos; con pequeñas bocas redondas y bostezantes colocadas bajo los luminosos globos visores. ¡Eran como los espectros de babosas inconcebiblemente monstruosas! Y, mientras las contemplaba, aún susurrando e inclinándome, llegó el alba y se dirigieron hacia la entrada, atravesándola. No caminaban ni se arrastraban... ¡flotaban! Flotaron, y se fueron. »No dormí, sino que trabajé durante todo el día en frotar mi cadena. Para cuando se espesó el rojo, ya había desgastado un sexto de su espesor. Y toda la noche, bajo el maleficio, susurré y me incliné con los habitantes del pozo, uniéndome a su canto, a aquella cosa que acechaba encima mío. »De nuevo, por dos veces, se espesó el rojo y el canto se apoderó de mí. Y finalmente, en la mañana del quinto día, rompí los eslabones desgastados. ¡Estaba libre! Corrí hacia la escalera, pasando con los ojos cerrados al lado del horror invisible que se hallaba más allá del borde del altar, y llegando hasta el puente. Lo crucé, y Comencé a subir por la escalera de la pared del pozo. »¿Pueden imaginarse lo que representa subir por el borde de un mundo hendido... con el infierno a la espalda? Bueno... a mi espalda quedaba algo peor aún que el infierno, y el terror corría conmigo. »Para cuando me di cuenta de que ya no podía subir más, hacia ya tiempo que la ciudad del pozo había desaparecido entre la niebla azul. Mi corazón batía en mis oídos como un martillo pilón. Me desplomé ante una de las pequeñas cavernas, notando que allí lograría, al fin, refugio. Me metí hasta lo más profundo y esperé a que la neblina se hiciese más densa. Esto ocurrió casi al momento, y de muy abajo me llegó un vasto e irritado murmullo. Apretándome contra el fondo de la caverna, vi como un rápido haz de luz se elevaba entre la niebla azul, desapareciendo en pedazos poco después; y mientras se apagaba y descomponía, vi miradas de los globos que constituyen los ojos de los habitantes del pozo cayendo hacia lo más profundo del abismo. De nuevo, una y otra vez, la luz pulsó, y los globos se alzaron con ella para caer luego. »¡Me estaban persiguiendo! Sabían que debía encontrarme todavía en alguna parte de la escalera o, si es que me ocultaba allá abajo, que tendría que usarla en algún momento para escapar. El susurro se hizo más fuerte, más insistente. »A través mío comenzó a latir un deseo aterrador por unirme al murmullo, tal como lo había hecho en el templo. Algo me dijo que, silo hacia, las figuras esculpidas ya no podrían guardarme; que saldría y bajaría para regresar al templo del que ya no escaparía nunca. Me mordí los labios hasta hacerme sangre para acallarlos, y durante toda aquella noche el haz de luz surgió desde el abismo, los globos planearon, y el susurró sonó... mientras yo rezaba al poder de las cavernas y a las figuras esculpidas que todavía tenían la virtud de poder guardarlas. Hizo una pausa, se estaban agotando sus energías. Luego, casi inaudiblemente, prosiguió: - Me pregunté cuál habría sido el pueblo que las habría tallado, por qué habrían edificado su ciudad alrededor del borde, y para qué habrían construido aquella escalera en el pozo. ¿Qué habrían sido para las cosas que vivían en el fondo, y qué uso habrían hecho de ellas para tener que vivir junto a aquel lugar? Estaba seguro de que tras de todo aquello se escondía un propósito. En otra forma, no se hubiera llevado a cabo un trabajo tan asombroso como era la erección de aquella escalera. Pero, ¿cuál era ese propósito? Y, ¿por qué aquellos que habían vivido sobre el abismo habían fenecido hacía eones, mientras que los que habitaban en su interior seguían aún con vida? Nos miró. - No pude hallar respuesta. Me pregunto si lo sabré después de muerto, aunque lo dudo. »Mientras me interrogaba sobre todo ello, llegó la aurora y, con ella, se hizo el silencio. Bebí el líquido que restaba en mi cantimplora, me arrastré fuera de la caverna y comencé a subir otra vez. Aquella tarde cedieron mis piernas. Rompí mi camisa y me hice unas almohadillas protectoras para las rodillas y unas envolturas para las manos. Gateé hacia arriba. Gateé subiendo y subiendo. Y una vez más me introduje en una de las cavernas y esperé que se espesase el azul, que surgiese de él el haz de luz? y que empezase el murmullo. »Pero había ahora una nueva tonalidad en el susurro. Ya no me amenazaba. Me llamaba y me tentaba. Me... atraía. »El terror se apoderó de mí. Me había invadido un tremendo deseo por abandonar la caverna y salir a donde se movían las luces, por dejar que me hicieran lo que deseasen, que me llevasen donde quisieran. El deseo se hizo más insistente. Ganaba fuerza con cada nuevo impulso del haz luminoso, hasta que al fin todo yo vibraba con el deseo de obedecerlo, tal y como había vibrado con el canto en el templo. »Mi cuerpo era un péndulo. Se alzaba el haz, y yo me inclinaba hacia él. Tan solo mi alma permanecía inconmovible, manteniéndome sujeto contra el suelo de la caverna, y colocando una mano sobre mis labios para acallarlos. Y toda la noche luché con mi cuerpo y con mis labios contra el hechizo de los habitantes del pozo. »Llegó la mañana. Otra vez me arrastré fuera de la caverna y me enfrenté con la escalera. No podía ponerme en pie. Mis manos estaban desgarradas y ensangrentadas, mis rodillas me producían un dolor agónico. Me obligué a subir, milímetro a milímetro. «Al rato dejé de notar mis manos, y el dolor abandonó mis rodillas. Se entumecieron. Paso a paso, mi fuerza de voluntad llevó a mi cuerpo hacia arriba sobre mis muertos miembros. Y en diversas ocasiones caía en la inconsciencia... para volver en mí al cabo de un tiempo y darme cuenta de que, a pesar de ello, había seguido subiendo sin pausa. »Y luego... tan solo una pesadilla de gatear a lo largo de inmensas extensiones de escalones... recuerdos del abyecto terror mientras me agazapaba en las cavernas, mientras millares de luces pulsaban en el exterior, y los susurros me llamaban y tentaban... memorias de una ocasión en que me desperté para hallar que mi cuerpo estaba obedeciendo a la llamada y que ya me había llevado a medio camino por entre los guardianes de los portales, al tiempo que millares de globos luminosos flotaban en la niebla azul contemplándome. Visiones de amargas luchas contra el sueño y, siempre, una subida... arriba, arriba, a lo largo de infinitas distancias de escalones que me llevaban de un perdido Abbadon hasta el paraíso del cielo azul y el ancho mundo. »Al fin tuve conciencia de que sobre mí se alzaba el cielo abierto, y ante mí el borde del pozo. Recuerdo haber pasado entre las grandes rocas que forman el portal y de haberme alejado de ellas. Soñé que gigantescos hombres que llevaban extrañas coronas aguzadas y los rostros velados me empujaban hacia adelante, y adelante y adelante, al tiempo que retenían los pulsantes globos de luz que buscaban atraerme de vuelta a un golfo en el que los planetas nadan entre las ramas de árboles rojos coronados de serpientes. »Y más tarde un largo, largo sueño... solo Dios sabe cuán largo, en la hendidura de unas rocas; un despertar para ver, a lo lejos, hacia el Norte, el haz elevándose y cayendo, a las luces todavía buscando y al susurro, muy por encima mío, llamando... con el convencimiento de que ya no podía atraerme. »De nuevo gatear sobre brazos y piernas muertos que se movían... que se movían como la nave del Antiguo Marino... sin que yo lo ordenase. Y, entonces, su fuego, y esta seguridad. El hombre nos sonrió por un momento, y luego cayó profundamente dormido. Aquella misma tarde levantamos el campo y, llevándonos al hombre, iniciamos la marcha hacia el Sur. Lo llevamos durante tres días, en los que siguió durmiendo. Y, al tercer día, sin despertarse, murió. Hicimos una gran pira con ramas y quemamos su cadáver, como nos había pedido. Desparramamos sus cenizas, mezcladas con las de la madera que le habla consumido, por el bosque. Se necesitaría una poderosa magia para desenmarañar esas cenizas y llevarlas, en una nube, hacia el pozo maldito. No creo que ni sus habitantes tengan un tal encantamiento. No. Pero Anderson y yo no volvimos a los cinco picos para comprobarlo. Y, si el oro corre por entre las cinco cimas de la Montaña de la Mano como el agua por entre una mano extendida, bueno... por lo que a nosotros se refiere, puede seguir así.