martes, 1 de diciembre de 2009
Las bases del éxito en Ciencia Ficción
Isaac Asimov
Si la ficción científica deseas cultivar
y destacar en ella con lustre sin igual,
pratica de las ciencias la jerga singular,
sin importarte un bledo usarla bien o mal.
Pulsares y quasares tesáricas y falacias,
en un místico estilo, de pulida elocuencia,
harán que los fanáticos, sin entender palabra,
esperen tus escritos con febril impaciencia.
Y en tanto que tú surcas las sendas espaciales,
entonarán a coro, a golpe de incensario:
¡Un joven que planea a alturas siderales...!
¡Qué dotes de invención! ¡Qué hombre extraordinario!
No hay misterio en el éxito. Basta copiar la historia.
Todo está en ella ya, instante por instante.
El Imperio romano - su expansión y su gloria -,
trasladado a los cielos, brillará rutilante.
La trama es una brisa y, si así d lo decides,
por el hiperespacio recorrerás parsecs.
Y si plagias un poco a Gibbon y a Tucíddides...,
como nadie se entera, carece de interés.
Y en tanto que prosigues tu andar meditabundo,
entonarán a coro, a golpe de incensario:
¡Un joven tan versado en la historia del mundo...!
¡Qué auténtico talento! ¡Qué hombre extraordinario!
Aparta de tu héroe la amorosa pasión.
No existe el sexo.
Inmerso en la política -sus sombríos ardides-,
ciégalo para el resto.
Dale sólo una madre. La mujer, con sus ansias
de oropel y de joyas,
podría distraerle de sus sueños sublimes
y desviar el rumbo de su gran psicohistoria.
Y en tanto que recorres tan austero camino,
entonarán a coro, a golpe de incensario:
¡Un joven que se ciñe así a lo masculino...!
¡Cuán grande es su fuerza! ¡Qué hombre extraordinario!
jueves, 12 de noviembre de 2009
Privilegio

Alejandra Pizarnik
I
Ya perdido el nombre que me llamaba,
su rostro rueda por mí
como el sonido del agua en la noche,
del agua cayendo en el agua.
Y es su sonrisa la última sobreviviente,
no mi memoria
II
El más hermoso
en la noche de los que se van,
oh deseado,
es sin fin tu no volver,
sombra tú hasta el día de los días
domingo, 1 de noviembre de 2009
El álbum
Anton Chejov
El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del
Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:
-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón
por vuestra gran autoridad y paternal solicitud...
-Durante más de diez años-le sopló Zacoucine.
-Durante más de diez años... ¡Hum!... en este día memorable, nosotros, vuestros
subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda
gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque vuestra noble
vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la
muerte, nos honréis con...
-Vuestras paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso-añadió
Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la
frente-. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el
discurso que seguramente traía preparado.
-Y que-concluyó-vuestro estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera
del genio, del trabajo y de la conciencia social.
Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.
-Señores-dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo ésto, no podía imaginar que
celebraseis mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado y
conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Creedme, amigos míos,
os aseguro que nadie os desea como yo tantas felicidades... Si alguna vez ha
habido pequeñas dificultades... ha sido siempre en bien de todos vosotros...
Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de
estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de
satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen
arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano
para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, dijo
unas cuantas palabras más muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio
del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de
bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo
desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.
En su casa le esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y
conocidos, le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente
haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiese sido una gran
desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no
cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que
Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.
-Señores-dijo en el momento de los postres-, hace dos horas he sido indemnizado
por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio,
no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del
deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el
público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos
para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han
ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.
Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.
-¡Qué bonito es!-dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy segura de que no cuesta
menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho
cuidado con él... ¡Es tan bonito!
Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su
secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios tirándolos
al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de pensión. Los uniformes
cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su
excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo.
Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones
imberbes. Cuando no tuvo más que colorear recortó siluetas y les atravesó los
ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov
lo pegó de pie en una caja de cerillas y lo llevó colocado así al despacho de su
padre.
-Papá, mira un monumento.
Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en
la mejilla a Nicolás.
-Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Linterna sorda
domingo, 4 de octubre de 2009
A primera vista
viernes, 25 de septiembre de 2009
Ésa es tu pena

Olga Orozco
Ésa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,
no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Los trabajos y las noches
lunes, 17 de agosto de 2009
En la administración de Correos
Anton Chejov
La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof
acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua
costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el
anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
-Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En
realidad era una mujer que valía la pena.
-Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el administrador-.
Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su
bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son
harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su
carácter: la quería -¡Dios la tenga en su gloria!- porque ella, con su
carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a
pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel,
a mí, el viejo.
El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto de
incredulidad.
-¿No lo cree usted? -preguntóle el jefe de Correos.
-No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora
demasiado..., entendez vous...? sauce provenzale...
-¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar la
certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas
artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo
ponía en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me
podía ser infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar
la castidad de mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una
hechicería. Con que las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo
que tocaba a la fidelidad de mi esposa.
-¿Cuáles son esas palabras mágicas?
-Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores. Ustedes
mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer, Alona,
sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski».
Con esto bastaba. Nadie atrevíase a cortejar a Alona, por miedo al jefe de
Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de
que Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a
enredarse con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza
de denuncias. Por ejemplo, vería a tu gato vagabundeando y te denunciaría
por dejar tus animales errantes...; por ejemplo...
-¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de Policía?
-exclaman todos con asombro.
-Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad os llamé a
engaño!
Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el silencio.
Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este viejo gordo y
de nariz encarnada habíase mofado de nosotros.
-Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que no nos
volverás a coger -murmuró alguien.
sábado, 8 de agosto de 2009
Sortilegios

Alejandra Pizarnik
Y las damas vestidas de rojo para mi dolor y con mi dolor insumidas en mi soplo, agazapadas como fetos de escorpiones en el lado más interno de mi nuca, las madres de rojo que me aspiran el único calor que me doy con mi corazón que apenas pudo nunca latir, a mí que siempre tuve que aprender sola cómo se hace para beber y comer y respirar y a mí que nadie me enseño a llorar y nadie me enseñara ni siquiera las grandes damas adheridas a la entretela de mi respiración con babas rojizas y velos flotantes de sangre, mi sangre, la mía sola, la que yo me procuré y ahora vienen a beber de mí luego de haber matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría y las grandes, las trágicas damas de rojo han matado al que se va río abajo y yo me quedo como rehén en perpetua posesión.
sábado, 1 de agosto de 2009
Agudeza Gascona
Marqués de Sade
Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gratificación de ciento
cincuenta doblones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del
señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros
Señores, ¿cuál de vosotros pregunta con un acento que delataba su patria, quien,
os lo ruego, es el señor Colbert?
Yo, señor -le responde el ministro-. ¿En que puedo serviros?
-Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una gratificación de ciento
cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida.
- El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a
la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le
ruega que se siente a la mesa con él.
- Con mucho gusto -contestó el gascón-, excelente idea, pues no he cenado
todavía.
Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiempo de prevenir al encargado
mayor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera;
el gascón sube.. pero no le entregan más que cien doblones.
- ¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario-. ¿O no véis que mi orden dice
ciento cincuenta?
- Señor -le contesta el escribiente-, veo perfectamente vuestra orden, pero os
descuento cincuenta doblones por la cena.
-¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos!
-Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.
- Perfectamente -replica el gascón- en eso caso, señor, guardároslo todo; mañana
traeré a uno de mis amigos y estamos en paz.
La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a
la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, que
regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor
Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona.
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